Andrea Camilleri - El color del sol

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Hombre de costumbres disolutas al que sigue rodeando cierta aura de «artista maldito», el genial Caravaggio es objeto de este original ejercicio de estilo con que Andrea Camilleri sorprenderá una vez más a su numerosa legión de fieles lectores. En una pirueta narrativa con tintes de rocambolesca aventura personal, el propio Camilleri se convierte en personaje del relato al recibir, en el transcurso de un viaje a Siracusa, un mensaje de un desconocido que lo convoca a una cita secreta. Por deformación profesional, Camilleri es incapaz de resistirse a la tentación de un misterio que llama a su puerta y acepta dejarse llevar clandestinamente hasta un lugar en el campo donde descubrirá un precioso manuscrito de Caravaggio que ha permanecido oculto durante cuatrocientos años. Así, los supuestos diarios del gran maestro de la pintura italiana constituirán una suerte de relato criminal, plagado de sombras, extravíos y curiosidades, y una brillante exploración de los aspectos más profundos del mundo del barroco y de las contradicciones de un artista único. Una nueva demostración del inagotable impulso creativo de Andrea Camilleri, quien, con su habitual mezcla de rigor y viveza, otorga voz propia al inmortal maestro del claroscuro.

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Y eso quería decir que, en cuanto acabara de pintar la Decapitación, podría regresar a Roma libre y sin temor de arresto, estando ya sin efecto la condena a muerte.

* * *

…Hodie, a ver el descubrimiento de la Decapitación con el Gran Maestre han acudido los ocho caballeros capitulares, el colegial mayor, el Inquisidor y fray Raffaele.

En el silencio que hubo nada más caer la sábana, el Inquisidor, el único que tenía la facultad, habló en primer lugar. Dijo que el Bautista muerto parecíale más vivo que los vivos. Al oír sus palabras, fray Raffaele, que de repente había palidecido, mirome con cierta inquietud. El Gran Maestre, en cambio, se inclinó hacia mí y susurrome que jamás en su vida había visto en una pintura una muerte tan verdadera. Entonces yo respondí que quizá sólo quien ha dado la muerte sabe pintar la verdad de la muerte.

Entretanto, fray Raffaele, que mucho se había entretenido en mirar de cerca la Decapitación, pegó un salto hacia atrás, y con el rostro muy pálido me preguntó si era cierto lo que le había parecido ver, es decir, que yo había puesto mi firma empleando para ello la sangre derramada por el Bautista. Había sido el único en darse cuenta. Díjele haber visto bien.

Él replicó entonces que el haber cometido semejante osadía era suma blasfemia y que un gran mal me acontecería…

* * *

…he sabido que los flamencos Vinck y Finson, que tienen taller en Nápoles, han puesto a la venta dos cuadros bellísimos que yo hice, una Virgen del Rosario que es una pieza grande de dieciocho palmos, por la que piden nada menos que 400 ducados, y un cuadro de cámara de tamaño mediano con figuras de medio cuerpo, que es un Holofernes con J udit por el que no darían ni siquiera 300 ducados. Para la Virgen del Rosario, que empecé poco tiempo después de que me pareciera haber alcanzado la bonanza tras haber sufrido un mar embravecido en el alma y en el cuerpo, cuando ya veía bien los colores, mucho me deleité en reunir a pordioseros y mendigos de ropa harapienta y pestilente suciedad y en pintarlos de esta guisa en ademán de descuidada oración entre los frailes dominicos…

* * *

…El Gran Maestre, que hombre de gran valor se mostró en la batalla de Lepanto, practicaba todavía las antiguas usanzas que semejaban pertenecer a tiempo pasados. Aparte del sobrino, tenía otros tres pajes.

