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…de Lena. Ella era una joven de gran belleza que vivía con su madre viuda, a quien yo conocía, y otras hermanas. La veía pasar a altas horas de la noche por donde yo vivía y mucho la miraba por la gracia de todo su cuerpo. De ella mucho estaba prendado un notario que llamábase Mariano Pasqualone y por esposa la quería, pero la madre de Lena díjome no fiarse de semejante suerte de notarios a pesar de estar su familia muy necesitada. Lena también desdeñaba al notario, el cual parecíale viejo y un tanto desaliñado en lo personal, a tal extremo que a veces, por la excesiva proximidad, percibía su mal olor. Yo propuse entonces que Lena me sirviera de modelo y de buen grado aceptaron madre e hija. Sin embargo, el notario abordó a la madre, quejándose de que hubiera rechazado su petición de matrimonio con su hija y se la hubiera concedido en cambio como concubina a un hombre excomulgado y maldito. No contento con eso, denunció después a Lena como una mujer que se plantaba en la plaza Navona en busca de hombres y a mí como peligroso delincuente. Pasqualone obtuvo del tribunal la prohibición de que yo frecuentara a Lena y tuvo la desvergüenza de ir a entregarme personalmente la notificación a mi casa. Entonces yo, tomando medio caballete, se lo arrojé a la cabeza. Él, ensangrentado, salió corriendo a la calle para llamar a los guardias. Entretanto Lena atrancó la puerta temblando, y por primera vez y con mucha pasión conmigo yació. Fui detenido, pero el cardenal Borghese dio enseguida un paso al frente…
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…corrió la malévola voz de que el rostro de la Virgen de Loreto pintada por mí era el de una prostituta, es decir, el de Lena. El rostro es ciertamente el dulcísimo de Lena, pero ella jamás fue una puta sino una mujer amorosa a la que yo mucho amé, y fue el notario quien así la llamo en su denuncia…
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…herido en la garganta y en la oreja izquierda, me refugié maltrecho en la casa de Andrea Ruffetti en la plaza Colonna. Dije haberme herido yo mismo con mi propia espada al caer por la calle. En verdad, se había tratado de dos estocadas que Tiberio Barrocco me había lanzado tras enterarse de que la víspera yo había abusado mediante el uso de la fuerza de su amante Angiola. Pero eso no era cierto, Angiola se había acostado conmigo por su propio placer, pero después declaró haber sido violada…
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…Hodie fray Raffaele ha venido a decirme que él se cree la acusación. No obstante, también ha querido asegurarme que no dirá ni una sola palabra, si fuera interrogado, de lo que yo le confesé acerca de la visión del sol negro. Parece que el Inquisidor en persona ha declarado su firme voluntad de aclarar la acusación que se me ha hecho de haber practicado las artes mágicas. Lo discutirá, díjome el fraile, con el Gran Maestre en cuanto terminen los festejos anuales en conmemoración de la batalla de Lepanto…
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…por consiguiente, tenía que huir del fuerte cuanto antes…
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…Mario Minniti, al conocer casualmente a través de un marinero la noticia de mi encarcelamiento en Malta con tan grave acusación, asaz se preocupó, y obtenida una audiencia con el almirante Fabrizio Sforza y Colonna, que se encontraba en Siracusa con sus galeras para poner rumbo a Malta, donde participará en el torneo naval en conmemoración de la batalla de Lepante, habló en secreto con él y obtuvo una munífica ayuda. Trasladado prestamente a Mesina, Minniti atrajo a su causa, a cambio de mucho dinero, a un tal Minicuzzo, famoso por ser el más valiente y fuerte arponero de peces espada y atunes que jamás hubiera visto el mar entre Escila y Caribdis, y con él regresó a Siracusa, donde ambos embarcaron en una galera del almirante. Al llegar a la isla, Minniti se agenció una veloz embarcación con cuatro fuertes remeros tunecinos. Después reuniose secretamente con el capitán de una goleta