– Sí, bastante. Fue como hace cinco meses. Quería venderme unas parcelas en la playa.
– ¿Le dejó alguna dirección, una tarjeta, algo…?
– Me dejó una tarjeta y me dijo que la llamase si cambiaba de opinión. Es que no me interesaban las parcelas.
– ¿Hablaron de su madre, de su pueblo…?
– Sí. Comimos juntos. Ella invitó; aunque me obcequé en pagar, no lo permitió. Estuvimos un par de horas charlando, y en ese tiempo se habla de muchas cosas.
– ¿Dónde vive su madre?
– En Molinar -susurró Mario-. Es una de las cuatro que buscábamos.
– Molinar -dijo el hombre.
– ¿Ha hablado con ella últimamente, hoy o ayer?
– No, no he hablado con ella. Pensaba hacerlo mañana domingo. Es que ella es medio sorda y no contesta al teléfono. Llamo a una prima suya, y ella la acompaña cuando hablamos. Primero la llamo a ella, va a su casa y…
– Denos la dirección de su madre -le cortó Palacios-. Comunícame con la Policía de Molinar -le pidió a Mario.
– ¿Ocurre algo grave? Me está usted poniendo muy nervioso.
Palacios dudó si decirle la verdad -tal vez se lo tomase con calma- o dejarle en la inopia, con lo que se pondría sumamente nervioso. De todas formas, que la Policía se preocupe por la madre de uno perturba a cualquiera.
– No sé si ocurre algo o no. Lo que sé es que la mujer que buscamos anda por esa zona y que vamos a hacer todo lo posible por capturarla.
– ¿Cree que debo ir a Molinar?
– Eso depende de usted, pero ahora mismo mando agentes a vigilarla. De eso no se preocupe.
– ¿Me podrá informar de si mi madre está bien?
– En cuanto lleguen los agentes.
– Tengo la llamada, teniente. Es el jefe de la Policía local: Aniceto Rebollo.
– Le llamamos dentro de un rato -le dijo Palacios a Cabañas.
– Estaré en ascuas, esperando su llamada.
Aniceto Rebollo, jefe de Policía de Molinar había salido de la comisaría, y estaba en un restaurante, con su esposa y otro matrimonio, cuando le comunicaron que le buscaban los federales.
– ¡Otra vez esta gente! ¿No se han ido todavía de aquí?
– Éstos son otros, jefe. Son de la capital.
– ¡Qué más da de dónde, si joden igual! Dales el número del restaurante, o mi portátil, o que te digan adonde les llamo. ¡Cómo molestan!
Esperó un minuto y sonó su portátil. Mario le dijo que le hablaría el teniente Palacios, de la federal de Homicidios. Y no tardó en sonar la voz cansada de Arturo:
– Rebollo, cabe la posibilidad de que el llamado Mataancianas ande por su pueblo.
– ¿No era el Calígula, el que mata parejas?
– ¿Quién? ¿Se ha comunicado con usted alguien de mi departamento?
– No sé de qué departamento es, pero anda por aquí una teniente neurasténica que ha movilizado a medio mundo. Creo que se fue a Arteaga.
– ¿Cómo se llama?
– Arteaga. Es el pueblo que está a unos ocho kilómetros.
– ¿Cómo se llama la teniente?
– ¡Y yo qué sé! Oiga, ya están aquí. ¿Por qué no se ponen ustedes de acuerdo?
Palacios se quedó perplejo. Una teniente federal… Podía ser Marcia. Ella andaba por la zona. Pero tenía el portátil apagado, ya que no contestaba a sus llamadas. Llamaría a alguno de los suyos, para que le dijesen que encendiese el teléfono. Pero ella estaba en otro caso…
– ¡Calígula! -exclamó.
– ¿Y qué he dicho yo? -le preguntó Rebollo.
– Sí, sí. Es otro caso, jefe. El mío es el Mataancianas.
– ¿Y también está en mi pueblo? Oiga, ¿no le parece mucho?
– Quizá, pero no podemos descuidarnos. Necesito que ponga vigilancia a una señora de su localidad. Se apellida Cabañas, Ángeles Cabañas, y vive en…
– ¿Ángeles Cabañas? Sí, sí la conozco. Yo estudié con su hijo. Vive en San Pedro.
