Thomas Harris - Hannibal

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Han pasado diez años desde que el Doctor Lecter escapó de sus captores. La agente Sterling no ha podido dejar de pensar en volver a atraparle y cuando aparece un rastro en Florencia comienza la caza.

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– Pero ¿qué tipo de cosas te dijo, si no te molesta la pregunta?

– Me dijo que era una paleta ambiciosa y testaruda y que mis ojos brillaban como quincalla. Que calzaba zapatos baratos, pero que tenía algo de gusto, una pizca de buen gusto.

– ¿Y ésa fue la verdad que tanto te sorprendió?

– Pues sí. Y quizá sigue siéndolo. Aunque he mejorado en lo de los zapatos.

– En tu opinión, ¿podría estar interesado en saber si lo delatarías después de enviarte una carta de ánimo?

– Él ya sabía que lo iba a delatar, más vale que lo supiera.

– Mató a seis personas después de que el tribunal lo mandara encerrar -dijo Crawford-. Se cargó a Miggs en el manicomio por echarte esperma a la cara, y a otros cinco en la huida. En el actual clima político, si lo cogen no se librará de la inyección.

La idea hizo sonreír a Crawford. Había sido un pionero en el estudio de los asesinos en serie. Ahora se enfrentaba a la jubilación forzosa, mientras el monstruo que lo había llevado por el camino de la amargura seguía en libertad. La perspectiva de ver muerto al doctor Lecter lo regocijaba sin paliativos.

Starling sabía que Crawford había mencionado el incidente con Miggs para sacudir su atención, para hacerla retroceder a aquellos días terribles en que intentaba interrogar a Hannibal el Caníbal en los calabozos del Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore. Cuando Lecter jugaba con ella al gato y al ratón mientras una muchacha aterrorizada se agazapaba en el pozo del sótano de Jame Gumb esperando a que la mataran. Crawford solía provocar a su interlocutor para galvanizar su atención cuando estaba llegando al meollo de la cuestión, como ocurrió en aquella oportunidad.

– ¿Sabías, Starling, que una de las primeras víctimas de Lecter sigue viva?

– El chico rico. La familia ofreció una recompensa.

– Sí. Mason Verger. Vive conectado a un pulmón artificial en Maryland. Su padre ha muerto este año y le ha dejado una fortuna amasada en el negocio de la carne. También ha heredado un congresista y un miembro del Comité de Supervisión Judicial que no sabían ni atarse los cordones de los zapatos sin pedir permiso al viejo Verger. Mason dice tener algo que puede ayudarnos a atrapar a Lecter. Quiere hablar contigo.

– ¿Conmigo?

– Contigo. Eso es lo que quiere, y de repente todo el mundo está de acuerdo en que es una idea estupenda.

– Es lo que quiere… después de que usted se lo sugiriera, ¿me equivoco?

– Estaban dispuestos a acabar contigo, Starling, iban a lavarse las manos y a tirarte como si fueras un trapo. Te hubieras sacrificado en vano, igual que John Brigham. Sólo para salvar a un puñado de burócratas del BATF. Miedo. Presión. Ya no entienden otro lenguaje. Mandé a alguien a que hiciera una visita a Verger y le explicara lo mucho que perjudicaría a la caza de Lecter que te dieran el pasaporte. Lo que pasó a continuación, a quién llamó Verger después, ni lo sé ni me importa. Supongo que le dio un toque a nuestro representante en el Congreso, el señor Vellmore.

Un año antes, Crawford no hubiera jugado aquella carta. Starling escrutó el rostro de su superior en busca de alguno de los signos de la demencia temporal que suele asaltar a los jubilados en ciernes. No percibió ninguno, pero Crawford parecía hastiado.

– Verger no es agradable, Starling, y no me refiero sólo a su cara. Averigua lo que sabe y vuelve con la información. Trabajaremos sobre ella. Por fin.

Starling sabía que durante años, desde que se graduó en la Academia del FBI, Crawford había intentado que la destinaran a Ciencias del Comportamiento.

