Nicholas llegó treinta minutos más tarde.
– El gran bum -dijo, mientras subía a bordo-. Tenía muchísimo armamento pesado. -Se volvió hacia Melis-. No hubo rescate de último momento. El hijo de puta ha muerto, Melis. Voló hecho pedacitos.
Ella echó otra mirada al este.
Está muerto, Carolyn. No volverá a hacer daño a nadie.
– Melis -la mano de Kelby se posó con gentileza sobre su brazo-. Es hora de olvidarse de todo.
Ella asintió y se volvió. Había terminado. Punto final.
Tiempo de olvidar.
Cuando ella subió a cubierta la mañana siguiente, Pete y Susie se habían marchado.
– ¿Está bien eso? -Kelby se detuvo a su lado -. Dijiste que Pete sabría cuándo estaría bien.
– Creo que ya lo está -Melis se encogió de hombros -. Los delfines, en muchos sentidos, son un misterio para mí. A veces siento que no sé nada sobre Pete y Susie.
– Y otras veces sabes que todos los días estás aprendiendo. Volverán, Melis.
Ella asintió con la cabeza mientras se sentaba sobre cubierta.
– Y yo estaré aquí. ¿Vas a bajar hoy?
Él negó con la cabeza.
– Voy a hacerles una visita a los guardacostas. No se puede hundir un barco sin que haya repercusiones, aunque se trate de uno que se ha utilizado para actividades delictivas. Pero si estaban dispuestos a recibir un soborno de Archer, lo estarán para recibir el mío.
– El dinero no es la respuesta para todo.
– No, pero es muy útil. Llámame si hay problemas con Pete.
– Podré arreglármelas.
Kelby titubeó mientras la miraba.
– Hoy estás a un millón de kilómetros de aquí.
– Me siento… aplastada. Algo vacía quizá. -Sonrió débilmente-. Durante semanas he tenido un único objetivo y ya no existe. Estaré bien tan pronto me adapte. ¿Cuándo regresarás?
– Depende de cuánto dinero y tiempo necesite para convencerlos de que el barco de Archer estalló accidentalmente a causa de las armas que transportaba. Los réditos del pecado. -Caminó hacia la gabarra -. Si tropiezo con algún obstáculo, te avisaré.
– No tienes que rendirme cuentas. -Miró al agua-. Prometí que no sería una carga para ti.
– Es cortesía, maldita sea. -Frunció el ceño -. Quiero llamarte.
– Entonces, hazlo.
– Melis, yo no puedo… -Negó con la cabeza-. A la mierda. No creo que ahora pueda hacer que me entiendas. -Saltó a la gabarra-. Te veré más tarde.
Ella lo miró mientras él aceleraba, alejándose del Trina. A continuación su mirada regresó al océano mientras esperaba el regreso de Pete y Susie.
Salieron a la superficie dos horas después, muy cerca del barco.
Pete tenía un buen aspecto, pensó Melis aliviada. Más que bueno. El y Susie jugueteaban y emitían sonidos como siempre.
– Hola, chicos -les dijo con suavidad-. Podrían haber esperado a que estuviera aquí antes de emprender vuestro viajecito. -Se quitó la camiseta-.Voy con vosotros. Será como en los viejos tiempos. Hoy necesito ser buena.
Se zambulló en el agua. Estaba fría, limpia y era como siempre. Cuando salió a la superficie vio a Nicholas junto al pasamanos. Le hizo un gesto.
– No llevas el tanque de aire -le dijo Lyons -. Y no deberías estar sola en el agua.
– No voy a zambullirme. Solo voy a nadar un poco con los delfines. Eso siempre me aclara la mente.
– A Jed no le va a gustar. Estuvo a punto de volverse loco cuando vio que te subían a bordo del barco de Archer. Todavía está cabreadísimo conmigo.
– Lo siento, Nicholas. -Pero echó a nadar con Pete y Susie haciéndole de escolta. La formación duró un instante hasta que los delfines se impacientaron y, como hacían siempre, se adelantaron nadando para volver periódicamente junto a ella.
Nadar con ellos ese día era diferente. Desde que habían llegado a las Canarias siempre habían estado juntos en el agua con algún propósito. Ahora era casi como cuando nadaban juntos en la isla.
