Estaba en posesión de un solo número de teléfono, el que figuraba en la nota que me había encontrado en el bolsillo. Lo marqué, a pesar de que Carlo me había advertido que no llamara a aquel número.
Lo intenté varios días seguidos y mis llamadas jamás obtuvieron respuesta. El teléfono sonaba siempre en vano. Renuncié.
Una semana después se presentó en mi casa, vestido de paisano y sin previo aviso, un comandante de los Carabineros. O por lo menos eso dijo ser. Era un cuarentón más bien afable y elegante. Y fue directamente al grano: quería saber por qué me empeñaba desde hacía unos días en llamar a aquel número de Siracusa. Yo no tenía la menor intención de que me involucraran en ninguna historia equívoca y le dije por tanto que, cuando había estado en Siracusa para asistir al espectáculo teatral, un carterista me había robado y que, mientras le contaba mi desventura al conserje del hotel, un amable caballero se había ofrecido a prestarme dinero. Acepté y le pedí su dirección para enviarle la suma amablemente prestada. Pero aquel caballero, que decía llamarse Carlo, me había dado un solo número de teléfono. De ahí mi insistencia en llamar. Entonces el comandante me preguntó cómo era posible que hubiera tardado tanto en querer devolver el préstamo. Contesté que sólo por casualidad, tras haberla buscado por todas partes, había encontrado la nota en que figuraba el número. Y le pregunté si tendría la bondad de decirme por lo menos quién era aquel amable caballero. Me contestó con evasivas. En compensación me dijo, cosa que yo ignoraba, que la Natividad palermitana de Caravaggio había sido robada en 1969 y que la opinión de los investigadores era que el robo había sido un encargo de la misma persona a la que yo intentaba telefonear.
Hacia finales de enero de 2005, un periodista siciliano me envió un ejemplar del periódico para el cual me habían entrevistado. Mientras lo hojeaba, me saltó a los ojos una fotografía. Era Carlo, lo reconocí de inmediato. Una breve noticia señalaba que, a través del ADN, se había podido identificar el cadáver del desconocido encontrado con las manos y los pies atados a la espalda con la misma cuerda que le rodeaba el cuello para así provocar su asfixia, y quemado en el interior de un automóvil en las afueras de Catania dos meses atrás.
Se trataba de un famoso abogado notoriamente relacionado con la mafia y fugitivo de la justicia desde hacía tiempo.
Sólo entonces me di cuenta de que el misterioso Carlo, mientras me daba a leer las páginas de un Caravaggio perseguido por los guardias papales y los sicarios de los Caballeros de Malta, estaba viviendo una situación análoga, buscado por la policía y los sicarios de la mafia.
Entonces decidí publicar estas páginas.
Aproximadamente en mayo de 2005 Kathrin Luz, conservadora del Dusseldorf Museum Kunst Palast, me envió una carta invitándome a escribir un relato sobre Caravaggio para una magna exposición que iba a celebrarse en los últimos meses de 2006 en aquella ciudad.
No dudé en contestarle que sí. Y escribí esta historia centrada en el período maltés-siciliano del pintor. Pero, puesto que sólo me habían pedido quince cuartillas, mi relato rebasaba los límites; por eso extraje de él las quince que se me habían pedido (publicadas en el volumen antológico Maler Morder Mythos. Geschichten zu Caravaggio, Hatje Cantz, Ostfildern, 2006); lo que aquí se publica constituye, en cambio, el texto íntegro.
A. C.
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