Andrea Camilleri - El color del sol

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Hombre de costumbres disolutas al que sigue rodeando cierta aura de «artista maldito», el genial Caravaggio es objeto de este original ejercicio de estilo con que Andrea Camilleri sorprenderá una vez más a su numerosa legión de fieles lectores. En una pirueta narrativa con tintes de rocambolesca aventura personal, el propio Camilleri se convierte en personaje del relato al recibir, en el transcurso de un viaje a Siracusa, un mensaje de un desconocido que lo convoca a una cita secreta. Por deformación profesional, Camilleri es incapaz de resistirse a la tentación de un misterio que llama a su puerta y acepta dejarse llevar clandestinamente hasta un lugar en el campo donde descubrirá un precioso manuscrito de Caravaggio que ha permanecido oculto durante cuatrocientos años. Así, los supuestos diarios del gran maestro de la pintura italiana constituirán una suerte de relato criminal, plagado de sombras, extravíos y curiosidades, y una brillante exploración de los aspectos más profundos del mundo del barroco y de las contradicciones de un artista único. Una nueva demostración del inagotable impulso creativo de Andrea Camilleri, quien, con su habitual mezcla de rigor y viveza, otorga voz propia al inmortal maestro del claroscuro.

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El Gran Maestre esbozó una leve sonrisa, tal vez descubriendo en mis palabras un elogio a su persona dictado por mi cortesía. Él no podía entender que yo le decía la verdad.

En Nápoles, desde hacía tiempo, la luz del día insoportable se me había vuelto y sólo hallaba alivio en una estancia debidamente protegida de la luz, o al caer la noche, cuando finalmente podía caminar por la calle.

Un día vi reunida una gran muchedumbre que pretendía entrar toda ella en un portal del cual brotaban ruido de trifulcas y gritos por el demasiado agolpamiento y los empujones de unos contra otros, tanto que dos guardias acudieron y yo prontamente alejeme. Al regresar aquella misma noche movido por la curiosidad, encontré menos gente y supe que en aquella casa moraba una ramera llamada Celestina, la cual, tras haber abandonado su oficio, la fama se había ganado de gran maga. Era capaz de materializar en el aire figuras humanas pero sin carnal consistencia, en todo similares a fantasmas. Decía ella que tales figuras eran las almas de los muertos. Yo había visto igual cosa en Milán y sabía que era un engaño de los ojos producido por ciertos espejos cóncavos debidamente situados.

Puesto en la cola, me encontré al cabo de una hora en presencia de la vieja ramera y díjele entonces que hablar quería con mi padre muerto, pero sin presencias ajenas. Estaban conmigo en su cuarto otras cinco personas, todas mujeres. Díjome ella que podría complacerme recibiendo la suma que habrían tenido que darle las cinco mujeres presentes. Yo consentí y, cuando a solas quedeme con ella, díjele que me mostrara los espejos cóncavos. Ella riose y después preguntome si yo a su oficio pertenecía. Le contesté que era pintor. Fue en busca de buen vino que bebimos juntos. Después de aquella vez, en repetidas ocasiones fui a casa de Celestina, pues semejante mujer mucho me intrigaba. Ella preparaba también mixturas y brebajes para curar muchos males.

Una noche le hablé de esa molestia de mi vista que no me permitía resistir la luz del sol. A la siguiente noche diome ella una ampollita que encerraba un líquido denso y muy oscuro y díjome que, echando una gota en cada ojo, podría mirar directamente el sol sin daño alguno para la vista. Transcurrido algún tiempo, viéndome obligado a ir a pasar el día a una casa de campo, me eché en cada ojo una gota de aquel líquido. Y miré el sol. Cuál no sería mi asombro al ver que se tornaba de color enteramente negro como a causa de un eclipse y que de él nacía una luz negra que no oscurecía del todo hombres y cosas, sino que los dejaba visibles sólo en parte, como recortados por la luz de un candil o una vela… El efecto duró hasta la llegada de las sombras del anochecer. Al día siguiente había desaparecido.

Pero Celestina no me había avisado de que la visión del sol negro se me podía aparecer también sin usar las gotas. Desde que me encuentro en Malta (ilegible), se me aparece muy a menudo…

* * *

…fray Raffaele díjome que la visión del sol negro es obra sumamente diabólica y ordenome romper la ampolla de Celestina, sin saber que ya no la tenía conmigo, pues la había dejado junto con otras cosas en Nápoles…

* * *

…Habiéndome advertido fray Raffaele de que llevara una conducta austera y diera muestras de religioso fervor para no desbaratar todo lo que andaba esforzándose por mí el Gran Maestre, recomendome sobre todo refrenar mi carácter, que gran daño causarme podía.

