Thomas Harris - Hannibal
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– ¿Algunas cosas?
– Parafernalia. Juguetes. En aquel rincón está la guillotina portátil que usábamos Idi Amín y yo. Se puede cargar en un jeep y llevarla a cualquier parte, al poblado más remoto. Se monta en quince minutos. El condenado tarda diez minutos en tensarla con un torno, un poco más si es una mujer o un niño. Ya no me avergüenza todo aquello, porque ahora estoy purificado.
– El doctor Lecter fue a su casa.
– Sí. Le abrí la puerta vestido de cuero, ya me entiende. Lo observé esperando descubrir alguna reacción, pero no vi ninguna. Me preocupaba que pudiera asustarse, pero no parecía asustado en absoluto. Asustarse de mí… Qué divertido suena eso ahora. Lo invité a acompañarme arriba. Le enseñé los perros que había adoptado en el depósito. Había encerrado en la misma jaula a dos que eran muy amigos, con agua fresca en abundancia pero sin comida. Sentía curiosidad por ver lo que acabaría pasando.
»Luego, le enseñé mi instalación de lazos corredizos, ya sabe, asfixia autoerótica; uno se ahorca, pero no en serio, es estupendo mientras… ¿Me sigue?
– Lo sigo.
– Bien, pues él no parecía seguirme. Me preguntó cómo funcionaba y yo le contesté que era un psiquiatra un tanto raro si no lo sabía; y él dijo, y nunca olvidaré su sonrisa: «Enséñemelo». Entonces pensé: «Ya eres mío».
– Y se lo enseñó.
– No me avergüenzo de nada de ello. Nuestros errores nos hacen crecer. Ahora estoy purificado.
– Por favor, señor Verger, continúe.
– Bajé la horca a la altura del enorme espejo y me la pasé por el cuello. Tenía el trinquete en una mano mientras me la meneaba con la otra, y observaba su reacción, pero no podía adivinar lo que pensaba. Por lo general soy bueno leyendo la mente de los demás. Él estaba sentado en una silla, en una esquina del cuarto. Tenía las piernas cruzadas y las manos entrelazadas alrededor de la rodilla. De pronto se levantó y se metió la mano en el bolsillo, todo elegancia, como James Mason buscando el encendedor, y dijo: «¿Quieres una cápsula de amilo?». Y yo pensé: «Guau, si me da una ahora, tendrá que seguir dándomelas siempre, si no quiere perder la licencia. Esto va a ser el paraíso de las recetas». Si ha leído el informe, sabrá que había mucho más que nitrato de amilo.
– Polvo de ángel, metanfetaminas, ácidos… -recitó Starling.
– Una pasada, créame. Se acercó al espejo al que me estaba mirando, le pegó una patada y cogió una esquirla. Yo flipaba en colóres. Se me acercó y me dio el trozo de cristal. Me miró a los ojos y me preguntó si no me apetecía rebanarme la cara con el cristal. Soltó a los perros. Les di trozos de mi cara. Pasó un buen rato hasta que me la vacié del todo, según dijeron. Yo no me acuerdo. Lecter me partió el cuello con el lazo. Recuperaron mi nariz cuando les lavaron el estómago a los perros en la perrera, pero el injerto no agarró.
Starling empleó más tiempo del necesario en ordenar los papeles sobre la mesa.
– Señor Verger, su familia ofreció una recompensa después de que el doctor Lecter escapara de Memphis.
– Sí, un millón. Un millón de dólares. Lo anunciamos en todo el mundo.
– Y además ustedes ofrecieron pagar por cualquier información relevante, no sólo por la captura y condena. Se suponía que compartirían esa información con nosotros. ¿Lo han hecho siempre?
– No exactamente, pero nunca hubo nada lo bastante bueno para compartirlo.
– ¿Cómo lo sabe? ¿Es que siguieron ustedes mismos algunas de las pistas?
– Sólo lo suficiente para comprobar que no tenían valor. ¿Por qué no íbamos a hacerlo? Ustedes nunca nos contaron nada. Conseguimos una pista sobre Creta que resultó falsa, y otra sobre Uruguay que nunca pudimos comprobar. Quiero que comprenda que no se trata de una venganza, señorita Starling. He perdonado al doctor Lecter, lo mismo que Nuestro Señor perdonó a los soldados romanos.
– Señor Verger, usted informó a mis superiores de que ahora podría tener algo.
