Arnaldur Indriðason - La voz

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Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.

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– Le dije al padre que había ido al hospital a hablar con su mujer y que no se sabe adonde fue el día en que se produjo la agresión a su hijo. Se quedó muy sorprendido. Como si nunca se le hubiera ocurrido pensar que su mujer podía escaparse del hospital. Sigue pensando que fueron los otros chicos en el patio del colegio. Dijo que el niño nos lo diría si hubiera sido su madre quien le agredió. Está convencido.

– ¿Por qué no la denuncia el niño?

– El pobrecillo está en estado de shock. No sé.

– ¿Tal vez por amor? -dijo Erlendur-. Pese a todo lo que le ha hecho.

– O por miedo -dijo Elínborg-. Quizá por un miedo espantoso a que vuelva a hacerlo. O quizás esté protegiendo a su madre con su silencio. Es imposible decirlo.

– ¿Qué quieres que hagamos? ¿Retiramos la acusación contra el padre?

– Iré a hablar con la oficina del fiscal a ver qué dicen.

– Empieza por ahí. Dime otra cosa, ¿llamaste a la mujer que estuvo en el hotel con Stefanía unos días antes de que apuñalaran a Gudlaugur?

– Sí -dijo Elínborg distraída-. Le había pedido que mintiera por ella, pero cuando llegó el momento no pudo hacerlo.

– ¿Tenía que mentir por Stefanía?

– Empezó contándome que estuvieron aquí en el bar, pero parecía muy nerviosa, no sabía mentir y se echó a llorar por el teléfono cuando le dije que necesitaba citarla en comisaría para que prestara declaración. Me dijo que Stefanía la había llamado, que las dos eran viejas amigas de una sociedad musical, y le había pedido que dijera que estuvo con ella en este hotel si se lo preguntaban. Me dijo que se negó, pero Stefanía sabía ciertas cosas sobre ella, aunque no quiso decirme de qué se trataba.

– Todo esto ha sido una endeble mentira desde el principio -dijo Erlendur-. Los dos lo sabemos desde que empezó a contármelo. No sé por qué intenta alargar las cosas de esta forma, a menos que sepa que es culpable.

– ¿Quieres decir que ella mató a su hermano?

– O que sabe quién lo hizo.

Siguieron sentados durante un rato y tomaron café, hablaron del niño, de sus padres y de las difíciles circunstancias familiares, lo que llevó a Elínborg a preguntarle a Erlendur una vez más qué pensaba hacer en Nochebuena. Él dijo que la pasaría con Eva Lind.

Le contó a Elínborg su hallazgo en el pasillo del sótano y las sospechas de que el hermano de Ösp tenía algo que ver con el caso. Era un desarrapado en continuos problemas económicos, con deudas que era incapaz de saldar. Le dio las gracias a Elínborg por su invitación para Nochebuena y le dijo que se tomara libre el tiempo que quedaba hasta Navidad.

– No queda ya nada para Navidad -dijo Elínborg, sonrió y se encogió de hombros como si la Navidad ya no importara, ni la limpieza ni las galletitas ni los parientes políticos.

– ¿Te regalarán algo en Navidad? -preguntó.

– Quizás unos calcetines -respondió Erlendur-. Eso espero.

Vaciló.

– No te tomes demasiado a pecho lo del padre -dijo luego-. Son cosas que pueden pasar. Nos convencemos de nuestras hipótesis y luego llegan las dudas cuando surge algún elemento nuevo.

Elínborg asintió con la cabeza.

Erlendur la acompañó al vestíbulo y se despidieron. Él iba a subir a su habitación para recoger sus cosas. Ya estaba harto de vivir fuera de casa. Había empezado a añorar aquel triste agujero, a añorar sus libros, el sillón e incluso a Eva Lind en el sofá.

Estaba esperando el ascensor cuando Ösp apareció de pronto, sin que él se diera cuenta de que se acercaba.

– Lo he encontrado -dijo.

– ¿A quién? -dijo Erlendur-. ¿A tu hermano?