Revelome que el Gran Maestre, no obstante la regla que niega el ingreso en la Orden de toda persona que de homicidio se haya manchado, había presentado una vehemente y devota súplica al Papa para que le fuera concedida la facultad de honrarme con el hábito de la cruz de caballero magistral por ser yo «persona virtuosísima y de honorabilísimas cualidades y costumbres», pese a haber cometido homicidio en una reyerta…

* * *

…y entre otros el caballero Francois d'Hermet, el cual, obligado a regresar y permanecer algún tiempo en Francia, díjome querer que yo realizara para él una pequeña pintura de un cesto con frutos parecida a otra hecha por mí que él había visto en Milán en la casa del cardenal Borromeo. Una pintura que, pese a todo, el caballero D'Hermet, y otros con él, consideraban y estimaban obra de inferior naturaleza. Si tal la estimaba, ¿por qué la quería? Así se me ocurrió preguntárselo, pero me contuve, pensando en las recomendaciones de fray Raffaele, siendo tal pregunta presagio de mal resultado.

Me encomendó, sin embargo, el caballero que los frutos parecieran como todavía en la rama y sin la menor señal de descomposición, e igualmente las hojas. Respondile entonces que tal cosa era imposible, pues ya en la rama muestra el fruto señal visible de su cercana descomposición y con mayor razón por tanto hay que pintarlo tal como está colgado de la rama y más aún en la cesta. El caballero consintió entonces en que yo pintara como mejor creyera. Tanto más, dijo él, que es hombre muy ingenioso, que aquella fruta no tendría que comerla…

* * *

…Al Gran Maestre asaz satisfizo su retrato con armadura y con el paje que sostiene el yelmo.

Sonriendo preguntome por qué razón en este retrato era menor la oscuridad que en el San Sebastián.

Respondile yo que comenzaba a vislumbrar cierta luz.

Él comprendió sin duda el oculto sentido de mi respuesta, pero no lo dio a entender. Entonces preguntó al paje, que era un sobrino suyo de Picardía, qué sentía al verse representado, y el paje contestó no sentir nada. La respuesta incomodó al Gran Maestre; yo, en cambio, en gran manera me solacé, pues yo asimismo, mientras pintaba aquella pintura, nada había sentido más que una pequeña satisfacción ante el juego entre el brillo de la coraza y la sombra del fondo…

* * *

…He empezado a trabajar en la Decapitación de San Juan Bautista y la luz negra del sol negro ya no me abandona. Para mí ya no hay diferencia alguna entre la noche y el día…

* * *

…Fray Raffaele, tras haberme visto pintando el muro de la cárcel delante del cual se produce la decapitación, pidió hablarme en la celda. Y allí, sin que yo nada le hubiese dicho del estado en el cual me encontraba, preguntome primero si la decapitación que estaba pintando ocurría de día o de noche. Grande fue la impresión que me causaron sus palabras. El fraile bien había adivinado mi estado. Ocultando mi estupor, respondile que deseaba saber la razón de su pregunta. Entonces él gravemente díjome que había comprendido que la luz de la decapitación era la luz del sol negro. Yo prontamente lo negué. Pero él me repitió que tratábase de un maleficio supremamente diabólico. Díjome también que el Creador había creado y gobernado toda la materia para sus fines y propósitos, y que por tanto la visión del sol y su luz significaba obediencia a la ley opuesta, contraria a la divina, significaba abrazar por verdadero su contrario, lo contrario de los propósitos del Creador Supremo. Si el sol es vida, el sol negro es muerte, dijo también. Aconsejome ayuno y oración. Pero ahora yo sé que toda la existencia mía, mucho antes de que Celestina me diera aquel brebaje, había empezado y seguido siempre bajo el signo del sol negro…

* * *

…El día del Señor 14 de julio de 1608, habiendo venido el Gran Maestre a ver el estado de la pintura de la Decapitación, mientras yo devotamente me inclinaba ante él, me apoyó una mano en el hombro y díjome a modo de saludo:

– Caballero…

Mientras yo casi me desvanecía de estupor y felicidad, él revelome que, desde hacía ya unos cuantos meses, el papa Pablo V había dado su consentimiento al hábito y la cruz, en derogación de la regla según la cual no puede ser nombrado caballero quien de homicidio se hubiese manchado, y que él, como Gran Maestre, había tenido que esperar al día en que yo terminaba el año de noviciado (que caía justo aquella jornada) para darme la nueva.

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