– Exactamente. Se llama Remigio Cabañas. Urge que le ponga vigilancia, y a un paso de ella, dentro de su casa. No debe verse a nadie cerca. No se le ocurra llevar una patrulla o hacer sonar las sirenas.
Rebollo movía la cabeza a los lados, deseando que el federal dejase de enseñarle su oficio. ¿Pensaba el tipejo que era como ellos, que todos llevan idéntico traje, con el mismo bulto junto al sobaco, y que no despistan a un recién nacido? Además les delata el perfume, un agua de colonia que parece jarabe para la tos, o la forma en que miran a la gente, como si le estuvieran escudriñando el alma.
– ¿Y me va a explicar la razón?
– Yo salgo ahora mismo para allí. Usted meta un par de sus hombres en la casa, para que no se despeguen de la mujer. Que se esposen a ella. Y que esperen.
– Bien, bien. Ahora mismo mando… -pensaba decir una patrulla, con lo que le daría la razón al de Homicidios- a dos hombres.
– Yo estaré ahí dentro de un par de horas.
– ¿Va a venir volando? -Se tapó la boca, para que no le oyese reír.
– ¡Por supuesto! -exclamó Palacios-. Iré en un helicóptero.
Cuando Palacios colgó, el jefe cerró su portátil y les dijo a sus acompañantes:
– En helicóptero. A nosotros nos racionan la gasolina, y los federales vienen en helicóptero. Tenemos un Gobierno que va de lo sublime a lo ridículo.
– ¿Qué ocurre? -le preguntó su esposa.
– No sé. Se han debido volver todos locos. Hoy anduvieron unos revolviendo el pueblo, y ahora llegan otros orates a ayudarlos. Dicen que todos los asesinos más peligrosos del país están en Molinar.
– ¡Santo Cielo, Aniceto! -gritó su esposa-. ¿Y qué vas a hacer?
– Una estupidez: poner dos hombres en casa de Ángeles Cabañas.
– ¿Y para qué? -La esposa estaba lívida, y la otra señora tenía los ojos desorbitados.
– Porque dice un federal que el Mataancianas va a la casa de la Cabañas.
– ¿Y te vas a quedar aquí, tan tranquilo? -le urgió la esposa.
– Voy a enviar dos agentes de paisano.
– ¿Y por qué no vas tú? -le ordenó su señora-. Eso es muy importante, ¿verdad? -les preguntó a los componentes de la otra pareja.
Los dos asintieron con la cabeza. Rebollo supo que tendría que vigilar personalmente a la señora Cabañas, o su esposa le amargaría la noche. Si el asunto era muy serio, llegaría a oídos del gobernador, y éste era quien imponía las medallas. Su esposa solía tener buen olfato para eso.
Estaban a punto de pedir el postre, por lo que podía considerar que la cena estaba terminada. A su esposa la llevarían a casa sus amigos, y estaría pendiente al teléfono. Debía aconsejarle que no llamase a sus amigas, y mucho menos a su madre, porque entonces el Mataviejitas se enteraría de inmediato, ya que la señora tenía más audiencia que la televisión. Se despidió y salió del restaurante. Cuando estaban en el coche, llamó a comisaría y les dijo lo que debían hacer.
– ¡Vaya día! -dijo, al girar la llave del arranque.
Pero su esposa tenía razón, porque el asunto tendría trascendencia, mucha más que cuando atraparon en Molinar al Cachondo, el tipo aquel que andaba mostrando sus vergüenzas (ya que no podía alardear de su atributo) a todas las mujeres con quien se topaba. Esto era serio, y lo del Cachondo…
El encargado de la recepción del hotelito giró la llave y se retiró de la puerta. Había llamado varias veces, sin que les abrieran. Él le había entregado la llave a Claudio, mientras que su esposa se dirigía al ascensor; y no habían bajado ni devuelto la llave, por lo que deberían seguir arriba. Marcia ordenó que se abriera la puerta, y Carvajal fue el primero en entrar. Luego ella, y detrás los bíblicos.
– Estaban empacando sus cosas -dijo el jefe.
– Pero las dejaron ahí. -Marcia señaló la cama, sobre la que había muchas prendas.
– La llave está sobre el tocador -observó Jonás.
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