Thomas Harris - Hannibal
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El rostro de Starling permaneció impasible. La mano que sostenía el micrófono hizo un amago de retroceder, apenas un par de centímetros.
Lo primero que pensó no tenía relación con lo que sentía en pecho y estómago; se dio cuenta de que las anomalías de su forma de hablar se debían a que no tenía labios. Después, comprendió que no estaba ciego. Su único ojo azul la miraba a través de una especie de monóculo al que estaba conectado un tubo que mantenía húmedo el globo sin párpado. En cuanto al resto, años atrás los cirujanos habían hecho todo lo humanamente posible aplicando amplios injertos de piel sobre los huesos.
Mason Verger, sin labios ni nariz, sin tejido blando en el rostro, era todo dientes, como una criatura de las profundidades marinas. Acostumbrados como estamos a las máscaras, la conmoción ante semejante vista no es inmediata. La sacudida sólo llega cuando comprendemos que aquél es un rostro humano tras el cual hay un ser pensante. Nos produce escalofríos con sus movimientos, con la articulación de la mandíbula, con el girar del ojo para mirarnos. Para mirar una cara normal.
El cabello de Mason Verger era hermoso y, sin embargo, era lo que más difícil resultaba mirar. Moreno con mechones grises, estaba trenzado formando una cola de caballo lo bastante larga como para alcanzar el suelo si se la pasaran por detrás del almohadón. En ese momento estaba enroscada sobre su pecho encima del respirador en forma de caparazón de tortuga. Cabello humano creciendo de un cráneo arruinado, con las vueltas brillando como escamas superpuestas.
Bajo la sábana, el cuerpo completamente paralizado de Mason Verger se consumía como una vela en la cama elevada de hospital.
Ante el rostro tenía los controles, que parecían una zampona o una armónica de plástico blanco. Enroscó la lengua alrededor del extremo de uno de los tubos y sopló aprovechando el siguiente golpe de aire del respirador. La cama respondió con un zumbido, giró ligeramente dejándolo frente a Starling y aumentó la elevación de su cabeza.
– Agradezco a Dios lo que pasó -dijo Verger-. Fue mi salvación. ¿Ha aceptado usted a Jesús? ¿Tiene usted fe?
– Me eduqué en un ambiente de estricta religiosidad, señor Verger. Supongo que algo me habrá quedado -le contestó Starling-. Ahora, si no tiene inconveniente, voy a fijar esto en la funda del almohadón. Aquí no le molesta, ¿verdad? -la voz sonó demasiado vivaz y maternal para ser la suya.
Tener la mano junto a la cabeza del hombre, ver las dos carnes casi en contacto, no ayudaba a Starling, como tampoco lo hacía el latido de las venas injertadas sobre los huesos de la cara; su rítmica dilatación hacía que parecieran gusanos engullendo.
Aliviada, soltó cable y anduvo de espaldas hacia la mesa, donde tenía la grabadora y otro micrófono independiente.
– Habla la agente especial Clarice M. Starling, número del FBI 5143690, recogiendo la declaración de Mason R. Verger, número de la Seguridad Social 475989823, en su domicilio y en la fecha que figura en la etiqueta, bajo juramento y en forma de atestado. El señor Verger está al tanto de que se le garantiza inmunidad por parte del fiscal del distrito treinta y seis, y por las autoridades locales en un memorando adjunto, bajo juramento y en la forma establecida. Y ahora, señor Verger…
– Quiero hablarle del campamento -la interrumpió aprovechando una exhalación de la máquina-. Fue una maravillosa experiencia de mi infancia, a la que en esencia he vuelto.
– Hablaremos de ello más adelante, señor Verger, primero…
– Vamos a hablar de ello ahora, señorita Starling. ¿Sabe?, en esta vida todo consiste en aguantar. Así fue como encontré a Jesús, y nada que pudiera contarle será más importante que eso -hizo una pausa a la espera de que la máquina le bombeara oxígeno-. Era un campamento cristiano pagado por mi padre. Lo pagaba todo, los gastos de ciento veinticinco campistas a orillas del lago Michigan. Algunos de ellos eran unos muertos de hambre que hubieran hecho cualquier cosa por un pirulí. Tal vez me aproveché de esa circunstancia, quizá fui grosero con ellos cuando no querían aceptar el chocolate y hacer lo que les decía; ya no tengo interés en ocultar nada, ahora todo está en regla.
