En las paredes del camarote había paneles dorados, calados, semejantes a encaje.
La cama estaba cubierta con un tapiz de terciopelo.
Melis, mareada, se recostó a la pared después de que el tripulante la empujara dentro del camarote de Archer. Era su pesadilla materializada. Había hasta lámparas marroquíes colocadas en el suelo a ambos lados de la cama.
¿Había oído el sonido de tambores? No, se trataba de su imaginación. Cerró los ojos para liberarse de la visión. Pero eso no eliminaba los recuerdos.
Entonces, apela a toda tu voluntad y bórralos. Ésa era la respuesta que Archer esperaba de ella. No permitas que se cumpla nada de lo que él quiera.
¿Qué hora era? Se obligó a abrir los ojos y miró el reloj de pared, en un marco dorado. Faltaban cincuenta minutos. Cincuenta minutos que tenía que pasar en aquel agujero infernal. Si se quedaba muy quieta y sólo miraba al techo podría soportarlo.
La puerta se abrió y allí estaba Archer, sonriéndole.
– Pareces un ratón encogido. ¿Dónde está tu dignidad, Melis?
Ella se enderezó trabajosamente.
– Te ha costado mucho trabajo. ¿Cuándo lo hiciste?
– Cuando llegué aquí desde Miami. No tenía la menor duda de que al final vendrías a este camarote. Era sólo cuestión de tiempo. Me divertí mucho seleccionando, combinando. Oía las cintas y después buscaba la mercancía. Eso hacía que no me aburriera. -Sacudió la cabeza-. Es una lástima que no haya podido contemplar tu cara cuando viste esto por primera vez. Estaba algo enfadado o no lo habría olvidado. Tenía la intención de hacerlo. -Se desplazó hasta quedar frente a ella y le tocó el moretón en la quijada-. Kelby no fue tan suave contigo como habías esperado, ¿no es verdad?
– Es un hijo de puta. -Miró a Archer a los ojos-. Como tú.
– Tal para cual, ¿no? -Acarició con un dedo la cinta de satén rosado que tenía en el cabello -. Pero no debes echarle la culpa. Tú misma me dijiste que estaba enamorado de ese barco.
– No creí que me vendería de esta manera.
– ¿Aún no has aprendido que las putas son material gastable? Siempre hay otra. Pero tú eres muy especial. Noto que tengo un vínculo contigo. -Retrocedió un paso -. Y luces tan bien. Date la vuelta para que te vea.
– Vete al diablo. Archer la abofeteó.
– ¿Lo has olvidado? La desobediencia siempre se castiga. -Inclinó la cabeza a un lado -. Pero también te drogaban, ¿no es verdad? Para comenzar no quiero que estés llena de moretones. Quizá siga ese camino.
– ¡No! -Si la drogaban no podría actuar. Cuarenta y cinco minutos.
Ella giró en redondo.
– De nuevo. Más despacio.
Melis se mordió el labio inferior y obedeció.
– Niñita buena. -Miró hacia abajo, a los zapatos náuticos-. ¿Dónde están los zapatitos de charol que te mandé?
Melis logró que su expresión no mostrara el pánico que la había invadido.
– Para ponerme este vestido tuvieron que sujetarme. Cuando le di una patada en las pelotas, Kelby decidió que no me cambiaría los zapatos.
Archer rió entre dientes.
– Es obvio que no sabe cómo manejar a las niñas traviesas. Eso requiere cierta experiencia. -La sonrisa desapareció -. Pero no me mandó el cofre contigo.
– Él no lo tiene. ¿Crees que lo iba a compartir con él? Es mío. Archer la miró con atención.
– Claro, veo que necesitabas contar con un seguro. Y, después de todo, él tiene Marinth.
– Y ese maldito barco.
– Qué amargura. Discutiremos después lo del cofre. Ahora ve a la cama y tiéndete.
Ella negó con la cabeza.
– Vaya, te has puesto pálida. Es una cama blanda, encantadora. ¿Y sabes qué vamos a hacer ahí? Vamos a tendernos juntos y a oír las cintas. Y yo voy a contemplar tu cara. Me resulta difícil decirte cómo añoraba eso cuando te telefoneaba. Quería ver todas tus expresiones.
