Arkadi Strugatsky - DESTINOS TRUNCADOS
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reaccionar. A fin de cuentas, no es hija mía solamente...
«¿Y debo ser honesto con ella? —pensó Víktor—. No tengo el menor deseo de ser
honesto con ella. Me parece que cree que puedo resolver el problema aquí mismo, sin
moverme del lugar, entre dos cigarrillos.»
—Entiéndeme —proseguía Lola—, no estoy diciendo que te hagas cargo de ella. Yo sé
que no lo harás, y le doy gracias a Dios por el o, no sirves para eso. Pero tienes
relaciones, conocidos, eres una persona bastante famosa, ¡ayúdame a meterla en alguna
parte! Hay institutos de primera, internados, escuelas especiales. Ella es una niña
inteligente, tiene talento para los idiomas, las matemáticas, la música...
—Un internado —repuso Víktor—, sí, claro... Un internado. Un orfanato... No, perdona,
estoy bromeando. Vale la pena pensar en el o.
—¿Y qué hay que pensar? Cualquier persona estaría satisfecha de poder matricular a
su hijo en un buen internado o en una escuela especial. La esposa de nuestro director...
—Escúchame, Lola, es una buena idea e intentaré hacer algo. Pero no es tan sencil o,
se necesita tiempo. Por supuesto, voy a escribirles.
—¡A escribirles! Es lo único que sabes hacer. No se trata de escribir, sino de ir
personalmente, de solicitar, de hacer antesala. De todos modos, aquí no estás haciendo
nada. No me digas que te resulta tan difícil, para tu hija...
«Demonios —pensó Víktor—, intenta explicárselo ahora.» Encendió otro cigarrillo, se
levantó y comenzó a pasearse por la habitación. Tras la ventana se hacía de noche y
seguía cayendo la lluvia, una lluvia densa, pesada, lenta, una l uvia considerable que no
se apresuraba a cesar.
—¡Ay, qué harta estoy de ti! —dijo Lola con rabia inesperada—. Si supieras cuan harta
estoy de ti...
«Es hora de irse —pensó Víktor—. Comienza la sagrada ira materna, la furia de la
mujer que ha sido abandonada, etcétera. De todos modos, hoy no le voy a responder
nada. Ni le voy a prometer nada.»
—No se puede contar contigo para nada —seguía diciendo ella—. Inútil como marido,
una nulidad como padre, ¡vaya, un escritor de moda! No ha sido capaz de educar a su
hija. ¡Cualquier paleto entiende a las personas mejor que tú! ¿Qué puedo hacer ahora?
No es posible esperar nada de ti. Estoy sola, agotada, soy incapaz de emprender nada.
Para ella soy un cero, para ella cualquier mocoso es cien veces más importante que yo.
¡Pero no importa, ya te arrepentirás! ¡Si no la educas tú, ellos la educarán! Llegará el
momento en que ella te escupirá a la cara, como a mí...
22
A
r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D
e s t i n o s t r u n c a d o s
—Basta, Lola —dijo Víktor, con el ceño fruncido—. De todos modos, tú siempre... Es
verdad que soy el padre, pero tú eres la madre. Para ti, todos a tu alrededor tienen la
culpa...
—¡Lárgate!
—Bueno. No tengo la intención de discutir contigo. Lo pensaré. Y tú...
Ella estaba ahora de pie, muy erguida, temblando casi, saboreando por adelantado los
reproches, dispuesta a lanzarse a la pelea con pasión.
—Y tú, intenta no ponerte nerviosa —prosiguió él—. Algo se nos ocurrirá. Te l amaré.
Pasó al vestíbulo y se puso el impermeable, que aún estaba mojado. Metió la cabeza
en la habitación de Irma para despedirse, pero la niña no estaba. La ventana se
encontraba abierta de par en par, y la lluvia repiqueteaba en el antepecho. De la pared
colgaba una tela, donde estaba escrito, con letras hermosas: ruego no cerrar nunca la
ventana. La tela estaba arrugada, mostraba agujeros y manchas oscuras, como si la
hubieran arrancado y pisoteado varias veces. Víktor cerró la puerta.
