Armando Palacio Valdés - La Espuma
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–Muy linda, muy linda, Clementina. Está usted admirablemente vestida…. Pero me parece que la han descotado mucho…. Venga usted conmigo, ya arreglaremos eso.
Y la llevó a su tocador y con maternal solicitud le puso en el pecho unos céfiros que ocultaron lo que en realidad no debía mostrarse. La joven procuró disimular su vergüenza achacando la falta a la modista. No obstante se sintió tan humillada por aquella lección y por la sonrisa compasiva que la acompañó, que nunca más pudo ver desde entonces a la devota marquesa.
Con este soplar incesante y adecuado, la llama de Osorio tomaba cada vez más incremento. Ya no era poderoso por más tiempo a guardarla en el pecho. Al cabo se confió a su hermana, que era amiga bastante íntima de la joven. Rogóla que tantease el terreno a ver si podía avanzar de nuevo el pie sin peligro de precipitarse. Mariana dió el recado. Clementina escuchólo con mal refrenada alegría y le metió los dedos en la boca hasta que la pánfila señora de Calderón desembuchó lo que tenía dentro y pudo convencerse de que Tomás ardía en amores por ella. Cuando se cercioró bien, respondió con palabras ambiguas y riendo: "Lo pensaría, lo pensaría…. Estaba muy agraviada por lo que se había dicho de la ruptura de sus relaciones…. Pero en fin, no le quitaba por completo las esperanzas".
Se puso a meditar con atención sobre el medio de satisfacer las exigencias de su amor propio herido, y al cabo de algunos días formuló a Mariana la siguiente proposición: "Para que consintiese en dar su mano a Tomás, era indispensable que éste la pidiese de rodillas a sus padres delante de los testigos que ella elegiría a su gusto". A ninguna española de pura raza se le hubiera ocurrido semejante extravagancia. Precisa llevar en las venas sangre británica para concebir un refinamiento tan monstruoso de la soberbia. Cuando Osorio tuvo conocimiento de la resolución de su ex novia, se enfureció atrozmente; declaró con arrogancia que antes que pasar por tal humillación le harían cachos. No se volvió, pues, a hablar del asunto. Siguieron las cosas como antes. Mas como a pesar de sus rabiosos esfuerzos el gusano del apetito le roía cada vez con más crueldad las entrañas, el mísero, al cabo de dos meses, cayó en gran abatimiento. Sintióse desfallecer de amor y de deseo. No tuvo fuerzas para alejarse de Madrid. Volvió a rogar a su hermana que otra vez entablase las negociaciones. Clementina, que estaba bien penetrada ya de que le tenía en su poder, se mostró inflexible. O pasar por aquellas singulares horcas caudinas, o nada.
Y Osorio pasó. ¿Qué había de hacer? Efectuóse la extraña ceremonia una tarde en casa de la novia. Al llegar a ella Osorio se encontró con unas veinte personas del sexo femenino, que Clementina había elegido entre las conocidas más envidiosas, las que más habían murmurado con motivo de su ruptura. Adoptó la mejor actitud para semejante caso. Grave, solemne, suelto de lengua y ademanes, dejando traslucir un poco de ironía, como si estuviese representando una comedia por satisfacer la fantasía de una enferma. Dijo algunas palabras previamente acerca de la historia de sus relaciones. Reconocióse culpable. Elogió desmesuradamente a Clementina, con tan poca medida, que en ocasiones parecía estar burlando. Se confesó indigno de aspirar a su mano. Por fin manifestó que siendo ella tan digna de ser adorada y tan grande la ventura de poseer su mano, no creía hacer nada de más pidiéndola de rodillas a sus padres. Al propio tiempo dobló una. D. aCarmen vino a levantarle riendo y le abrazó con efusión. Clementina también le dió un apretón de manos, más alegre al ver lo bien y dignamente que salía del paso, que satisfecha en su orgullo. La verdad es que en aquella ocasión sintió hacia él lo que nunca más volvió a sentir, una migaja de amor. Si hubo humillación en semejante escena resultó para ella, por la frescura y el aplomo desdeñoso con que su novio la llevó a término. Pero no importa. La mujer goza más viva y más íntimamente observando la superioridad del hombre que humillándole. Clementina fué feliz aquella tarde.