– Yo… yo no puedo hacerlo.
– No me obligues a utilizar las drogas. Eso podría debilitar tus emociones. Mira la cama.
Terciopelo rojo y cojines.
– Ahora, ve hacia allí y siéntate. Iremos lentamente, me gusta la lentitud.
Pero cada momento sería un siglo. Melis atravesó el camarote y se sentó a un lado de la cama.
– Odias que ese terciopelo entre en contacto con tu piel, ¿no es verdad?
– Sí. -Habían transcurrido solo dos minutos -. No puedo soportarlo.
– Te sorprenderá lo que puedes soportar. Exploraremos eso tras oír las cintas. -Archer se acostó y dio unas palmadas sobre la cama-. Acuéstate junto a papaíto, querida. ¿Eso era lo que te decían muchos de ellos?
Ella asintió, con movimientos espasmódicos.
– Te… te daré los papeles si me dejas salir de aquí.
– A su tiempo. Acuéstate, Melis.
Habían transcurrido otros dos minutos.
– Desátame.
– Pero te prefiero así. Di por favor.
– Por favor.
Archer sacó una navaja de bolsillo y cortó las cuerdas.
– Acuéstate o volveré a atarte.
Ella se reclinó lentamente sobre las almohadas.
Oh, dios, iba a ocurrir de nuevo.
Iba a gritar.
No, ella podía controlarse. No iba a ocurrir. Sólo tenía que resistir.
Que afrontarlo.
¿Aquella era la voz de Carolyn?
– Tu expresión no tiene precio -dijo Archer con voz ronca, su mirada hambrienta clavada en el rostro de ella-. Me encantaría tener a mano una cámara. Tendré que acordarme de eso la próxima vez. -Estiró el brazo y encendió la grabadora sobre la mesa de noche-. Pero ahora estoy demasiado impaciente. Tengo que contemplarte…
Entonces ella oyó su propia voz en la cinta.
Faltaban cinco minutos.
– Dos hombres en el puente -murmuró Nicholas -. Probablemente uno permanezca al timón aunque el otro corra hacia la explosión. ¿Tú o yo?
– Hazlo tú. Yo iré a los camarotes.
– Eso fue lo que pensé.
Los ojos de Kelby se tensaron mientras examinaba la cubierta. Dios, quería avanzar en ese mismo momento.
Cuatro minutos.
Melis se sentó muy rígida en la cama y se tapó la boca.
– Por Dios, voy a vomitar.
– Qué molestia. -Archer se sentó en la cama-. Cuando estábamos llegando a la parte mejor.
Ella se inclinó a un lado de la cama, con arcadas.
– No, no vas a vomitar. En esta cama, no. Tengo muchos planes para ella. -Se levantó de un salto y la hizo salir de la cama de un tirón-. Al baño, zorra. -La arrastró hacia el cuarto de baño -. De prisa. Y no manches ese vestido.
La metió de un empujón en el baño y cerró la puerta de golpe. Sola.
Ella había temido que él entrara también. Pero la mayor parte de la gente no quiere ver cómo vomitan otras personas. A pesar de eso, era seguro que estaría esperando al otro lado de la puerta.
Mientras se agachaba para arrancar la tira trasera de su zapato derecho hizo los sonidos de quien está devolviendo. Retiró con cuidado el fino dispositivo explosivo y lo dejó encima de la cómoda. A continuación retiró el estilete de su zapato izquierdo.
– ¿Ya terminaste? -preguntó Archer. Ella volvió a carraspear.
– Creo que sí.
– Entonces, lávate la cara y enjuágate la boca como una niña buena. Me has hecho enfadar. Quizá tenga que darte unos azotes.
Ella contempló cómo el agua corría en el lavabo. Respiró profundo varias veces para calmarse. Su mano se cerró sobre la empuñadura del estilete. Tenía que ponerse en marcha. No cierres el grifo. Eso le daría unos segundos de ventaja para sorprenderlo cuando saliera por la puerta.
– Melis.
Abrió la puerta de golpe y salió de un salto. Tuvo una visión momentánea del estupor que apareció en el rostro de Archer mientras el estilete se le clavaba en la parte superior del pecho. El hombre comenzó a caer.
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