– ¿Quién es él?
– Es un chap cualquiera que va a ganar algún dinero para que le aspiremos el diez por ciento de la médula. -El médico sonrió-. No tiene consecuencias para su salud y tendrá disponibles unas libras más para gastar en el pub.
– ¿Y ese diez por ciento de médula está destinado a nuestra hija?
– Sí. La médula de su hija será totalmente destruida y recibirá la nueva médula como quien recibe una simple transfusión sanguínea. La nueva médula está llena de unas células que llamamos progenitoras y que, una vez que han entrado en la circulación sanguínea, se alojan en los huesos y desarrollan una nueva médula.
– ¿Es tan sencillo como parece?
– El procedimiento es sencillo, pero todo el proceso es tremendamente complicado y hay grandes riesgos. Ocurre que el proceso de desarrollo de la nueva médula lleva unas dos semanas, como mínimo, y éste es el periodo crítico. -Cambió el tono de voz, como quien quiere subrayar la importancia de lo que va a decir-. Durante estas dos semanas, la médula de Margarida no va a desarrollar glóbulos blancos, glóbulos rojos ni plaquetas en la cantidad adecuada. Eso significa que está muy sujeta a hemorragias e infecciones. Si las bacterias la atacan, su cuerpo no producirá glóbulos blancos suficientes para neutralizar ese ataque. -Alzó las cejas, acentuando este aspecto-. ¿Lo han entendido? Va a quedar muy vulnerable.
Tomás se frotó la frente, digiriendo lo que acababa de escuchar.
– Pero ¿cómo se logra impedir que una bacteria entre en su cuerpo?
– Instalando a la niña en aislamiento en una habitación esterilizada. Es lo único que podemos hacer.
– ¿Y si, aun así, ella coge una infección?
– No tendrá defensas.
– ¿Qué significa eso?
– Significa que no podrá sobrevivir.
Tomás y Constanza sintieron que se abatía un peso sobre sus hombros. Venían advertidos desde Lisboa acerca de los riesgos de la operación, aunque tuviesen conciencia de que no hacer el trasplante constituía una opción aún más arriesgada. Pero eso no los consolaba; por más que la razón les indicase que aquél era el camino acertado, el corazón dudaba, prefería posponerlo todo, olvidar el problema, fingir que no existía, arrojarlo a un rincón perdido de la existencia.
– Pero hay una buena noticia -añadió el médico, intuyendo la necesidad de introducir una nota positiva, de esperanza-. La buena noticia es que, pasadas esas dos semanas críticas, la nueva médula comenzará a producir células normales y en gran cantidad, de modo que Margarida quedará probablemente curada de la leucemia. Claro que después será necesario un trabajo de acompañamiento y vigilancia, pero para ello todavía hay tiempo.
La perspectiva de la cura reanimó a los padres, que se sentían sumergidos en una montaña rusa de emociones, ora muy abajo, ora más arriba, con la esperanza sustituida por la desesperanza y después por la esperanza, en una sucesión infernal, casi todo en el mismo aliento, forzados a vivir con los dos sentimientos contradictorios a la vez.
Esperanza y desesperanza.
A las siete y media de la mañana del tercer día, Maggy entró en la habitación de Margarida y le dio un tranquilizante. Constanza y Tomás habían pasado la noche sin pegar ojo, sentados en la cama contigua contemplando el sueño sereno de su hija. Quien dormía así no podía morir, sintieron, esperando contra la esperanza.
La llegada de la enfermera los devolvió a la realidad; Constanza miró a Maggy y pensó, casi sin querer, por asociación de ideas, en un condenado a muerte a quien los guardias vienen a buscar para el fusilamiento. Casi tuvo que pellizcarse para imponerse a sí misma la idea de que la enfermera no venía en busca de su hija para matarla, sino más bien para salvarla. «Es para salvadla», se repitió Constanza a sí misma, buscando consuelo en ese pensamiento redentor.
Es para salvarla.
Acostaron a Margarida en una camilla y la llevaron por los pasillos del Grail Ward hasta la sala de operaciones. La pequeña iba consciente, pero soñolienta.