Pero si Osorio salió bien del paso, no le perdonó jamás la intención de humillarle; porque era tan orgulloso como ella. La pasión frenética que le había inspirado sofocó por algún tiempo todo otro sentimiento. Su luna de miel fué tan pegajosa como breve. El choque entre aquellos dos caracteres, de igual obstinación y fiereza, era ineludible. Vino pronto y vino con una serie de pequeños desabrimientos que hicieron desaparecer en un instante del corazón de la joven los fugaces destellos de amor que su marido le había inspirado. En él duró más tiempo la pasión. El conocimiento que cada cual tenía del otro los hizo prudentes, rehuyendo un choque formidable que había de ser funesto. Pero vino al fin. Se dijo entre los murmuradores que Osorio, cansado de la indiferencia y los desdenes de su esposa, en una hora fatal de ira y desesperación la había ultrajado con su misma doncella y en el mismo tálamo nupcial. Después de esta escena, que no sabemos si se realizó con los pormenores horrendos que algunos contaban, quedó roto el matrimonio para siempre. Osorio, sin derecho ya para intervenir en la conducta de su mujer, se vió obligado a ser mero espectador de ella. Entregóse Clementina sin reserva, sin disimulo, puede decirse también que sin pudor, a todos los galanteos que se le ofrecieron. El, por su parte, para contrarrestar el ridículo, que a causa de ellos pudiera tocarle, dióse con más descaro aún a la disipación. Extrajo mujeres de las últimas clases sociales y las convirtió en señoras, rodeándolas de un lujo deslumbrador. La Felipa, la Socorro y la Nati, cortesanas famosas en la capital, que fueron queridas de muchos personajes, ministros, banqueros y grandes de España, lo habían sido antes de él. El fué quien, por medio de sus celestinas, las había sacado de la calle de la Paloma, del barrio de Triana en Sevilla o del Perchel, de Málaga, y había gozado de sus primicias.
Dentro de casa, marido y mujer se hablaban muy poco, lo indispensable solamente. Para evitar la molestia que les produciría sentarse solos a la mesa tenían siempre algún convidado. Fuera se trataban con expansiva y natural confianza. Alguna vez Osorio iba a buscar a su esposa a última hora a la reunión o teatro donde se hallase. Pero esto era valor entendido en el mundo. Todos sabían a qué atenerse respecto a sus relaciones. Ordinariamente, Clementina salía del brazo de su amante. Charlaban largo rato en el foyer , a presencia de todos, esperando el coche. Entraba al fin en éste. Antes de partir todavía cambiaban en tono confidencial buena copia de frases entreveradas, de alegres carcajadas. La moral, la moral elegante quedaba a salvo con que el amante no entrase en el mismo coche, aunque fuesen pocos minutos después a juntarse en el dulce retiro de un gabinete particular.
Cuando Clementina llegó a su casa eran las seis y media. Silbó el cochero. Salió de su pabelloncito el portero a abrir la puerta de la verja y luego la del coche. El mismo se encargó de pagar al cochero. La dama, sin decir una palabra, entró en el jardín, que era exiguo pero lindo y bien cuidado. Subió la escalera de mármol, debajo de una gran marquesina que ocupaba más de la mitad de la fachada del hôtel . No era éste muy grande, pero sí fabricado con lujo y arte, de piedra blanca de Novelda y ladrillo fino. Osorio lo había hecho construir hacía solamente cuatro o cinco años. Como los planos fueron largamente meditados y discutidos, ofrecía una adecuada distribución, que lo hacía más cómodo tal vez que el de su suegro, con ser este tres o cuatro veces mayor.
Halló a un criado en el recibimiento.
–Estefanía ¿dónde anda?
–Hace ya un buen rato que ha llegado, señora.
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