Ahora que era una agente veterana, veterana en muchas misiones de segunda categoría, se daba cuenta de que su temprano éxito en capturar al asesino en serie Jame Gumb era el origen de sus problemas en el Bureau. Había sido una estrella en alza que se partió la crisma a media ascensión. En las semanas previas a la captura de Gumb, se había ganado al menos un enemigo poderoso y los celos de buen número de sus colegas masculinos. Eso, y una cierta falta de mano izquierda, la habían reducido a pasar años en brigadas de choque, brigadas de intervención rápida en atracos a bancos y brigadas encargadas de ejecutar órdenes de arresto, viendo Newark por encima del cañón de una escopeta. Al final, considerada demasiado irascible para trabajar en grupo, la habían convertido en agente técnica encargada de pinchar teléfonos y poner micrófonos en los coches de gángsteres y traficantes de pornografía infantil, y se había visto obligada a pasar noches de solitaria vigilancia atendiendo escuchas telefónicas autorizadas por el título tercero. Y en cuanto una agencia hermana solicitaba a alguien competente para una operación, la cedían. Tenía una fuerza sorprendente y era rápida y segura con el arma.

Crawford veía aquello como una oportunidad para Starling. Estaba seguro de que la agente siempre había querido atrapar a Lecter. Pero la verdad era bastante más complicada.

El hombre la miraba con curiosidad.

– Sigues teniendo la cara manchada de pólvora.

Los granos de pólvora quemada del revólver del difunto Jame Gumb le habían dejado una marca negra en la mejilla.

– No he tenido tiempo de quitármelo -le respondió Starling.

– ¿Sabes cómo llaman los franceses a un lunar así, una mouche como ésa, en la parte superior de la mejilla? ¿Sabes lo que simboliza?

Crawford tenía toda una biblioteca sobre tatuajes, simbología, mutilación ritual…

Starling negó con la cabeza.

– La llaman «coraje» -le explicó Crawford-. Tú puedes llevarla. Yo que tú no me la quitaría.

CAPÍTULO 9

Muskrat Farm, la propiedad de los Verger en el norte de Maryland, cerca del río Susquehanna, es de una belleza inquietante. La dinastía familiar la adquirió en los años treinta, cuando sus miembros decidieron trasladarse al este desde Chicago para estar más cerca de Washington, mudanza que bien podían permitirse. La aptitud para los negocios y el olfato político de los Verger les habían permitido llenarse los bolsillos suministrando carne al ejército desde los tiempos de la Guerra de la Secesión.

El escándalo de «la ternera embalsamada» durante la guerra con España apenas los salpicó. Cuando Upton Sinclair y otros metomentodo como él investigaron las peligrosas condiciones de trabajo en las plantas de empaquetado de carne de Chicago, descubrieron que varios empleados de los Verger, convertidos en tocino por inadvertencia, habían sido enlatados y vendidos como pura manteca de cerdo Durham, la favorita de los panaderos. Pero las averiguaciones exculparon a los Verger, que no perdieron ni un solo contrato con el gobierno.

Los Verger evitaron aquellos atolladeros potenciales y otros muchos comprando políticos; de hecho, su único tropiezo serio se produjo en 1906, cuando tuvieron que pasar el Acta de Inspección de la Carne.

En la actualidad el imperio familiar sacrifica ochenta y seis mil vacunos y aproximadamente treinta y seis mil cerdos al día, cantidades que oscilan levemente dependiendo de la temporada.

El césped recién podado de Muskrat Farm y los arriates cuajados de lilas mecidas por el viento despiden un olor que no se parece en nada al de los mataderos. No hay más animales que los ponis adiestrados para que los monten los grupos de niños, y simpáticos grupos de gansos que picotean la hierba contoneando el trasero. No hay perros. La casa, el granero y los terrenos ocupan el centro de un parque nacional de quince kilómetros cuadrados de bosque, y seguirán allí a perpetuidad gracias a una dispensa especial otorgada por el Departamento de Interior.

Como muchos enclaves de los muy ricos, Muskrat Farm no es fácil de encontrar la primera vez que uno la visita. Clarice Starling abandonó la autopista una salida más allá de la que correspondía. Al volver por la carretera de servicio, encontró en primer lugar la entrada de los proveedores, una gran verja asegurada con cadena y candado en la alta valla que rodeaba el bosque. Al otro lado, un camino forestal desaparecía bajo el arco que formaban los árboles. No había interfono. Tres kilómetros más adelante vio la entrada principal, situada al final de un cuidado camino de acceso de unos cien metros de longitud y flanqueada por una caseta. El guarda uniformado tenía apuntado su nombre en una tablilla con sujetapapeles.

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