Fred Vargas - La tercera virgen

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La tercera virgen es sin duda alguna una de las mejores novelas de Fred Vargas, no tanto por la trama, que como en todas las novelas de esta autora de género negro resulta envolvente y convincente en su desarrollo, sino por los personajes, trazados de una manera tal que, aunque extravagantes, incomprensibles a veces y llenos de secretos, resultan más cercanos que el vecino de la puerta de al lado con el que nos cruzamos todas las mañana a la misma hora.
El comisario Adamsberg sigue siendo un hombre extraño, no sólo para nosotros los lectores, sino también para su propio equipo, con el que mantiene una relación de amor-odio, reflejo muy conseguido de micro-sociedad fruto del ambiente opresor del lugar de trabajo. La extravagancia no es propiedad exclusiva del comisario, casi todos sus subordinados tienen una característica especial, un defecto, una marca que les hace especiales y diferentes al resto de los humanos, un deje que les infiere una particularidad propia, tan bien creada, que les hace ser universales.
En esta novela Adamsberg se enfrenta, al mismo tiempo que con la resolución de los asesinatos de las jóvenes vírgenes, con su pasado. Un pasado que se presenta en forma de subordinado, el teniente Veyrenc, que con su presencia en el equipo pretende saldar una cuenta pendiente de su infancia. Así Fred Vargas nos hace dudar de la bondad del comisario, creando una incertidumbre que lastra la confianza ciega que el lector siempre otorga al bueno, al policía, al salvador, y creando un juego fascinante del que queremos saber la resolución lo antes posible, para poder restablecer nuestra confianza ciega en la justicia y la bondad de quienes la manejan.
La trama y los personajes implicados nos atrapan sin remedio, llegando tal vez a una resolución final un poco decepcionante, tal vez demasiado increíble, que no consigue aun así, desmerecer en nada el resto de esta magnífica novela.

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Adamsberg dejó el libro y miró a su hijo.

– No sé qué es el opus «spicatum», hijo, y me importa un rábano. A ti también. Por lo tanto, estamos de acuerdo. Pero voy a enseñarte cómo resolver un problema de este tipo en la existencia. Cómo arreglártelas cuando no entiendes nada. Observa.

Adamsberg sacó el móvil y marcó lentamente un número bajo la mirada vaga del niño.

– Llamas a Danglard -explicó-. Sencillamente. Recuerda bien esto, lleva siempre su número encima. Él te arregla cualquier cosa de este tipo. Vas a ver, presta mucha atención. ¿Danglard? Adamsberg. Siento molestar, pero hay una palabra que el niño no entiende, y me pide explicaciones.

– ¿Diga? -contestó Danglard con voz cansina, curado de espanto respecto a las salidas por peteneras del comisario, que él tenía la responsabilidad implícita de contener.

– Opus spicatum. Quiere saber qué demonios significa eso.

– No. Tiene nueve meses, maldita sea.

– No es broma, capitán. Quiere saberlo.

– Comandante -rectificó Danglard.

– Oiga, Danglard, ¿piensa seguir dándome la tabarra con su grado? Comandante o capitán, ¿qué más da? Además, la cuestión no es ésa. La cuestión es el opus spicatum.

– Piscatum -corrigió Danglard.

– Eso es. Opus introducido en los muretes de los pueblos a título compensatorio generado. A Tom y a mí se nos ha metido en la cabeza y no nos deja pensar en nada más. Salvo que en Brétilly, hace un mes, un tipo se cargó un ciervo sin quitarle siquiera las cuernas y le arrancó el corazón. ¿Qué le parece?

– Un loco peligroso, un obseso -dijo Danglard en tono monocorde.

– Exactamente. Es lo que dice Robert.

– ¿Quién es Robert?

Por mucho que Danglard renegara cada vez que Adamsberg le llamaba por nimiedades inconsecuentes, nunca había sabido abandonar la conversación, hacer valer sus derechos o su cólera y cortar sin más. La voz del comisario, que pasaba como un viento, lenta, tibia y fluida, arrastraba su adhesión involuntaria, como si fuera una hoja rodando por el suelo, o una de esas malditas piedras por el fondo del maldito río, dejándose llevar. Danglard se lo reprochaba mucho a sí mismo, pero cedía. Al final, gana el agua.

– Robert es un amigo que me he hecho en Haroncourt.

Era inútil indicar al comandante Danglard dónde se encontraba el pueblo de Haroncourt. Al disponer de una masa de memoria potentemente organizada, el comandante conocía a fondo todos los cantones y comunas del país y era capaz de dar al instante el nombre del policía encargado del territorio.

– Entonces ¿lo ha pasado bien?

– Muy bien.

– ¿Sigue siendo colega? -aventuró Danglard.

– Desesperantemente. El opus spicatum , Danglard, estábamos con eso.

– Piscatum. Si quiere educarlo, trate de hacerlo correctamente.

– Por eso le llamo. Robert opina que lo hizo un joven, un joven obseso. Pero el ancestro, Angelbert, afirma que eso es discutible y que, con los años, un joven obseso se convierte en un viejo obseso.