Uno de ellos, de nombre Aloysio, de suaves modales y bellísima apariencia, solía acudir a mi celda. Mucho se parecía al zagal que tuve por modelo para mi cuadro que se llamó El amor victorioso. Aloysio mucho se solazaba con un pequeño reflector que yo me había hecho por mi cuenta y asaz se complacía en verse reflejado en la tela. Un día entró en mi celda mientras yo estaba fuera. Al volver, lo encontré desnudo delante del reflector y quiso que yo lo retratara. Tras haberlo hecho, guardé el cuadro debajo de la cama. Unos cuantos días después, mientras conmigo estaba, me contó un desaire que le había hecho el paje sobrino y rompió a llorar profusamente. Yo lo abracé en mi afán de consolarlo y entonces él tiernamente me besó. En aquel instante la puerta no bien cerrada se abrió de par en par bajo el ímpetu de un caballero de Justicia cuyo nombre no digo. Todos sabían que se había prendado de Aloysio, por lo que, viéndonos abrazados, fue presa de una ciega furia. Gritando injurias contra mí, propinó un fortísimo puntapié a la cama, la cual se desplazó, dejando al descubierto el retrato de Aloysio desnudo. Entonces, desenvainada la espada, me apuntó al pecho. Pero yo, en un abrir y cerrar de ojos y apartando a Aloysio, que estaba sentado sobre mis rodillas, me levanté, me impuse fácilmente al caballero y lo saqué de la celda, pinchándole las posaderas con su misma arma mientras Aloysio rodaba por el suelo muerto de risa.

Unos días después, el miserable caballero de Justicia le dijo a fray Raffaele haberse enterado por Aloysio de que, para pintar la calavera del San Jerónimo escribiendo, yo había mezclado con los colores también cierta cantidad de simiente mía natural, tras haber conjurado al demonio. Tan ridícula acusación bastó para que me encerraran en el fuerte de Sant'Angelo. En vano supliqué ser escuchado por el Gran Maestre para defenderme, explicando la verdad…

* * *

…Dos meses en el fuerte de Sant'Angelo.

La primera vez que soñé con la rosa blanca no supe al principio dónde se encontraba; parecíame en suspenso a media altura en el aire, sin que nada la sostuviese.

La segunda vez que soñé con ella, la rosa parecía descansar sobre un trozo de carne roja, casi como si fuera el miembro de un hombre que permaneciera de pie.

La tercera vez que se me volvió a aparecer en sueños, comprendí que era la rosa que yo había pintado, para un cuadro destinado a la venta, en la oreja de Ramorino, un joven de placer que algunas veces llevaba una rosa ensartada en el trasero como para rendirle gentil homenaje.

Al despertar, sufrí largo rato la mordedura de la carne, que jamás me abandona…

* * *

…todos jóvenes de placer y meretrices y después también

Ramorino

Bacchino

Filippello

Gelmino

El joven que tocaba el laúd cuyo nombre no recuerdo

Orsetto

Biondino

Luchino flautista

Geppino

Rossetto

Y entre las mujeres:

Nina Nina Nina Nina Nina

Lena

Anna la senesa

Fillide

Zena

Marzia

Colombella

Foschetta

Zippina

Marolda

Flavia

Lucrezia

Tonia…

* * *

…En el fuerte de Sant'Angelo contemplo el mar desde la ventana de la mañana a la noche y paréceme que, a causa del forzado desuso del cuerpo, la mente por el contrario se llena de historias de mi vida…

* * *

…Hasta los doce años que pasé en Caravaggio, después de que la peste nos empujara a escapar de Milán, estuve trabajando en el campo, tras lo cual quise regresar a Milán cuando apenas tenía trece años…

* * *

…En la iglesia de San Francisco el Grande, adonde había ido a oír misa, pude contemplar una cosa jamás vista. Era el cuadro de Leonardo que llámase La Virgen de las Rocas. Mientras lo miraba, no me llegó la voz del oficiante ni sonido alguno; empezó a dolerme la cabeza y en todo el cuerpo me asaltó un intenso calor de fiebre. Al terminar la misa y tras haber salido de la iglesia, nada más dar unos pasos, a la fuerza tuve que regresar para volver a contemplar el cuadro que no me cansaba. Por la noche tuve todavía mucha calentura, daba en desvarios y un rumor como de mar agitado me golpeaba la cabeza de tal manera que, tras levantarme al amanecer, regresé de nuevo a San Francisco el Grande, encontré la puerta de la iglesia todavía cerrada y me invadió tal furor que con puñadas y puntapiés empecé a golpearla repetidamente…

