Elizabeth George - Al borde del Acantilado

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Al borde del Acantilado: краткое содержание, описание и аннотация

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Thomas Lynley ya no es comisario de la policía de Londres. Tras el brutal asesinato de su mujer embarazada, no había ninguna razón para permanecer en la ciudad y en su puesto. Es por eso que decide volver a los parajes de su infancia e intentar recuperarse allí del golpe que acaba de recibir. Sin embargo, parece que no va a resultar nada fácil alejarse del crimen. Mientras se encuentra haciendo trekking por los campos de Cornualles, se tropieza con el cadáver del joven Santo Kerne, quien aparentemente se despeñó de un acantilado. Aunque en seguida se hace obvio que alguien manipuló el equipo de alpinismo del chico, Lynley decide investigar por su cuenta y no comparte toda la información que cae en sus manos con la verdadera encargada del caso: la subinspectora Bea Hannaford, una policía capaz y resolutiva, pero algo malcarada. Lo que sí hace es llamar a su antigua compañera Barbara Havers para pedirle ayuda. Havers que tiene órdenes de asistir a la subinspectora y de conseguir que Lynley reanude su actividad como detective en Londres, se dirigirá a Cornualles donde parece que hay una inacabable retahíla de sospechosos de haber podido matar a Kerne: amantes despechadas, padres decepcionados, surfistas expertos, antiguos compañeros de colegio y una madre demente. Cada uno de ellos tiene un secreto que guardar y por el que merece la pena mentir en incluso matar.

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– ¿Qué clase de eslinga?

– De nailon. Parece una red de pescar si no sabes lo que es. Se supone que es un lazo largo; la enrollas alrededor de un objeto fijo y cada extremo se ata a un mosquetón, y el lazo se convierte en un círculo. Atas la cuerda al mosquetón y te lanzas.

– Parece sencillo.

– Debería de haberlo sido. Pero la eslinga está pegada con cinta adhesiva, seguramente para reforzar un punto débil, y ahí es donde ha fallado el tema. -McNulty miró en dirección a donde había venido-. Maldito idiota. No entiendo por qué no se compraría otra eslinga.

– ¿Qué clase de cinta adhesiva utilizó para repararla?

McNulty la miró como sorprendido por la pregunta.

– Cinta aislante.

– ¿No la ha tocado?

– Claro que no.

– ¿Y la mochila?

– De lona.

– Me lo imaginaba -dijo Bea con paciencia-. ¿Dónde estaba? ¿Por qué supone que era de él? ¿Ha mirado dentro?

– Estaba junto a los peldaños, por eso he imaginado que era de él. Seguramente llevaba el equipo dentro. Ahora sólo contiene unas llaves.

– ¿De coche?

– Imagino.

– ¿Lo ha buscado?

– He pensado que era mejor bajar a informarle.

– Pues otra vez no piense, agente. Suba y encuéntreme ese coche.

Miró hacia el acantilado. Su expresión revelaba lo poco que quería subir por segunda vez bajo la lluvia. Bueno, no había otra.

– Arriba -le dijo en tono agradable-. Le vendrá súper bien el ejercicio.

– Pensaba que quizá podría subir por la carretera. Está a unos kilómetros, pero…

– Arriba -le repitió-. Y abra bien los ojos por el sendero. Puede que haya huellas y la lluvia no las haya borrado todavía. -«O tú», pensó.

McNulty no parecía contento pero dijo:

– De acuerdo, jefa. -Y se marchó por donde había venido con Pete.

* * *

Kerra Kerne estaba exhausta y calada hasta los huesos porque había roto su norma principal: tener el viento en contra durante la primera parte del paseo y regresar a casa con el viento a favor. Pero tenía prisa por marcharse de Casvelyn, así que por primera vez en más tiempo del que recordaba, no había consultado Internet antes de enfundarse la ropa de ciclista y salir del pueblo. Sólo se había puesto la equipación de licra y el casco. Había colocado los pies en los pedales y avanzado con tanta furia que se encontraba a dieciséis kilómetros de Casvelyn cuando se dio cuenta de dónde estaba. Sólo se había fijado en eso y no en el viento. Cuando comenzó a llover, lo único que habría podido hacer para evitar la tormenta era buscar refugio y no quería. De ahí que, con los músculos cansados y el cuerpo empapado, hubiera puesto todos sus esfuerzos en los últimos sesenta kilómetros que debía recorrer para llegar a casa.

Culpó a Alan, al ciego y tonto de Alan Cheston, que se suponía que era su compañero para toda la vida con todo lo que eso implicaba, pero que había decidido salirse con la suya en la única situación que ella no podía tolerar. Y culpaba a su padre que también estaba ciego y era tonto -además de estúpido-, pero de un modo totalmente distinto y por unos motivos absolutamente diferentes. Hacía al menos diez meses le había dicho a Alan:

– Por favor, no lo hagas. No funcionará. Será…

Y él la había interrumpido, algo que no hacía casi nunca, y aquel gesto tendría que haberle dicho algo sobre él que todavía no conocía, pero no.