provista de espolón a proa que hacía contrabando de seda entre Malta y Girgenti. Hecho lo cual, obtuvo el permiso de visitarme en el Fuerte. Él me explicó entonces, ante mi sorpresa, que todo estaba preparado para la fuga, que tendría que producirse el mismo día del torneo naval, cuando todos los guardias del fuerte estuvieran entretenidos con el susodicho torneo, el cual se celebraría en las aguas de poniente entre Marsa Grande y Marsamuscetto. Díjome que la embarcación llegaría de Levante y que yo, a los primeros cañonazos del torneo, debía estar preparado en la ventana que no tenía reja sino que daba a un tajo de unos veinte metros que terminaba en una espantosa barrera de escollos siempre azotada por poderosas olas. Habiéndole yo preguntado de qué manera podría alcanzar los escollos de abajo como no fuera arrojándome desde la misma ventana, Minniti respondiome en broma que, con mis artes mágicas, podría hacerme nacer un par de alas, y más no quiso decir…
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…Oídos los primeros cañonazos que daban comienzo al torneo, me situé según lo acordado junto a la ventana. Del torneo nada podía ver porque estaba celebrándose a poniente mientras que podía ver muy bien a levante el mar un tanto agitado, pero libre de velas y barcos. Cuando hacía una hora que esperaba, advertí que, como por arte de magia, corría sobre las aguas un esquife estrecho y largo con cuatro remeros y un hombre de pie en la popa. El esquife apuntaba directamente hacia los peligrosos escollos bajo mi ventana y lo hacía a tal velocidad que yo pensé que se quebraría fatídicamente contra ellos. Mientras la embarcación se acercaba, empecé a oír las voces que los remeros se daban al unísono de la boga, oooooh ah oooooh ah, y vi que el hombre de la popa se quitaba toda la ropa y se quedaba desnudo. Después tomó del fondo de la embarcación lo que pareciome una larga barra de hierro y la sujetó con fuerza con la mano derecha. Cuando creí ya imposible que los remeros evitar pudiesen el encuentro con los escollos y me había asomado a la ventana para gritarles que detuvieran la insensata carrera, la embarcación sobre sí misma giró prontamente y apuntó con la proa hacia mar abierto, de tal manera que los remeros con todas sus fuerzas pudieron empezar a luchar contra la fatal arrancada.
En aquel preciso instante, el joven desnudo, que ahora estaba situado de cara a mí, doblose lentamente hacia atrás como yo jamás hubiese pensado que pudiera hacer un cuerpo humano sin perder el equilibrio ni caer de espaldas, levantando al mismo tiempo al cielo la que me había parecido una barra de hierro y que entonces comprendí que era una fisga. Pareciome que el cuerpo del joven se había convertido en un arco tendido al máximo para lanzar el dardo, ya no carne y sangre sino mortífera arma letal, y un instante después, mientras soltaba un fuerte grito que hasta a mí me golpeó los oídos, arrojó la fisga que apuntó recta y veloz como una flecha hacia mi ventana. Y la fisga llevaba consigo una cuerda. Apenas tuve tiempo de esquivarla cuando con gran estrépito cayó al interior de la estancia. Tras soltar el extremo de la cuerda y asegurarlo a un hierro de la ventana, arrojé la fisga al mar, me desnudé y, sujetando la cruz de caballero entre los dientes, me descolgué por la cuerda.
Grande fue el esfuerzo y varias veces temí perder la presa cuando el viento me empujaba con ímpetu contra el muro del fuerte. A medio camino ya tenía las manos despellejadas y ensangrentadas, y me sangraban también los hombros, que a veces, al girar, golpeaban con violencia contra las piedras del muro. Al llegar a los escollos ya sin fuerzas, le indiqué por señas al arponero que había seguido mi descenso que necesitaba descansar brevemente. Me faltaba valor para descolgarme al mar desde aquella escollera donde las olas rompían con ímpetu en medio de un gran fragor. Entonces Minicuzzo, que era el arponero, se arrojó al mar y, nadando como si fuera una criatura marina, alcanzó la escollera, se situó a mi lado y me dio ánimos…
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