No, eso no era verdad. Ahora tenían otra vida. Antes, ellos le pertenecían. Ahora le daban su tiempo y su afecto pero se habían reunido con los suyos. Habían podido optar. Ella no debía lamentarlo. Era lo correcto y lo natural.
Y así era la vida en ese momento. Correcta, natural y todo en su sito.
Y volviéndose más cristalina a cada minuto que pasaba.
Kelby apagó el motor al aproximarse al Trina.
La otra gabarra no estaba.
No tengas miedo. Nicholas pudo haber ido a Lanzarote a comprar suministros… ¿O qué, maldita sea?
Nicholas no se había llevado la gabarra. Caminaba por la cubierta hacia Kelby.
– ¿Dónde está la otra gabarra? -preguntó Kelby cuando subió a bordo-. ¿Y dónde está Melis?
– La gabarra está en un embarcadero de Lanzarote. Y lo más probable es que Melis esté tomando un avión en Las Palmas.
– ¿Qué?
– Pete ha vuelto. Ella ha ido a nadar con los delfines y cuando ha regresado a bordo ha hecho las maletas y se ha marchado. -No me ha llamado. Y tú tampoco.
– Me ha pedido que no lo hiciera.
– ¿Qué demonios es esto? ¿Una conspiración entre vosotros dos?
– Bueno, creí que no podía estar en peor lugar en tu lista.
– Te equivocaste.
Nicholas se encogió de hombros.
– Ha dicho que necesitaba regresar a la isla. Ha pasado por un infierno. Me doy cuenta de que necesita un tiempo de reposo.
– Entonces, ¿por qué no ha querido hablar conmigo de eso?
– Tendrás que preguntárselo. -Buscó en su bolsillo -. Te ha dejado una nota.
La nota tenía sólo dos líneas.
Regreso a la isla. Por favor, cuida a Pete y Susie.
Melis.
– ¡Cabrona!
Isla Lontana
La puesta de sol era hermosa, pero ella añoraba a Pete y Susie cuando iban a darle las buenas noches.
Pero no solo añoraba aquello.
Melis enderezó los hombros, se dio la vuelta y abandonó la galería. Tenía trabajo que hacer y no había por qué aplazarlo. Había hecho lo que tenía que hacer. Que ocurriera lo que tuviera que ocurrir.
Fue al dormitorio y abrió su maleta. Allí debían estar unas cajas. Seguramente olerían a…
– ¿Qué demonios estás haciendo?
Se quedó inmóvil. Tenía miedo de volverse.
– ¿Kelby?
– ¿Qué otra persona podría atravesar las barreras que eriges en torno a ti? -dijo él con brusquedad-. Me sorprende que no hayas conectado la alta tensión para mantenerme alejado.
– Yo no haría eso. -Le temblaba la voz-. Nunca te haría daño.
– Pues bien que lo has intentado. Vuélvete, maldita sea.
Ella respiró profundamente y se volvió para mirarlo de frente.
– ¿Qué tipo de nota es ésta? -Le tiró una pelota de papel a los pies -. Sin una despedida. Sin una razón. Ni siquiera «me alegro de conocerte». Sólo «cuida a los delfines».
– ¿Ésa es la razón por la que has cruzado medio mundo? ¿Porque estás enfadado?
– Es una razón suficiente. -Dio cuatro pasos y la tomó por los hombros -. ¿Por qué te fuiste?
– Tenía que regresar a la isla y empacar. No puedo seguir viviendo aquí.
– ¿Y adonde pensabas irte?
– Encontraré trabajo en alguna parte. Estoy cualificada. -Pero no regresabas conmigo.
– Eso depende.
– ¿De qué?
– De si me querías lo suficiente. De que me siguieras.
– ¿Es algo así como una prueba? -Las manos de él se tensaron sobre los hombros de ella-. Sí, te quiero lo suficiente. Te seguiría hasta el infierno, ida y vuelta. ¿Eso es lo que querías oír?
La alegría la inundó.
– Sí.
– Entonces, ¿por qué demonios te largaste? Te hubiera dicho eso mismo cuando regresé al barco. Lo único que tenías que hacer era hablar conmigo.
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