– ¿Voy a soñá', mamá? -murmuró adormilada.
– Sí, hija. Sueños color de rosa.
– Coló' de 'osa -repitió, casi canturreando.
Encontraron al doctor Penrose en la puerta de la sala. Tuvieron dificultad en reconocerlo porque llevaba una máscara en la cara y la cabeza cubierta.
– No se preocupen -dijo Penrose con la voz ahogada por la máscara-. Todo saldrá bien.
Se abrieron las dos hojas de la puerta y la camilla se perdió en el interior de la sala, empujada por Maggy y con Penrose al lado. La puerta se cerró y la pareja se quedó un largo rato mirándola, como si les hubiesen robado a Margarida. Tomás y Constanza volvieron después a la habitación y se entretuvieron haciendo las maletas, ya que la niña ya no volvería allí después de la operación. Se esforzaron por hacerlo lentamente, para prolongar la distracción; sin embargo, el tiempo era más lento era y pronto se vieron sentados en la cama, con las maletas preparadas, sin nada que hacer, ansiosos y angustiados, con la mente deambulando por la sala de operaciones, imaginando el trasplante que se concretaba en ese momento.
La tortura acabó dos horas después. Penrose apareció frente a ellos ya sin máscara, con una sonrisa confiada que de inmediato los alivió.
– Todo ha ido bien -anunció-. Se ha completado el trasplante y todo se ha desarrollado como estaba previsto, sin complicaciones.
La montaña rusa de las emociones volvía a moverse: donde un minuto antes reinaba la angustia, imperaba ahora la alegría.
– ¿Dónde está mi hija? -quiso saber Constanza, después de reprimir una voluntad casi irresistible de besar al médico.
– La han trasladado a una habitación de aislamiento en el otro extremo de la misma ala.
– ¿Podemos ir a verla?
Penrose hizo un gesto con las manos, pidiendo calma.
– Por el momento, no. Está dormida y es mejor dejarla tranquila.
– Pero ¿vamos a poder verla esta semana?
El médico se rio.
– Van a poder verla esta tarde, quédense tranquilos. Si yo estuviese en su lugar, saldría a dar una vuelta, almorzaría en algún sitio y volvería a las tres de la tarde. A esa hora ya habrá despertado y podrán visitarla.
Salieron del hospital invadidos por una agradable sensación de esperanza, como si estuvieran suspendidos en el aire, transportados por una suave brisa primaveral. «Todo ha ido bien», había dicho el médico. Todo ha ido bien. Qué palabras tan maravillosas, tan benignas, tan alentadoras. Nunca imaginaron que una simple frase tuviese tanto poder, era como si aquellas cuatro palabras fuesen mágicas, capaces por sí solas de alterar la realidad, de imponer un final feliz.
Todo ha ido bien.
Deambularon por las calles casi a saltos, riéndose de cualquier cosa, los colores brillaban con más fuerza, el aire les parecía más puro. Entraron por la Southampton Row hasta Holborn y giraron a la derecha, por donde cogieron New Oxford Street. Atravesaron el gran cruce con Tottenham Court Road y Charing Cross y se sumergieron en la agitada confusión de Oxford Street; se distrajeron mirando los escaparates y observando el flujo incesante de la multitud que llenaba la acera. Sintieron hambre a la altura de Wardour Street, doblaron hacia el Soho y fueron a comer un teriyaki en un restaurante japonés que atraía con unos precios razonables. Hicieron la digestión recorriendo el Soho hasta Leicester Square, donde giraron en dirección al Covent Garden hasta coger la Kingsway más adelante y volver hacia Souphampton Row y Russell Square: eran ya casi las tres de la tarde.
La enfermera Maggy les anunció que los llevaría a la habitación donde se encontraba Margarida. Tomás se mostraba preocupado por la posibilidad de llevar microbios al lugar, pero la inglesa sonrió. Pidió a la pareja que se lavase las manos y la cara y les entregó batas, guantes y máscaras, que tuvieron que ponerse antes de iniciar la visita.
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