* * *

…hasta que pude ir finalmente al taller de Simone Peterzano bergamasco, que fue de Tiziano alumno, en el mes de abril. Cuatro años tuve que permanecer en el taller, comía y dormía en casa de Peterzano para adquirir práctica en la pintura. Peterzano me pidió veinte escudos de oro al mes. Dos paisanos que comerciaban con pieles fueron fiadores…

* * *

…En Brescia Savoldo, en Bérgamo Lotto, en Cremona los Campi, y sin embargo siempre, cada vez que regresaba, a San Francisco el Grande corría con delirio…

* * *

…y tomando los 395 imperiales que míos eran y no tenía que compartir con nadie, regresé a Milán. Aquí había conocido a una tal Antonina Dal Pozzo, llamada por todos Nina y que a muy caro precio comerciaba con su cuerpo. Yo tenía entonces dieciocho años y muy poca práctica en el ejercicio de las mujeres. Tras haber mercadeado con Nina el precio de toda una noche y llegada la hora e ido a su casa, ella no ofreció ni vino ni ninguna otra cosa que alegrarnos pudiera. Yo dile entonces unas cuantas monedas para comprar comida y vino del bueno. En cuanto ella se fue, yo me subí a la cama y escondí 300 imperiales por encima de una viga del techo. Ella regresó con vino, requesón, fruta y pan. Yacimos juntos hasta cuando ya era de día. Después, cuando me quedaba todavía deseo de sus carnes hermosas, mercadeé el precio de aquel mismo día y de la siguiente noche. Más monedas di para comprar más vino y lo que más le agradara. Pero Nina, antes de irse, quiso ver cuántas monedas tenía yo para pagar el negocio de su cuerpo. Tras ver los 85 imperiales que yo guardaba en la bolsa, se tranquilizó. Al volver, díjome haber invitado a su casa a dos amigos que se presentarían cuando se hiciera de noche para unas cuantas horas de juego. Aquello doliome, mas la cosa ya estaba hecha. Y para que se me pasara el negro humor, ella muy pródiga fue de sí. Vinieron los dos amigos; uno, que se llamaba Filetto, era un bardaje, mientras que el otro, llamado Jacobo, era un goliat de torva figura. Hablamos por espacio de una hora y largamente bebimos. Nina, medio desnuda, permanecía sentada sobre mis rodillas. Y yo me había quedado en camisa y calzones. Fue entonces cuando Filetto me propuso practicar con él y Nina en la misma cama. Jacobo sólo tendría que mirar, que tal cosa sobremanera le agradaba. Yo consentí y Nina se levantó jubilosamente de mis rodillas. Entonces, Filetto diome un fuerte empujón con un pie y me hizo caer junto con la silla. Tras haber comprendido el engaño, me levanté y eché mano del cuchillo, pero no pude esquivar el puño de Jacobo en el rostro. Nina salió corriendo para pedir a gritos socorro. Cuando Jacobo se aprestaba a propinarme otro puñetazo, yo me abalancé sobre él y le traspasé un hombro. Fue entonces cuando dos guardias, que prontamente habían acudido a la llamada, me arrestaron, porque Nina, Jacobo y Filetto juraron y perjuraron que había sido yo el que los había asaltado a ellos, desvariando a causa del demasiado vino. Me trasladaron a la cárcel en camisa y calzones mientras Nina, Jacobo y Filetto se repartían los 85 imperiales que yo guardaba en la bolsa. A los guardias dije llamarme Lorenzo Lotto, nombre que ellos jamás habían oído. Condenado a tres años, en la cárcel sólo estuve ocho meses hasta que cerré un trato con un jefe de los guardias llamado Lomellino. Éste díjome que Nina había desaparecido y que ahora en su casa no vivía nadie. Lomellino consiguió luego sacarme de la cárcel sin pena o peligro alguno. Aquella misma noche me fui con él a la casa de Nina y, tras forzar la puerta, cosa no muy fatigosa, recuperé los 300 imperiales, de los cuales le di 200 a él según lo pactado…

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