– ¿Dónde se ha celebrado ese coloquio?

– En el café, a la hora del aperitivo.

– ¿Cuántos vinos?

– Tres. ¿Y usted?

Danglard se tensó. El comisario vigilaba su deriva alcohólica y eso le molestaba.

– Yo a usted no le pregunto nada, comisario.

– Sí. Me pregunta si Camille sigue en plan colega.

– De acuerdo -dijo Danglard retrocediendo-. Opus piscatum es una manera de montar piedras planas, tejas o cantos oblongos en oblicua alterna, formando en la obra un dibujo en forma de raspa de pescado, de ahí el nombre. Los romanos ya lo usaban.

– Ah, bien. ¿Y?

– Nada. Usted me pregunta, yo le respondo.

– ¿Para qué sirve, Danglard?

– ¿Y nosotros, comisario? El hombre en la Tierra, ¿para qué sirve?

Cuando Danglard estaba mal, la Pregunta sin Respuesta del cosmos infinito volvía a atormentarlo, junto con la de la explosión del sol dentro de cuatro mil años y la del miserable y terrorífico azar que constituía la humanidad colocada sobre una bola de tierra extraviada.

– ¿Tiene problemas concretos? -preguntó Adamsberg súbitamente preocupado.

– Simplemente aburrimiento.

– ¿Están durmiendo los niños?

– Sí.

– Salga, Danglard, vaya a escuchar a Oswald o a Angelbert. Están en París como aquí.

– Con esos nombres, seguro que no. ¿Y qué me enseñarían?

– Que las cuernas de desmogue valen menos que las de caza.

– Eso ya lo sé.

– Que la frente de los cérvidos crece hacia fuera.

– Eso ya lo sé.

– Que seguramente la teniente Retancourt no está durmiendo y que resultaría benéfico ir a charlar una horita con ella.

– Sí, sin duda -dijo Danglard después de un silencio.

Adamsberg oyó cierta ligereza recobrada en la voz de su comandante, y colgó.

– ¿Lo ves, Tom? -dijo envolviendo con la mano la cabeza de su hijo-. Ponen una raspa de pescado en el murete, y no me preguntes por qué. No necesitamos saberlo, puesto que lo sabe Danglard. Vamos a tirar este libro, nos pone nerviosos.

En cuanto Adamsberg ponía la mano sobre la cabeza del pequeño, éste se quedaba dormido. Él o cualquier otro niño. O adulto. Thomas cerró los ojos tras unos instantes, y Adamsberg quitó la mano, examinó su palma, apenas perplejo. Algún día comprendería quizá por qué poros de su piel le salía el sueño de los dedos. Tampoco le interesaba tanto.

Sonó su móvil. La forense, muy despierta, le llamaba desde la morgue.

– Un segundo, Ariane, voy a dejar al niño.

Fuera cual fuera el objeto de su llamada, y lúdico seguro que no era, el hecho de que Ariane pensara en él lo distraía en su despoblamiento femenino.

– El tajo de la garganta, hablo de Diala, está en eje horizontal. Por lo tanto, la mano que sujetaba el cuchillo no estaba ni muy por encima del punto de impacto, ni muy por debajo, porque entonces la herida habría sido sesgada. Como en Le Havre. ¿Me sigues?

– Claro -dijo Adamsberg jugando al mismo tiempo con los dedos del pie del bebé, redondos como guisantes alineados en su vaina. Se estiró en la cama para escuchar las inflexiones de voz de Ariane. A decir verdad, le importaban un rábano las etapas técnicas que había tenido que seguir la médica, sólo quería saber por qué identificaba a una mujer.

– Diala mide un metro ochenta y seis. La base de su carótida está a un metro cincuenta y cuatro del suelo.

– Se puede plantear así.

– El golpe será horizontal si el puño del agresor se sitúa por debajo de la altura de sus ojos. Eso nos da un asesino de un metro sesenta y seis. Llevando a cabo la misma estimación con La Paille, en quien se observa un ligero sesgo en angulación inferior, se obtiene un asesino de entre metro sesenta y cuatro y metro sesenta y siete, un metro sesenta y cinco de media. Sin duda un metro sesenta y dos deduciendo la altura de los tacones.

– Ciento sesenta y dos centímetros -dijo inútilmente Adamsberg.

– Muy por debajo, en consecuencia, de la media general de los hombres. Es una mujer, Jean-Baptiste. En cuanto a los pinchazos en el brazo, dieron en la vena con precisión, en ambos casos.

– ¿Crees que se trata de una profesional?

– Sí, y con jeringuilla. Por la finura del orificio y la trayectoria del pinchazo, no es una aguja o un alfiler cualquiera.

– Alguien pudo inyectarles algo antes de que murieran.

– Ningún tipo de sustancia. Lo que les inyectaron no deja lugar a dudas: nada.

– ¿Nada? ¿Quieres decir aire?

– El aire es todo menos nada. No les inyectó nada en absoluto. Sólo los pinchó.

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