– Ven -dijo Osp, y fue hacia la escalera que llevaba al sótano. Erlendur vaciló. La puerta del ascensor se abrió y miró el interior de la cabina. Estaba sobre la pista del asesino. A lo mejor, el hermano había venido a entregarse, aconsejado por su hermana; el chico del tabaco de mascar. Por eso, Erlendur ya no sentía tensión. No sentía la expectación ni la sensación de triunfo que suelen acompañar al momento en que se empieza a solucionar un caso. Solo sentía cansancio y hastío, porque aquel caso había despertado muchas conexiones en su mente con su propia infancia, y sabía que le quedaban aún tantas cosas por solucionar en su propia vida que no tenía ni idea de por dónde empezar. Lo que más deseaba era poder olvidarse del trabajo y marcharse a casa. Estar con Eva Lind. Ayudarla a superar las dificultades a las que se estaba enfrentando su hija. Quería dejar de pensar en los demás y empezar a ocuparse de sí mismo y de su propia gente.

– ¿Vienes? -dijo Ösp en voz baja desde la escalera, donde le esperaba.

– Ya voy -dijo Erlendur.

La acompañó escaleras abajo a la cantina de personal, donde había hablado con ella por primera vez. Todo seguía estando igual de sucio. Cerró la puerta con llave al entrar. Su hermano estaba sentado junto a una de las mesas y se puso en pie de un salto cuando vio entrar a Erlendur.

– Yo no le hice nada -dijo con voz quejumbrosa-. Ösp dice que crees que lo hice yo, pero yo no hice nada. ¡No le hice nada!

Llevaba un anorak sucio. Una raja en uno de los hombros dejaba ver el relleno blanco. Los pantalones vaqueros estaban negros de suciedad y calzaba unas enormes botas negras de esas en las que los cordones se atan hasta el tobillo, pero Erlendur no vio cordones. Sus dedos, largos y ennegrecidos, sostenían un cigarrillo. Aspiró el humo y lo exhaló al momento. La voz delataba nerviosismo, y no hacía más que ir arriba y abajo por la cantina como un animal enjaulado, encerrado con un policía dispuesto a detenerlo.

Erlendur miró a Osp, que permanecía al lado de la puerta, y de nuevo a su hermano.

– Debes de confiar mucho en tu hermana, ya que has venido aquí.

– No he hecho nada -dijo-. Mi hermana me dijo que eras un buen tipo y que solo querías información.

– Necesito saber qué relación mantenías con Gudlaugur -dijo Erlendur-. No tengo ni idea de si fuiste tú quien lo apuñaló.

– Yo no lo apuñalé -dijo él.

Erlendur lo examinó. Estaba en el límite entre adolescente y adulto, con un rostro curiosamente infantil, pero con una expresión de dureza, rencor e ira contra algo que Erlendur no tenía ni la menor idea de qué podría ser.

– Nadie ha dicho que lo hayas hecho tú -dijo Erlendur para tranquilizarlo, intentando rebajar su excitación-. ¿Cómo conociste a Gudlaugur? ¿Qué tipo de relación era la vuestra?

El chico miró a su hermana, pero Ösp no dijo nada, se mantuvo en silencio junto a la puerta. El joven volvió a mirar a Erlendur.

– A veces le hacía favores, y él me los pagaba -dijo.

– ¿Y cómo os conocisteis? ¿Desde cuándo lo conocías?

– Él sabía que yo era hermano de Osp. Le parecía divertido que fuéramos hermanos, como le pasa a todo el mundo.

– ¿Por qué?

– Yo me llamo Reynir, que significa serbal.

– ¿Y? ¿Qué tiene eso de divertido?

– Ösp y Reynir, un álamo temblón y un serbal de cazadores. Una broma de nuestros padres. Como si se dedicaran a la arboricultura.

¿Y qué hay de Gudlaugur?

– Lo conocí aquí en el hotel, cuando vine a ver a Osp. Hará unos seis meses.

– ¿Y?

– Sabía quién era yo. Ösp le había contado algo sobre mí. A veces me dejaba dormir en el hotel. En el pasillo de su habitación.

Erlendur se volvió hacia Osp.

– Te esmeraste limpiando el rincón aquel -dijo.

Ösp lo miró como si no comprendiera lo que quería decir, y no respondió. Erlendur se volvió otra vez hacia Reynir.

– Él sabía quién eras. Tú dormías en el pasillo, al lado de su habitación. ¿Y qué más?

– Me debía dinero. Dijo que iba a pagarme.

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