Andrea Camilleri - El color del sol

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Hombre de costumbres disolutas al que sigue rodeando cierta aura de «artista maldito», el genial Caravaggio es objeto de este original ejercicio de estilo con que Andrea Camilleri sorprenderá una vez más a su numerosa legión de fieles lectores. En una pirueta narrativa con tintes de rocambolesca aventura personal, el propio Camilleri se convierte en personaje del relato al recibir, en el transcurso de un viaje a Siracusa, un mensaje de un desconocido que lo convoca a una cita secreta. Por deformación profesional, Camilleri es incapaz de resistirse a la tentación de un misterio que llama a su puerta y acepta dejarse llevar clandestinamente hasta un lugar en el campo donde descubrirá un precioso manuscrito de Caravaggio que ha permanecido oculto durante cuatrocientos años. Así, los supuestos diarios del gran maestro de la pintura italiana constituirán una suerte de relato criminal, plagado de sombras, extravíos y curiosidades, y una brillante exploración de los aspectos más profundos del mundo del barroco y de las contradicciones de un artista único. Una nueva demostración del inagotable impulso creativo de Andrea Camilleri, quien, con su habitual mezcla de rigor y viveza, otorga voz propia al inmortal maestro del claroscuro.

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* * *

…La misma embarcación nos llevó a Minicuzzo y a mí, medio muerto, hasta el barco contrabandista donde nos esperaba Mario Minniti. Y así fue como, siguiendo un rumbo no batido por el navío maltés, alcanzamos finalmente Girgenti…

Girgenti y Licata

A los investigadores les ha resultado imposible encontrar traza alguna de una más que fugaz y no documentada presencia de Caravaggio en Girgenti, a pesar de la arraigada convicción de los habitantes de Agrigento (la antigua Girgenti) de que el pintor permaneció varios días en su ciudad. Lo que ya se da por cierto en las más cuidadosas biografías es que el pintor, que desapareció de la cárcel del fuerte de Sant'Angelo de Malta el 6 de octubre de 1608, reapareció unos diez días después en Siracusa.

Según los girgentanos, la visita debió de ocurrir durante el viaje de Mesina a Palermo, donde el pintor habría tenido que embarcar para alcanzar de alguna manera Roma. O sea, que Caravaggio se habría desviado notablemente del recorrido más corto, comportamiento más propio de un turista que de una persona perseguida.

Los papeles transcritos por mí aclaran de manera definitiva los hechos. Es decir, confirman la voz popular sobre la breve estancia en Girgenti, pero la sitúan nada menos que antes de la llegada a Siracusa.

Todo adquiere más lógica así. Entre otras cosas, ambas estancias, las acontecidas en Girgentiy Licata, explican el excesivo intervalo temporal entre la fuga de Malta y la llegada a Siracusa.

Que Caravaggio pasara o no por Girgenti es, en el fondo, una cuestión sin importancia, y yo habría omitido las páginas acerca de la estancia en la ciudad de no haber sido por unas pocas líneas que se refieren al encuentro nocturno con el templo de la Concordia.

Una importancia muy distinta, por la novedad de las noticias, revisten por el contrario las páginas dedicadas por Caravaggio a una primera estancia suya en Licata, que duró más de un mes, en el transcurso de su viaje a Malta.

El cuadro del que habla Caravaggio, San Jerónimo en el foso de los leones, se conserva actualmente en la iglesia de la Hermandad de San Jerónimo de la Misericordia de Licata y se atribuye genéricamente a la «escuela de Caravaggio».

He transcrito, porque me han parecido muy curiosas, las páginas referentes al encuentro del pintor con Mario Tomasi, el fundador de la familia del autor de El gatopardo.

Nacido en Capua en 1558, Tomasi llega a Sicilia siguiendo al virrey Marcantonio Colonna. Se desconocen sus méritos como soldado, pero el virrey lo nombra capitán de armas de Licata, que no es que fuera un cargo demasiado relevante, pues sólo le permitiría vivir muy modestamente. Pero, no se sabe cómo, Tomasi empieza a enriquecerse (corren rumores muy malévolos acerca de él) a tal extremo que en 1583 está en condiciones de pedir y obtener la mano de Francesca Caro e Celestre, riquísima heredera, baronesa de Montechiaro y señora de Lampedusa. A partir de aquel momento, Tomasi entra en el círculo cerrado y privilegiado de la nobleza siciliana y ya no necesita el modesto cargo de capitán de armas.

Quisiera puntualizar que Lampedusa, isla abrasada y rocosa, antiguo refugio de piratas y, según Ludovico Ariosto, lugar escogido para el duelo de los tres contra tres (Roldan, Oliveros y Brandimarte contra Agramante, Gradasso y Sobrino), era, en tiempos de Caravaggio, una ermita que acogía indistintamente a cristianos y musulmanes. De ahí nace la expresión «ermitaño de Lampedusa» para referirse a alguien que suele nadar y guardar la ropa.