—Hasta la vista, Lola —dijo, pero Lola no le respondió.
La cal e estaba totalmente a oscuras. La l uvia le golpeaba los hombros y el capuchón.
Víktor se encogió y metió las manos en los bolsil os.
«En esta plazuela nos besamos por primera vez —pensó—. Entonces, ese edificio no
existía, había un terreno baldío, y más allá un basurero, allí cazábamos gatos con
tirachinas. En la ciudad había una cantidad exagerada de gatos, pero ahora no veo
ninguno... En aquel os tiempos no leíamos nada, sin embargo Irma tiene su habitación
llena de libros. En mis tiempos, ¿cómo eran las niñas de doce años? Seres patilargos,
que soltaban risitas por cualquier cosa, llenos de cintas, muñecas, cuadros con liebres y
florecitas blancas, que andaban en grupos de dos o tres, susurrando, con caramelos en el
bolso y dientes echados a perder. Limpias, quejicas, y las mejores entre ellas eran
exactamente como nosotros: las rodillas l enas de arañazos, ojos salvajes, como de lince,
aficionadas a poner zancadil as. ¿Será que han l egado los nuevos tiempos? No —se
respondió—. No se trata de los nuevos tiempos. Bueno, estos tiempos tienen algo que
ver... ¿No será que Irma es una niña prodigio? Existen los niños prodigio. Yo soy padre de
una niña prodigio. Algo honroso, pero complicado, no tan honroso como complicado, a fin
de cuentas, de honroso no tiene nada... Y siempre me ha gustado esta callejuela porque
es la más estrecha. Un tropezón, y comenzaba la pelea. Es así, no podemos vivir sin eso,
de ninguna manera. Desde el inicio de los tiempos. Y dos contra uno...»
En la esquina había una farola. Al borde del espacio iluminado se empapaba un coche
con techo de lona, y junto al coche, dos tipos que l evaban impermeables bril antes
retenían en el suelo a otro, empapado, de negro. Los tres se revolvían sobre los
adoquines, con esfuerzo, trabajosamente. Víktor se detuvo, y a continuación se aproximó.
No es extraño que recuerde todo eso tan bien. Víktor descubrió entonces que sus mejil as
y la punta de su nariz habían palidecido. Así era yo entonces, era fácil gritarme. Pero él,
pobrecil o, no sabía que yo palidecía de rabia, como Luis XIV, y no de miedo... Pero
después de la pelea, no vale. Qué importancia tiene la causa por la que uno palidece. No
sigamos por ese camino. Mas para recobrar la calma, para poder acicalarme antes de
aparecer en público, para recuperar el color normal de este rostro nada apuesto pero viril,
debo recordarle, señor Bánev, que si no le hubiera mostrado su pañuelito al señor
Presidente, tendría ahora una vida floreciente en nuestra famosa capital, y no estaría en
este agujero mojado...
De un trago, Víktor se bebió la ginebra y bajó al restaurante.
23
A
r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D
e s t i n o s t r u n c a d o s
—Por supuesto, puede que fueran gamberros —dijo Víktor—. Pero en mis tiempos,
ningún gamberro se hubiera metido con un gafudo. Que le tiraran una piedra, eso ocurría,
pero agarrarlo, arrastrarlo y, en general, tocarlo... Teníamos pánico al contagio.
—Os digo que es una enfermedad genética —intervino Gólem—. No son contagiosos
en absoluto.
—¿Cómo que no son contagiosos? —objetó Víktor—. ¡Si tienen lobanil os, como los
sapos! Eso lo sabe todo el mundo.
—Los sapos no contagian lobanillos —dijo Gólem plácidamente—. Los mohosos,
tampoco. Qué vergüenza, señor escritor. Es verdad que los escritores son incultos.
—Como toda la gente. El pueblo es inculto, pero sabio. Y si la voz del pueblo asegura
que los sapos y los gañidos contagian los lobanil os...
—Por ahí viene mi inspector —dijo Gólem.
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