Thomas Harris - Hannibal

Здесь есть возможность читать онлайн «Thomas Harris - Hannibal» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Триллер, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Hannibal: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Hannibal»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Han pasado diez años desde que el Doctor Lecter escapó de sus captores. La agente Sterling no ha podido dejar de pensar en volver a atraparle y cuando aparece un rastro en Florencia comienza la caza.

Hannibal — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Hannibal», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Ninguno miró a Starling al salir, excepto Krendler. Mientras avanzaba hacia la puerta arrastrando los pies para no tener que mirar dónde los ponía, hizo girar su largo cuello, como una hiena que recorre un rebaño con la vista hasta localizar su presa, y le clavó los ojos. En su rostro se mezclaban los deseos; su ambigua naturaleza le permitía admirar las piernas de Starling al tiempo que pensaba en cómo desjarretarlas.

CAPÍTULO 8

Ciencias del comportamiento es la unidad del FBI que investiga los asesinatos en serie. En sus dependencias, situadas en los sótanos del edificio, el aire está quieto y fresco. Los decoradores con sus muestrarios de colores han intentado en los últimos años iluminar ese espacio subterráneo. El resultado no ha sido mejor que el de los cosméticos que emplean las empresas de pompas fúnebres.

El despacho del jefe de unidad conserva los tonos marrones y canela originales, y las cortinas a cuadros de color café en sus altas ventanas. Allí, rodeado de sus infernales archivos, estaba sentado Jack Crawford, escribiendo sobre la mesa.

Oyó un golpe de nudillos en la puerta y, al levantar los ojos, se encontró con una vista que siempre le resultaba agradable; Clarice Starling estaba en el umbral.

Crawford sonrió y se puso en pie. Starling y él hablaban de pie a menudo; era una de las formalidades tácitas que habían acabado por imponer a su relación. No necesitaban estrecharse la mano.

– Me han dicho que fue al hospital -dijo Starling-. Me hubiera gustado verlo.

– Me alegro de que te soltaran tan pronto -contestó Crawford-. Y la oreja, ¿cómo va?

– Estupendamente, si le gusta la coliflor. Me han dicho que la mayor parte se me caerá.

El cabello se la cubría y Starling no se ofreció a enseñársela. Se produjo un momento de silencio.

– Querían que cargara con el muerto por lo de la operación, señor. Lo de Evelda Drumgo, para mí solita. Se estaban comportando como un hatajo de hienas y de pronto todo acabó y se fueron con el rabo entre las piernas. Algo o alguien les quitó la idea de la cabeza.

– Puede que tengas un ángel de la guarda, Starling.

– Puede que sí. ¿Qué tuvo que hacer, Jack?

Crawford meneó la cabeza.

– Por favor, Starling, cierra la puerta -encontró un kleenex arrugado en el bolsillo y se limpió las gafas con él-. Habría hecho algo si hubiera podido. Pero no tenía suficiente fuerza por mí mismo. Si el senador Martin siguiera en activo, te habría conseguido apoyo… Se cepillaron a John Brigham en esa operación. Como si lo hubieran tirado a la basura. Hubiera sido una vergüenza que hicieran lo mismo contigo. Me he sentido como si os estuviera cargando en un jeep a John y a ti.

Las mejillas de Crawford enrojecieron y la mujer se acordó de su rostro al viento cortante que soplaba sobre la tumba de John Brigham. Crawford nunca le había hablado de su experiencia de guerra.

– Usted ha hecho algo, Jack.

Él asintió.

– Algo he hecho. Pero no sé si te vas a alegrar. Es un trabajo.

Un trabajo. «Trabajo» era una palabra positiva en sus respectivos diccionarios. Significaba una actividad inmediata y específica, y servía para despejar el aire. Si podían evitarlo, no solían hablar de la turbia burocracia central del FBI. Crawford y Starling eran como los médicos de una misión, con poca paciencia para la teología, concentrados en el niño que tienen delante, sabedores, por más que se lo callen, de que Dios no moverá un puto dedo para ayudarlos. Que no se molestará en hacer que llueva ni para salvar las vidas de cincuenta mil niños nigerianos.

– Aunque de forma indirecta, Starling, tu benefactor ha sido tu reciente corresponsal.

– El doctor Lecter.

Starling se había dado cuenta desde hacía tiempo de la repugnancia de su superior a pronunciar aquel nombre.

– Sí, el mismo. Nos ha eludido durante todos estos años, parecía que se lo hubiera tragado la tierra y ahora te escribe una carta. ¿Por qué?