– Señor Verger, discutamos ciertas cuestiones con la misma…
Pero Verger no la escuchaba; tan sólo esperaba que la máquina volviera a proporcionarle oxígeno.
– Tengo inmunidad, señorita Starling, todo está en regla. Jesús me garantiza inmunidad, el fiscal del distrito me garantiza inmunidad, las autoridades de Owings Mills me garantizan inmunidad, aleluya… Soy libre, señorita Starling, todo está en regla. Estoy en paz con el Señor, todo en regla. Él es Nuestro Redentor, y en el campamento lo llamábamos Red. Nadie puede con Red. Lo convertimos en un contemporáneo, ¿se da cuenta? Lo serví en África, aleluya, lo serví en Chicago, alabado sea, y lo sirvo ahora, y Él me elevará sobre esta cama y vencerá a mis enemigos y los pondrá ante mí, y oiré el llanto de sus mujeres. Y todo estará en regla.
Empezó a tragar saliva y calló, con las venas de la cara oscuras e hinchadas.
Starling se levantó para ir a buscar al enfermero, pero la voz del hombre la detuvo antes de que llegara a la puerta.
– Estoy bien, todo arreglado.
Starling pensó que quizá una pregunta directa surtiera más efecto que intentar dirigir el rumbo de la conversación.
– Señor Verger, ¿había visto usted al doctor Lecter alguna vez, antes de que el tribunal se lo asignara como terapeuta? ¿Tenían trato social?
– No.
– Sin embargo, los dos formaban parte del patronato de la Filarmónica de Boston.
– No. Tenia un asiento en el consejo por la contribución económica de mi familia. Pero cuando había que votar algo, enviaba a mi abogado.
– Usted no declaró en el juicio contra el doctor Lecter. ¿Por qué?
Estaba aprendiendo a espaciar las preguntas para acompasarlas al ritmo del respirador.
– Dijeron que tenían más que suficiente para condenarlo seis veces, nueve veces. Y los engañó recurriendo y declarándose enfermo mental.
– Fue el tribunal el que lo declaró enfermo mental. El doctor Lecter no recurrió.
– ¿Le parece importante la distinción? -le preguntó Mason.
Aquella pregunta permitió a Starling vislumbrar el funcionamiento de su cerebro, prensil y tortuoso, que se compadecía mal con el vocabulario que utilizaba con ella.
Acostumbrada a la luz, una enorme anguila de la especie de las morenas salió de las rocas del acuario e inició su incansable danza circular; parecía una cimbreante cinta marrón con un hermoso diseño de manchas claras distribuidas irregularmente.
Starling era consciente de su presencia en todo momento, pues se movía en la periferia de su campo de visión.
– Es una Muraena kidako -dijo Mason-. Hay una todavía mayor en cautividad, en Tokio. Ésta es la segunda en tamaño. Su nombre vulgar es «murena asesina». ¿Le gustaría ver por qué?
– No -dijo Starling, y pasó la hoja de su libreta-. De forma que, mientras seguía la terapia decretada por el juez, señor Verger, invitó al doctor Lecter a su casa.
– Ya no me avergüenzo de nada. Estoy dispuesto a contárselo todo. Ahora todo está en regla. Me libraría de todos aquellos cargos amañados por abusos si hacía quinientas horas de servicios a la comunidad, trabajaba en la perrera municipal y asistía a las sesiones de terapia del doctor Lecter. Pensé que si conseguía complicar al doctor de alguna manera, él haría la vista gorda con la terapia y no me delataría si faltaba de vez en cuando o si cuando iba estaba un poco distraído.
– Fue entonces cuando compró la casa en Owings Mills.
– Sí. Le había contado al doctor Lecter todo lo refeíente a Africa, Idi y lo demás, y le había prometido enseñarle algunas cosas.
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