– ¿Por qué iba a creer lo que me estás diciendo ahora?
Stefanía calló y miró caer la nieve. Estaba ausente, como si se hubiera sumergido en una vida que tuvo mucho tiempo atrás, cuando desconocía la mentira y todo era verdadero, nuevo y limpio.
– ¿Stefanía? -dijo Erlendur.
– No se pelearon a causa de su voz o de su carrera de cantante -dijo de repente-. Cuando mi padre cayó por las escaleras. No fue por el canto. Esa es la última mentira, y la mayor de todas.
– ¿Te refieres a cuando se pegaron en las escaleras?
– ¿Sabes cómo le llamaban los chicos de la escuela? ¿El mote que le pusieron?
– Creo que sí -dijo Erlendur.
– Le llamaban La Pequeña Princesa.
– ¿Porque cantaba en el coro, y parecía afeminado y…?
– Porque lo vieron con un vestido de mamá -lo interrumpió Stefanía.
Se apartó de la ventana.
– Fue después de su muerte. Gulli la echaba horriblemente de menos, sobre todo cuando dejó de ser niño de coro y ya no era más que un chico corriente con una voz corriente. Papá no se enteró, pero yo sí. Cuando papá no estaba en casa, a veces se ponía las joyas de mamá y sus vestidos, y se miraba en el espejo, e incluso se maqueaba. Y en una ocasión, en verano, unos chicos que pasaban por delante de casa lo vieron. Estaban espiando por la ventana del salón. Lo hacían de vez en cuando, porque nos consideraban un poco extraños. Se echaron a reír y a burlarse de él sin la menor compasión. Desde entonces, en el colegio lo trataron como a un bicho raro. Los chicos empezaron a llamarlo La Pequeña Princesa.
Stefanía calló.
– Yo creía que simplemente echaba de menos a mamá -prosiguió-. Que aquello era una manera de acercarse a ella, poniéndose su ropa y sus joyas. Nunca creí que tuviera tendencias perversas. Luego salió a relucir lo otro.
– ¿Tendencias perversas?-dijo Erlendur-. ¿Es así como lo ves? Tu hermano era gay. ¿No se lo has podido perdonar? ¿Es ese el motivo por el que cortaste la relación con él durante tantos años?
– Era muy joven cuando nuestro padre lo sorprendió con otro chico de su edad, haciendo cosas indescriptibles. Yo sabía que estaba con su amigo en la habitación, pero pensaba que estaban estudiando juntos. Papá llegó a casa inesperadamente, iba buscar algo, y cuando abrió la puerta del dormitorio de mi hermano se encontró con aquel horror. No quiso decirme lo que era. Cuando salí, el otro chico estaba bajando las escaleras a todo correr con los pantalones por los tobillos, y papá y Gulli habían salido al pasillo y se estaban gritando el uno al otro, vi a Gulli empujarlo con fuerza. Papá perdió el equilibrio y cayó por la escalera, y nunca pudo volver a ponerse de pie.
Stefanía se volvió de nuevo hacia la ventana y miró la nieve navideña deslizándose suavemente hacia la tierra. Erlendur calló e intentó imaginar qué estaría pensando aquella mujer, que había vuelto a encerrarse en sí misma, pero no llegó a conclusión alguna. Le pareció recibir una especie de respuesta cuando ella rompió el silencio.
– Yo nunca importé nada -dijo-. Todo lo que yo hacía estaba mal hecho. No lo digo porque sienta pena por mí misma, creo estar muy lejos de la autocompasión. Lo hago para intentar comprender y explicar por qué nunca volví a relacionarme con él desde ese día. A veces creo que deseaba que sucedieran las cosas como sucedieron. ¿Puedes imaginártelo?
Erlendur sacudió la cabeza.