– Mire en el cajón de la mesa del fondo.
Starling sacó de su bolso los guantes blancos de algodón y se los puso. En el cajón había un gran sobre de papel manila. Era rígido y pesado. Sacó una radiografía y la puso contra la luz procedente del techo. Contó los dedos. Cuatro más el pulgar.
– Fíjese en los metacarpianos, ¿sabe a qué me refiero?
– Sí.
– Cuente los nudillos.
Cinco.
– Contando el pulgar, esa persona tenía seis dedos en su mano izquierda. Como el doctor Lecter.
– Como el doctor Lecter.
La esquina donde debían aparecer el número del paciente y el origen de la radiografía había sido recortada.
– ¿De dónde procede, señor Verger?
– De Río de Janeiro. Para averiguar más tendré que pagar. Una fortuna. ¿Puede decirme si es el doctor Lecter? Tengo que saber si merece la pena pagar.
– Lo intentaré, señor Verger. Haremos todo lo que podamos. ¿Tiene el sobre en el que llegó la radiografía?
– Margot lo ha guardado en una bolsa de plástico, ella se lo dará. Si no le importa, señorita Starling, estoy un poco cansado y necesito atenciones.
– Nos pondremos en contacto con usted, señor Verger.
Apenas había salido Starling, cuando Mason Verger sopló en el tubo del extremo y llamó a Cordell. El enfermero llegó de la sala de juegos y le leyó el contenido de una carpeta rotulada «DEPARTAMENTO DE TUTELA INFANTIL DE LA CIUDAD DE BALTIMORE».
– Se llama Franklin, ¿eh? Tráemelo -ordenó Mason, y apagó su luz.
El niño se quedó de pie, solo bajo la brillante luz que se derramaba desde el techo sobre el sofá, intentando penetrar con la vista la jadeante oscuridad.
– ¿Eres Franklin? -preguntó la profunda voz.
– Franklin -dijo el niño.
– ¿Con quién vives, Franklin?
– Con mamá, con Shirley y con Stringbeam.
– Y Stringbeam ¿siempre está con vosotros?
– Viene y va.
– ¿Has dicho «Viene y va»?
– Sí.
– Mamá no es tu verdadera mamá, ¿verdad, Franklin?
– Es mi mamá adoptiva.
– Pero no es la primera que has tenido, ¿a que no?
– No.
– ¿Te gusta tu casa, Franklin?
La cara del niño se iluminó.
– Tenemos un minino. Y mamá hace pasteles en el horno.
– ¿Cuánto tiempo hace que vives allí, en casa de mamá?
– No sé.
– ¿Has celebrado algún cumpleaños allí?
– Una vez. Shirley hizo polos.
– ¿Te gustan los polos?
– Los de fresa.
– ¿Quieres a mamá y a Shirley?
– Aja, sí que las quiero. Y al minino, también.
– ¿Te gusta vivir allí? ¿Tienes miedo cuando te vas a la cama?
– Aja. Duermo en el cuarto con Shirley. Shirley es grande.
– Franklin, ya no puedes vivir allí, con mamá, Shirley y el minino. Tienes que irte.
– ¿Quién dice eso?
– Lo dice el gobierno. Mamá ha perdido su trabajo y el derecho a adoptar. La policía encontró un cigarrillo de marihuana en tu casa. Cuando acabe esta semana ya no volverás a ver a mamá. Tampoco a Shirley ni al minino.
– No -dijo Franklin.
– O a lo mejor es que ya no te quieren, Franklin. ¿Tienes alguna cosa mala? ¿Tienes alguna llaga o algo sucio? ¿Crees que tu piel es demasiado oscura para que ellos te quieran?
Franklin se tiró de la camisa y se miró la tripilla morena. Sacudió la cabeza. Estaba llorando.
– ¿Sabes lo que le pasará al minino? ¿Cómo se llama el minino?
– Se llama Minino , ése es su nombre.
– ¿Sabes lo que le pasará al minino? Los policías lo llevarán al depósito y el médico que hay allí le pondrá una inyección. ¿Te han puesto alguna inyección en la guardería? ¿Te ha pinchado la enfermera? ¿Con una aguja muy brillante? Pues al minino le pondrán una inyección. Cuando vea la aguja se asustará mucho, mucho. Le pincharán y le dolerá, y luego el minino se morirá.
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