Habían pasado siete años desde que el doctor Hannibal Lecter, verdugo de al menos diez seres humanos, había burlado las medidas de seguridad en Memphis y acabado con otras cinco vidas durante su huida.

Era como si se hubiera volatilizado. El FBI mantenía abierto el caso, y lo mantendría abierto por los siglos de los siglos, o hasta que lograran capturarlo. Lo mismo ocurría en Tennessee y otras jurisdicciones; pero ya no había ningún efectivo asignado a su búsqueda, aunque los familiares de las víctimas habían llorado lágrimas de rabia ante las autoridades del estado de Tennessee pidiendo que se emprendieran acciones.

Al cabo de los años, se disponía de toda una biblioteca de monografías académicas que intentaban desentrañar los entresijos de la mente del doctor, la mayor parte escritas por psicólogos que nunca se habían visto las caras con el hombre de carne y hueso. Unas cuantas se debían a psiquiatras que Lecter había ridiculizado en las publicaciones profesionales, al parecer convencidos de que ahora podían alzar la voz sin peligro. Algunos de ellos afirmaban que sus aberraciones lo conducirían ineluctablemente al suicidio y que era posible que ya estuviera muerto.

El interés por el doctor no había decaído, al menos en el ciberespacio. Las teorías sobre Lecter brotaban en el terreno abonado de Internet como champiñones, y los que afirmaban haberlo visto en los sitios más peregrinos rivalizaban en número con los que decían otro tanto de Elvis. Los impostores plagaban los chats, y en la ciénaga fosforescente que constituía el lado oscuro de la Red los coleccionistas de rarezas siniestras podían adquirir ilegalmente las fotografías policiales de sus aberraciones. Sólo las superaba en popularidad la ejecución de Fou-Tchou-Li.

El único rastro del doctor en siete años había sido la carta recibida por Starling en plena crucifixión mediática.

A pesar de no haber encontrado huellas digitales en la misiva, el FBI se sentía razonablemente seguro de que era auténtica. Clarice Starling no tenía la menor duda.

– ¿Por qué lo ha hecho, Starling? -Crawford parecía casi enfadado con ella-. Nunca he pretendido comprenderlo más de lo que lo comprenden esos psiquiatras burriciegos. Pero tú puedes explicármelo.

– Lecter pensaba que lo ocurrido podía desengañarme… desilusionarme respecto al Bureau, y él disfruta contemplando la destrucción de la fe, es su pasatiempo favorito. Es como las fotos de iglesias desplomadas que coleccionaba. La montaña de escombros de aquella iglesia de Italia que se vino abajo sobre las abuelas que asistían a una misa especial, y el árbol de Navidad que después colocó alguien encima de ellos… Aquello lo entusiasmó. Le divierte mi situación, juega conmigo. Cuando lo entrevistaba, le gustaba señalar las lagunas de mi educación; está convencido de que soy una ingenua.

Crawford habló desde la experiencia que le proporcionaban sus años y su soledad:

– ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que quizá le gustes, Starling?

– Simplemente le divierto. Las cosas lo divierten o no. Y si no…

– ¿Has sentido alguna vez que le gustabas? -Crawford insistía en la diferencia entre pensar y sentir como un baptista hubiera insistido en la inmersión integral.

– Basándose en unos pocos encuentros, fue capaz de descubrirme un puñado de verdades sobre mí misma. En mi opinión es muy fácil confundir la perspicacia con la simpatía, por la desesperada necesidad de simpatía que todos sentimos. Puede que aprender a distinguirlas forme parte del proceso de hacerse adulto. Es duro y desagradable darse cuenta de que alguien puede comprenderte sin que ni siquiera le gustes. Y cuando ves la comprensión usada como arma por un depredador, no te queda por ver nada peor. Yo… yo no tengo la menor idea de qué sentimientos le inspiro al doctor Lecter.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Hannibal»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Hannibal» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Robert Silverberg - Hannibal’s Elephants
Robert Silverberg
Thomas Harris - Black Sunday
Thomas Harris
Thomas Harris - Domingo Negro
Thomas Harris
Thomas Harris - Czerwony Smok
Thomas Harris
Thomas Harris - Red Dragon
Thomas Harris
Thomas Harris - Hannibal Rising
Thomas Harris
Thomas Harry - Echt und stark
Thomas Harry
Thomas Harris - Gesta de lobos
Thomas Harris
Отзывы о книге «Hannibal»

Обсуждение, отзывы о книге «Hannibal» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x