– ¿Por qué no funcionará? Ni siquiera nos veremos tanto, si es eso lo que te preocupa.

No era eso lo que la preocupaba. Sabía que lo que decía era cierto. Él haría lo que se hiciera en el departamento de marketing -que no era exactamente un departamento sino una sala de reuniones situada detrás de lo que antes era la recepción del hotel mohoso- y ella se dedicaría a lo suyo con los instructores en prácticas. Él arreglaría el caos que había causado la madre de Kerra como directora nominal de un departamento inexistente de marketing, mientras ella -Kerra- intentaría contratar a los empleados adecuados. Tal vez se vieran por la mañana desayunando o durante el almuerzo, pero tal vez no. Así que tener contacto con él en el trabajo y luego tener otro tipo de contacto más tarde no era lo que la preocupaba.

– ¿No ves, Kerra, que tengo que tener un trabajo fijo en Casvelyn? -le había dicho-. Y éste lo es. Aquí no se encuentran trabajos así como así y tu padre ha sido muy amable al ofrecérmelo. A caballo regalado no le mires el diente.

Su padre no le había regalado ningún caballo, pensó Kerra, y la amabilidad no tenía nada que ver con el porqué le había ofrecido un empleo de marketing a Alan. Le había hecho la oferta porque necesitaban a alguien que promocionara Adventures Unlimited entre el gran público, pero también necesitaban a alguien especial para ese trabajo de marketing y, al parecer, Alan Cheston era el tipo de persona que buscaba el padre de Kerra.

Su padre había tomado la decisión basándose en la apariencia. Para él, Alan daba el tipo. O mejor dicho: Alan no daba el tipo. Su padre pensaba que el tipo de persona que había que evitar para Adventures Unlimited era alguien varonil, con las uñas sucias y capaz de tirar a una mujer en la cama y hacerle ver las estrellas. Lo que no entendía -y no había entendido nunca- era que en realidad no había un tipo concreto. Sólo había masculinidad. Y a pesar de sus hombros redondeados, las gafas, la nuez suave, las manos delicadas con esos dedos largos como espátulas, Alan Cheston era un hombre. Pensaba como un hombre, actuaba como un hombre y, lo más importante de todo, reaccionaba como un hombre. Por eso Kerra se plantó, pero al final no resultó porque lo que quería decir era «No funcionará». Como no sirvió de nada, hizo lo único que podía hacer en aquella situación, que era decirle que probablemente tendrían que poner fin a su relación. Al oír aquello, Alan respondió con calma sin mostrar el más mínimo signo de pánico en sus palabras:

– ¿Así que eso haces cuando no consigues lo que quieres? ¿Cortas con la gente?

– Sí -declaró ella-, es lo que hago. Y no cuando no consigo lo que quiero, sino cuando no escuchan lo que digo por su bien.

– ¿Cómo puede ser bueno para mí no aceptar el trabajo? Es dinero. Es un futuro. ¿No es lo que quieres?

– Al parecer no -le dijo ella.

Aun así, no había sido del todo capaz de cumplir su amenaza, en parte porque no podía imaginar cómo sería tener que trabajar con Alan a diario pero no verle por las noches. En eso fue débil, y despreciaba aquella debilidad, en especial porque le había elegido porque era él quien parecía débil: era considerado y dulce, rasgos que ella había interpretado como sinónimos de maleable e inseguro. Que Alan hubiera demostrado ser exactamente lo contrario desde que trabajaba en Adventures Unlimited le daba muchísimo miedo.

Un modo de acabar con su miedo era enfrentarse a él, lo que significaba enfrentarse a Alan. Pero ¿podía hacerlo de verdad? Al principio se puso hecha una furia, y luego esperó, observó, escuchó. Lo inevitable era simplemente eso, inevitable, y como siempre había sido así, se dedicó a intentar endurecerse, a distanciarse por dentro mientras por fuera se hacía la segura.

Lo había conseguido hasta hoy, cuando el anuncio de Alan, «bajaré un par de horas a la costa», disparó todas las alarmas en su cerebro. Entonces su única opción fue pedalear deprisa y lejos, para agotarse hasta que no pudiera pensar y hasta que tampoco le importara. De modo que, a pesar de las otras responsabilidades que le aguardaban ese día, salió: fue por St. Mevan Crescent hasta Burn View, bajó la pendiente de Lansdown Road y el paseo y desde allí salió del pueblo.

Siguió pedaleando hacia el este, mucho más allá de donde tendría que haber dado la vuelta para regresar a casa, así que la noche la sorprendió cuando se preparaba para la ascensión final por el paseo. Las tiendas estaban cerradas y los restaurantes abiertos, aunque había pocos clientes en esta época del año. Una hilera alicaída de banderitas adornaba la calle, goteando, y el único semáforo en lo alto de la cuesta proyectaba un haz rojo en su dirección. No había nadie en la acera mojada, pero dentro de dos meses todo cambiaría, cuando los turistas llenaran Casvelyn en verano para disfrutar de sus dos playas anchas, de su surfing, de su piscina de agua salada, de su parque de atracciones y -cabía esperar- de las experiencias que ofrecería Adventures Unlimited.

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