– Cuando se fue, fui yo la que importaba. No él. Nunca más él. Y de alguna extraña manera, yo estaba contenta, contenta de que Gulli nunca hubiera llegado a ser la gran estrella infantil que tenía que ser. Supongo que siempre le envidié, y mucho más de lo que yo podía comprender, por toda la atención que recibía y por la voz que tenía cuando era niño. Era una voz divina. Era como si hubiese sido bendecido con aquel don del que yo carecía; yo aporreaba el piano como un caballo. Eso era lo que decía papá cuando intentaba enseñarme. Decía que yo carecía absolutamente de talento. Y sin embargo, yo lo adoraba, porque estaba convencida de que siempre tenía razón. Muchas veces se portaba bien conmigo, y después de quedarse incapaz de valerse por sí mismo, yo pasé a serlo todo para él. Y así fueron pasando los años, uno tras otro, sin que nada cambiase. Gulli se fue de casa, papá estaba inválido y yo me ocupaba de él. Nunca pensaba en mí misma, ni me preguntaba qué quería en la vida. Así pueden pasar los años, sin hacer otra cosa que seguir la rutina que nos hemos marcado. Un año tras otro, y otro, y otro…
Calló y miró la nieve.
– Cuando empiezas a darte cuenta de que eso es todo lo que tienes, empiezas a odiarlo e intentas encontrar un culpable, y para mí, mi hermano se convirtió en el culpable de todo. Con el tiempo llegué a odiarlo, a él y a la perversión que había destruido nuestras vidas.
Erlendur iba a decir algo, pero ella continuó.
– No sé si podré explicarlo mejor. Cómo te encierras en tu propia vida monótona por algo que decenas de años más tarde resulta carecer de toda importancia.
– Tenemos entendido que él estaba convencido de que le robaron la infancia -dijo Erlendur-. Que no le habían dejado ser lo que quería ser, sino que le obligaron a ser algo completamente distinto, un cantante, un niño prodigio, y sufría cuando se burlaban de él en la escuela. Luego todo acabó y encima llegaron esas «tendencias perversas», como tú las llamas. Creo que no podía sentirse demasiado bien. Quizá no deseaba ser objeto de toda esa atención que, obviamente, ansiabas tú.
– Le robaron la infancia -dijo Stefanía-. Es muy posible.
– ¿Tu hermano intentó en algún momento hablar de su homosexualidad con tu padre o contigo?
– No, pero quizá deberíamos haber sospechado lo que pasaba. Tampoco sé si él mismo se daba cuenta de lo que le estaba pasando. No sé nada al respecto. Creo que ni él mismo sabía por qué motivos se ponía los vestidos de mamá. No sé cuándo ni cómo esas personas se dan cuenta de que son distintos.
– En cierto modo, su apodo le gustaba -dijo Erlendur-. Tenía ese póster y sabemos que… -Erlendur calló a mitad de la frase. No sabía si hablarle de aquel amante al que Gudlaugur pedía que le llamase «mi pequeña princesa».
– No tengo ni idea -dijo Stefanía-, es verdad que tenía ese cartel en la pared. A lo mejor se torturaba a sí mismo con los recuerdos de lo que sucedió. A lo mejor hay algo en ellos que no podemos comprender.
– ¿Cómo conociste a Henry Wapshott?
– Vino a casa un día porque quería hablar con papá de los discos de Gudlaugur. Quería saber si teníamos alguno. Fue en las navidades del año pasado. Había obtenido información sobre Gudlaugur y su familia a través de unos coleccionistas, y nos dijo que esos discos tenían un inmenso valor en todo el mundo. Había hablado con mi hermano, que le dijo que no quería venderlos, pero luego cambió de opinión y se mostró dispuesto a darle al inglés lo que quería.
– Y vosotros queríais una parte de las ganancias, ¿no?
– Nos pareció completamente normal. En realidad no era más dueño de ellos que mi padre, al menos eso es lo que pensábamos nosotros. Nuestro padre había pagado la edición con su propio dinero.
– ¿Las cantidades que ofrecía Wapshott eran muy elevadas?
Stefanía asintió, con la mente en algún otro lugar.
– Millones.
– Concuerda con la información de que disponemos.
– Ese hombre, Wapshott, tiene dinero de sobra. Tengo entendido que quería evitar que los discos salieran al mercado del coleccionismo. Si lo entendí bien, quería hacerse con todas las copias de los discos, para impedir que hubiera demasiadas en el mercado. Tenía las cosas clarísimas, y estaba dispuesto a pagar una suma desorbitada por la totalidad de los discos. Creo que había conseguido poner a Gudlaugur de su parte antes de Navidad. Probablemente algo debió de cambiar, para que le agrediera de esa forma.
Читать дальше