Andrea Camilleri - El color del sol

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Hombre de costumbres disolutas al que sigue rodeando cierta aura de «artista maldito», el genial Caravaggio es objeto de este original ejercicio de estilo con que Andrea Camilleri sorprenderá una vez más a su numerosa legión de fieles lectores. En una pirueta narrativa con tintes de rocambolesca aventura personal, el propio Camilleri se convierte en personaje del relato al recibir, en el transcurso de un viaje a Siracusa, un mensaje de un desconocido que lo convoca a una cita secreta. Por deformación profesional, Camilleri es incapaz de resistirse a la tentación de un misterio que llama a su puerta y acepta dejarse llevar clandestinamente hasta un lugar en el campo donde descubrirá un precioso manuscrito de Caravaggio que ha permanecido oculto durante cuatrocientos años. Así, los supuestos diarios del gran maestro de la pintura italiana constituirán una suerte de relato criminal, plagado de sombras, extravíos y curiosidades, y una brillante exploración de los aspectos más profundos del mundo del barroco y de las contradicciones de un artista único. Una nueva demostración del inagotable impulso creativo de Andrea Camilleri, quien, con su habitual mezcla de rigor y viveza, otorga voz propia al inmortal maestro del claroscuro.

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Movido por esa curiosidad repentina, terminé de vestirme a toda prisa, salí del hotel y, en la primera cabina que encontré que funcionaba, marqué el número escrito en la nota. El teléfono sonó largo rato, y ya estaba apunto de colgar cuando contestó una voz masculina muy educada, pero con cierto timbre autoritario:

¿Diga?¿Con quién hablo?

Decidí jugar con las cartas sobre la mesa, tanto más porque corría el riesgo de llegar tarde a casa de mis amigos.

Mire, soy…

No diga nombres. Hablo yo. ¿Usted es quien ha encontrado una nota con este número?

– Sí.

Muy bien. Yo se la hice llegar.

Pues entonces quisiera saber qué…

Déjeme hablar a mí, por favor - me interrumpió -. ¿Le sería imposible quedarse en Siracusa hasta mañana por la noche y marcharse pasado mañana?

É l sabía que mi intención era trasladarme a Catania a la mañana siguiente; yo se lo había dicho al periodista de la televisión. Reconozco que, llegado a este punto, la curiosidad estaba carcomiéndome.

No si se trata de algo que merezca la pena…

El hombre soltó una risita.

¡Vaya si merece la pena!

¿Podría indicarme…?

La voz se volvió brusca:

Perdone, pero esta conversación ya está durando demasiado. Vaya tranquilamente a cenar con sus amigos.

Pero ¿cómo demonios se había enterado de la invitación de mis amigos? Yo no lo había mencionado al periodista.

Pues entonces, ¿cómo nos ponemos de acuerdo, señor…?

No aceptó mi invitación a revelarme su nombre.

Mañana a las nueve habrá un automóvil esperándolo en el aparcamiento del hotel. Esperará media hora. Ni un minuto más. Si usted no da señales de vida, ya no insistiré. En todo caso, no vuelva a llamar a este número.

Colgó sin despedirse.

Aquella noche creo que no estuve muy brillante con mis amigos. Me distraía constantemente, me repetía, incluso perdí el hilo de la conversación dos o tres veces. Por mucho que me esforzara, sólo podía pensar en la misteriosa cita del día siguiente.

En el momento de la despedida, leí en los rostros de mis amigos algo entre la turbación y la melancolía: seguro que me habían encontrado muy, y peligrosamente, envejecido.

Antes de irme a dormir me tomé una dosis doble de somnífero; de no haberlo hecho, seguramente no habría pegado ojo.

A las nueve, en cuanto bajé, el conserje me dijo que un coche me esperaba en el aparcamiento, un BMW negro.

Salí. Era una espléndida mañana de mayo de colores resplandecientes.

Enseguida me llevé una sorpresa no tan agradable. El hombre que me esperaba manteniendo abierta la puerta trasera del automóvil era el mismo que se había sentado a mi lado en el teatro, el que me había puesto la nota en el bolsillo. Observé que esta vez llevaba chaqueta y confié en que no apestara a pescado.

En cuanto me vio, sacó un móvil, habló muy brevemente y volvió a guardárselo en el bolsillo.

Buenos días - me saludó, mirándome como si jamás me hubiera visto. Y me entregó una nota que leí mientras el vehículo se ponía en marcha.

