Arkadi Strugatsky - DESTINOS TRUNCADOS
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y los aguarda una plena existencia futura...
Y en esa misma hoja estaba pegada una reproducción asquerosa: bajo nubarrones
nocturnos, sobre una colina, la ciudad estaba paralizada por el terror, y en torno a ella y a
la colina se enroscaba una gigantesca serpiente dormida, de piel lisa con destellos
húmedos.
Pero lo que veía ahora ante mí no era ese cuadro, tan conocido, sino algo que nunca
había visto, y que aparte de mí nadie en el mundo podía ver. Nadie en todo el universo.
Reclinado en el diván, con las manos clavadas en el borde de la mesa, contemplaba las
cal es empapadas, grises y vacías, los jardincillos donde la humedad mataba lentamente
los manzanos... Las vallas ladeadas, la multitud de casas apuntaladas, despintadas, bajo
cuyas cornisas asomaba un moho blanco, todo aquel paisaje dominado por la lluvia. La
lluvia simplemente caía, bajaba de los techos convertida en polvillo, confluía en nebulosas
columnas giratorias que se desplazaban de una pared a otra, brotaba rugiente por los
desagües... Las nubes, de un gris negruzco, se arrastraban rozando las azoteas y no
había gente en las cal es, el ser humano era un huésped indeseable en aquellas cal es y
la lluvia no lo perdonaría.
En mi ciudad tengo diez mil seres humanos: tontos, entusiastas, fanáticos,
desencantados, indiferentes, muchos funcionarios, lidercillos, burgueses bienpensantes,
policías, chivatos. Niños. Y me ha proporcionado un placer inenarrable dirigir sus
destinos, hacer que chocaran entre sí o con los siniestros milagros en los que he hecho
que tomaran parte...
Hasta hace poco me parecía que los había aniquilado. Cada cual había recibido lo
suyo, de cada cual dije lo que pensaba. Y seguramente fue ese determinismo lo que
comenzó a ahogarme poco a poco, lo que generó dentro de mí insatisfacción, junto con
una inquietud asfixiante. Tenía necesidad de algo más. Debía dibujar otro cuadro, el
último. Pero no sabía cuál, y por momentos me consumía la angustia y el miedo al pensar
que nunca lograría averiguarlo. Sí, puede ser que nunca termine mi obra, pero meditaré
sobre ella hasta que caiga en el marasmo, y aun después seguiré meditando.
¿Juras continuar pensando e inventando tu ciudad hasta que caigas en el marasmo
total, y aun después?
¿Y qué podía hacer? Sí, por supuesto, lo juro, dije, y abrí el manuscrito.
20
A
r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D
e s t i n o s t r u n c a d o s
DOS
Bónev. Entre familiares y amigos.
Cuando Irma salió (delgada, de piernas largas, sonriendo con su boca grande de labios
brillantes como los de su madre), cerrando cuidadosamente la puerta a sus espaldas,
Víktor se dedicó a encender un cigarrillo. «No es una niña —pensó, anonadado—. Los
niños no hablan así. No se trata ni siquiera de una grosería, es crueldad, peor aún, a ella
todo le da igual. Como si nos estuviera demostrando un teorema: lo ha calculado todo, lo
ha analizado, comunica rápidamente el resultado y se va con absoluta tranquilidad,
sacudiendo sus trencitas.» Sobreponiéndose a su incomodidad, Víktor miró a Lola: tenía
el rostro cubierto de manchas rojas, le temblaban los labios como si estuviera a punto de
llorar, pero por supuesto, ella no tenía la menor intención de llorar, mas hervía de rabia.
—¿Lo ves? —dijo, con voz chil ona—. Esa mocosa... ¡Escoria! No respeta nada, cada
palabra suya es una ofensa, como si yo no fuera su madre sino un trapo que sirve para
limpiarse el fango de los zapatos. ¡Me avergüenza ante los vecinos! Canal a, miserable...