* * *

…habiendo yo llegado desnudo a la goleta con espolón a proa, le pedí al capitán alguna prenda con que cubrirme, pero la ropa que diome me estaba chica y, a cada movimiento que yo hacía, o se rompía la camisa por las axilas o los calzones de tela se me desgarraban por detrás…

* * *

…que era una noche hermosísima con mucha luz de luna. La goleta dirigiose no hacia el lugar de la rada donde solía arribar el habitual bajel que se utilizaba para el comercio y que estaba protegido por una torre muy bien fortificada, sino hacia una blanca escollera que se levantaba cual si fuera un monte chico y que se llamaba escala de los turcos. Al abrigo de aquel monte, la goleta no era visible desde la torre. En cuanto echamos el ancla, se acercaron presurosas tres barcas para cargar la seda y en una de ellas nos acomodamos Minniti, Minicuzzo y yo. Nada más desembarcar, Minicuzzo se despidió y se fue en busca de un pariente que vivía cerca de allí.

Minniti y yo emprendimos el camino a Girgenti…

* * *

…cuando llevábamos dos horas andando, todavía era de noche. Debido a lo que me costaba caminar con aquella ropa y habiéndome quitado también los zapatos, que me estaban estrechos y me causaban dolor en los pies, andaba yo con la cabeza gacha para evitar piedras y pinchos. Cuando levanté la cabeza para preguntarle a Minniti, que caminaba delante de mí, cuánto faltaba para llegar a la ciudad, vi de repente elevándose por encima de nosotros una construcción que pareciome admirable. Pregunté a Minniti si él sabía qué era. Él díjome que era el templo griego llamado de la Concordia. A la luz de la luna, parecíame estar hecho de polvo de huesos sin peso. Me puse a correr colina arriba mientras Minniti en vano me llamaba. Dos veces caí, pero no presté atención a una herida que me había hecho en la frente y otra en la rodilla que mucho me dolía. Delante del templo me detuve y, mientras lo contemplaba, sentí que me regresaba al pecho todo el aliento que antes me faltara y que, junto con el aire, me entraba un sutil linimento para las llagas de mi alma…

* * *

…Minniti me dio alcance cuando yo estaba tumbado inmóvil contemplando el cielo y las estrellas a través de las columnas. Díjele que me faltaban la fuerza y el deseo de seguir caminando. Él entonces respondiome que era mejor que permaneciera escondido en el templo, puesto que las vestiduras que llevaba y la herida en la frente no ofrecerían una buena apariencia a la luz del día. Propuso ir él solo a Girgenti, pedirle al amigo que iba a acogernos en su casa unas vestiduras más a propósito y regresar después a recogerme aquella misma mañana. Una vez solo, de vez en cuando alargaba una mano para acariciar la columna más cercana a mí y, aunque era todavía de noche, sentía en mi mano como si llegara un calor antiguo desde el arenal, y el mismo calor sentía en la espalda que descansaba sobre la tierra, y así estando ni siquiera me di cuenta de que caía en un profundísimo sueño…

* * *

…Despertome Minniti cuando el sol ya estaba muy alto. Y grande fue la maravilla mía y mi gozo al volver a ver finalmente el sol con el color que le es propio. Una vez vestido con la ropa nueva, subí al carruaje que él había pedido. Y fue una buena cosa, porque la rodilla se me había hinchado mucho y no me permitía ni un dolorido paso…

* * *

…permanecimos dos días en el palacio del protonotario Fiandaca, a quien Minniti no le había hablado de mi desventura en Malta y, por tanto, me acogió con todos los honores que corresponden a un caballero, pidiéndome noticias sobre el naufragio. La pregunta maravillome, pues yo de tal naufragio nada sabía. Minniti, que se había inventado la historia al pedirle los ropajes que yo necesitaba, le dijo al protonotario que el temor del mar en tempestad y el dolor de haberlo perdido todo, hasta la ropa, todavía me tenían la lengua muda…

* * *

…Subimos de noche al carruaje que Mario Tomasi me había enviado desde Licata. Yo había conocido a Tomasi el año anterior, cuando la galera que desde Nápoles tenía que llevarme a Malta se quedó, tal como ya sabía yo, durante un mes en Licata. Presentándome en su casa con una carta del príncipe Fabrizio Colonna, fui benévolamente acogido por él. Tomasi había viajado desde Capua a Sicilia a las órdenes del virrey Marcantonio Colonna y había sido nombrado por el virrey capitán de armas de Licata. Tras adquirir una gran fortuna, se había casado con Francesca, una mujer muy rica. No pudo acogerme en su casa porque su nuevo palacio todavía no estaba listo, y mandome durante un breve tiempo al convento de los padres carmelitas y después a casa de los señores Trígona. Allí, un artista licatés cuyo nombre he olvidado estaba pintando para los señores un San Jerónimo en el Foso de los Leones que de escasa factura pareciome… Un día el tal pintor, dejando de repente los pinceles, díjome que ya no quería trabajar mientras yo lo miraba, a no ser que yo con él me pusiera a pintar. Y yo de buen grado lo hice…

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