Distinguido profesor Camilleri:

Le agradezco que haya aceptado mi invitación.

Le pido disculpas por algunas limitaciones indispensables a las que deberá someterse. Se lo explicaré todo.

Hasta pronto.

Iba a guardármela en el bolsillo cuando el chófer dijo:

Démela.

– ¿Qué?

La nota.

Se la devolví. Conduciendo con los codos, hizo pedazos el papel y lo arrojó por la ventanilla. Después no volvió a abrir la boca. En cuanto salimos de Siracusa, decidí preguntarle:

¿Puede decirme adonde vamos?

No respondió. ¿Fingía no haberme oído? Entonces, molesto y para obligarlo a responder, le di un golpecito en el hombro.

¿Eh?

Le repetí la pregunta. Esta vez tampoco contestó, pero sacó el móvil del bolsillo y, sosteniéndolo de manera que yo no pudiera verlo, marcó un número sin mirar el teclado y habló tan quedo que sólo me llegó un confuso murmullo. Sin duda estaba preguntando si podía decirme adonde nos dirigíamos.

Por la zona de Bronte - me respondió al fin.

Comprendí que era inútil hacer más preguntas y decidí disfrutar del trayecto. Que no sería muy corto si desde Siracusa teníamos que llegar hasta las laderas del Etna.

De Bronte, donde jamás había estado, sabía muy pocas cosas, pero la más importante para mí era que allí se producían pistachos, a los cuales soy muy aficionado. Las otras eran que un Borbón la convirtió en ducado y se la regaló al almirante Nelson, y que Nino Bixio ejerció en 1860 una feroz represión contra los campesinos que habían creído que la llegada de Garibaldi acarrearía el final de los derechos de los terratenientes. También había leído un relato corto de Verga s obre aquella revuelta campesina y recordaba vagamente haber visto una película sobre el tema.

El viaje fue más largo de lo previsto porque el chófer se empeñó en seguir pequeñas carreteras secundarias, a menudo maltrechas, por las que se veía obligado a circular muy despacio. Pero yo no me atreví a preguntarle el motivo.

El paisaje, por suerte para mí, era muy agradable. Una tierra rebosante de agua y, por consiguiente, casi descaradamente fértil, sin aquellas inmensas extensiones de árido territorio amarillo que se encuentran en la provincia de Agrigento, donde nací y viví mi primera juventud.

Bronte ni la vi. Vi una señalización donde ponía que faltaban dos kilómetros para llegar. Pero, poco después del cartel, el chófer detuvo el vehículo, bajó, abrió la puerta posterior y se sentó a mi lado. Lo miré con asombro.

¿Qué ocurre?

Tengo que ponerle esto.

Se sacó del bolsillo un pañuelo de gran tamaño, que se identificó de inmediato por su penetrante olor a pescado: era el mismo que llevaba la víspera alrededor del cuello.

Pero ¿de veras es necesario?

Eso me han dicho que haga y eso hago.

Al moverse se le abrió la chaqueta y entrevi la culata de una pistola. Cabía esperarlo. El hombre me vendó los ojos y me anudó el pañuelo a la nuca. A continuación oí que se apeaba.

Tendría que tumbarse en el asiento.

¿Eran ésas las «limitaciones indispensables» a las que se refería la nota? Por otra parte, yo había aceptado participar en aquel juego, así que no podía (y, lo admito, tampoco quería) rebelarme.

Obedecí. El hombre regresó a su asiento y reanudamos la marcha.

Al cabo de un rato comprendí que el chófer estaba dando tortuosas y deliberadas vueltas para confundirme: ora recorríamos carreteras asfaltadas, ora nos tambaleábamos por caminos de carros. Seguimos adelante de esa manera durante casi una hora, y finalmente nos detuvimos.

Puede quitarse el pañuelo y bajar.

Nos encontrábamos en el patio de una granja muy bien cuidada y rodeada por altos muros de piedra.

¿ Tiene móvil?

– Sí.

Démelo.

Se lo entregué y él se lo guardó en el bolsillo. A continuación subió al automóvil y se fue. Me quedé perplejo en el centro del patio. Todas las ventanas de la casa estaban cerradas, el portalón también. Experimenté un estremecimiento de frío y volví a ponerme la chaqueta que me había quitado en el coche. El lugar debía de estar a no menos de ochocientos metros de altitud.

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