«Sí —pensó Víktor—, yo vivía con esta mujer, paseaba con el a por las montañas, le
leía versos de Baudelaire, temblaba cuando tocaba su piel, recordaba su olor... Creo que
hasta reñí por ella. Incluso hoy no entiendo qué pensaba el a cuando le leía a Baudelaire.
Es simplemente asombroso que haya logrado escaparme de sus garras. No entiendo
cómo me dejó ir. Seguramente yo tampoco era un regalo. Y ahora no lo soy, pero en
aquella época yo bebía más que ahora, y para colmo me consideraba un gran poeta.»
—Por supuesto, a ti eso no te interesa en absoluto —decía Lola—. Vives en la capital,
rodeado de actrices y bailarinas... Lo sé todo. No pretendas que aquí no sabemos nada
de tu dinero loco, tus amantes, tus escándalos constantes... Si quieres saberlo, nada de
eso me importa, nunca fui un obstáculo para ti, vivías como querías...
Lo que siempre la hunde es que habla demasiado. Cuando estaba soltera, era cal ada,
tranquila, misteriosa. Hay chicas que saben cómo comportarse desde la más tierna
infancia. Ella lo sabía. En general, todavía está bien cuando se sienta y enseña las
rodillas... o se lleva la mano a la nuca y se estira. Eso debe de volver loco a un abogado
de provincias. Víktor imaginaba una velada casera: la mesita junto al diván, la botella en
una cubeta, el cava que burbujea en las copas, la caja de bombones atada con una cinta,
y el abogado en persona, envuelto en tela almidonada y atado con un lacito negro. Como
en las mejores familias, y de repente, entra Irma...
«Qué pesadilla —pensó Víktor—. Por supuesto, es una mujer desgraciada...»
—Debes entender que no se trata de dinero —seguía diciendo Lola—, el dinero no
pinta nada aquí. —Se había serenado, las manchas rojas habían desaparecido de su
rostro—. Sé que, a tu manera, eres un hombre honesto, algo desordenado, extravagante,
pero sin maldad. Siempre nos has ayudado, en este sentido no tengo ninguna queja. Pero
ahora necesito otro tipo de ayuda. No puedo decir que sea feliz, pero tampoco lograste
hacerme una infeliz. Tienes tu vida, yo tengo la mía. A propósito, no soy una vieja, aún
tengo mucha vida por delante...
«Tendré que l evarme conmigo a la niña —pensó Víktor—. Se ve que ya lo ha decidido
todo. Si dejo a Irma aquí, esto será el infierno. Bien, ¿y dónde la meto? Sé honesto —se
dijo—. Basta con ser honesto. No se trata de un juguete. —Recordó con total honestidad
su vida en la capital—. Muy mal —pensó—. Claro, siempre puedo contratar a una
institutriz. Lo que significa alquilar un piso permanentemente. Pero no se trata de eso, la
21
A
r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D
e s t i n o s t r u n c a d o s
niña debe estar conmigo y no con una institutriz. Dicen que los mejores hijos son los que
han sido educados por sus padres. Además, ella me gusta aunque sea una niña muy rara.
Y, en general, es mi deber. Como persona honesta, como padre. Y soy culpable ante ella.
Pero todo esto no es más que literatura. ¿Honestamente? Honestamente, tengo miedo.
Porque el a se parará delante de mí como un adulto, sonriendo con su boca grande, ¿y
qué podré decirle? Lee, lee más, lee todos los días, no tienes que dedicarte a nada más,
simplemente lee. Ella lo sabe, sin necesidad de que yo se lo diga. Por eso tengo miedo...
Pero no estoy siendo totalmente honesto. El problema es que no lo deseo. Estoy
acostumbrado a vivir solo. Me encanta vivir solo. No quiero cambiar. Honestamente, ésa
es la cuestión. Como todas las verdades, tiene un aspecto repelente. Es algo miserable,
egoísta, cínico. Honestamente.»
—¿Por qué callas? —preguntó Lola—. ¿Pretendes quedarte cal ado?
—No, te escucho —se apresuró a decir Víktor.
—¿Qué es lo que escuchas? Llevo media hora esperando a que tengas la bondad de
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