Arkadi Strugatsky - DESTINOS TRUNCADOS
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muy bueno: la persecución del sexto, las amenazas, los ataques, y todo esto en una
marinada psicológico-filosófica, para que finalmente mi pacifista-altruista se volviera una
bestia salvaje, de esas que da terror ver, aunque todo surgiera de sus principios, de sus
elevadas intenciones...
En el momento en que leía las notas sobre la trama, se oyó el timbre de la puerta. Me
sobresalté, pero al momento una premonición alegre se apoderó de mí. Corrí hacia el
recibidor, perdiendo por el camino una zapatilla y recuperándola sin detenerme, y abrí la
puerta. Exactamente, allí estaba mi hada buena, tan esperada, con las mejil as rojas por
la tormenta, cubierta de polvo de nieve. Klava. Entró con sus dientes bril antes, me saludó
y de inmediato se dirigió a la cocina. Y yo, que seguía perdiendo las zapatillas, corrí a
buscar mi carné de identidad. Y cobré ciento noventa y seis rublos, en letra de molde, y
once copecs, que me pagaba la Consulta Literaria por una reseña sobre la basura que
estaba de moda. Como siempre, le devolví un rublo a Klava, y como siempre, el a primero
lo rechazó y después, como siempre, lo recibió con gratitud y, como siempre, la
acompañé a la puerta.
—Venga más a menudo, Klava —le dije como siempre.
—Siga escribiendo —respondió ella.
Además del dinero, Klava dejó sobre la mesa de la cocina un sobre largo, salpicado de
sel os y etiquetas, con la cinta roja y blanca del correo aéreo. Me escribían desde Japón.
al señor Félix Alexándrovich Sorokin. Cogí las tijeras, corté uno de los bordes del sobre y
saqué de allí dos cuartillas de fino papel de arroz. Me escribía un tal Ryu Takami, en ruso:
Tokio. 25 de diciembre de 1981.
Estimado señor F. A. Sorokin:
Si me recuerda, nos conocimos en primavera de 1975, en Moscú. Yo
formaba parte de una derivación japonesa de escritores, usted se encontraba a
mi lado y gentilmente me regaló su libro Cuentos infantiles modernos. El libro
me gustó mucho desde el principio. Me dirigí varias veces a nuestra editorial
Hayakawa y a la revista SF Magazine, pero los que dirigen nuestras editoriales
son conservadores. Sin embargo, gracias a que su libro goza de éxito en los
Estados Unidos, nuestra editorial comienza ahora a prestarle atención y al
parecer tiene propósito de editarlo. Eso significa que nuestra cultura editorial se
encuentra bajo fuerte influencia de la norteamericana y así es nuestra realidad.
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A
r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D
e s t i n o s t r u n c a d o s
Y sea como sea, la nueva orientación de nuestro mundo editorial es alegre
para usted y también para mí. Según plan de mi trabajo, termino traducción de
su libro en febrero del año próximo. Pero, por desgracia, no entiendo varias
palabras y frases (las encuentra en otra cuartilla). Quisiera pedirle ayuda. En
principios de cada cuento hay citadas frases de obras de diferentes escritores.
Si nada lo impide, le pido me diga en qué ediciones y en qué parte de el as
puedo encontrarlas. Quiero que usted conozca nuestra realidad literaria, así
como nuestros lectores, pero por desgracia ahora no tengo las últimas noticias
de ellos. Me sentiría muy, muy contento si usted me comunicara la situación
actual de su trabajo vital y enviara su fotografía. Y deseo leer artículos y
críticas sobre su literatura y saber dónde (en qué revistas, periódicos y libros)
puedo encontrarlos. Quisiera pedirle me preste muchas ayudas que le pedí
antes. Agradezco las ayudas por anticipado. Con todo mi respeto, (la firma está
en ideogramas).
Leí dos veces la carta y al rato me descubrí sonriendo con benevolencia y
enrollándome el bigote con las dos manos. Sinceramente, no me acordaba para nada de
aquel japonés, pero de todos modos sentía ahora hacia él la más viva simpatía y quizá,
incluso, agradecimiento. Así que mis cuentos infantiles habían llegado hasta Japón. Como
se dice, boku-no otogibanasi-wa Nippon-madae-mo yatto tassimazta...
Me dominaban diversas sensaciones, que llegaban hasta la admiración hacia mí
mismo. Y en aquella oleada de sentimientos no me costaba trabajo detectar una gélida
corriente de cruel alegría malévola. De nuevo recordé las sonrisas irónicas y las perplejas
preguntas retóricas, las reseñas críticas, los saludos de borrachos y los consejos
groseros: «¿Qué te pasa, viejo? ¿Te has vuelto gaga?». Por supuesto, todo había
quedado en el pasado, pero al parecer, yo no había olvidado nada. Ni a nadie. Y en ese
momento me vino a la memoria el hecho de que cuando doy una conferencia en una casa
de cultura o en una empresa, si alguno de los presentes me conoce no es por ser el autor
de Camaradas oficiales, y tampoco por haber escrito innumerables artículos sobre el
ejército, sino precisamente por ser el creador de los Cuentos infantiles modernos. Y a
menudo me envían notitas:
¿No es usted pariente del Sorokin que escribió Cuentos infantiles
modernos?
Recordé que en el sobre había dos cuartillas, saqué la segunda y le eché un vistazo. Al
principio, las dudas de Ryu Takami me divirtieron, pero a los pocos minutos comprendí
que lo que tenía por delante no era nada divertido.
Tendría que explicar por escrito a un japonés el significado de expresiones tales como
«quedar para el arrastre», «florecer, como rosa de mayo», «merienda de negros»,
«echarse un lingotazo» y cosas así. Pero eso era sólo la mitad del problema, y a fin de
cuentas no resultaba tan difícil explicarle a un japonés que «banana», en el argot de los
escolares rusos, significaba «desaprobado como nota, entre paréntesis calificación», y
que «mortal» únicamente quería decir «estupendo», «magnífico». Mas ¿qué hacer con
expresiones como «le hizo la higa»? En primer lugar, es necesario establecer
definitivamente la diferencia entre la higa y el fruto de la higuera, para que Takami no crea
que las palabras «toma una higa» significa «te traigo como regalo un dulce higo maduro».
Y en segundo lugar, para un japonés la higa no significa lo mismo que para un europeo, o
para un ruso al menos. Hubo una época en Japón en que las damas que hacían la calle
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A
r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D
e s t i n o s t r u n c a d o s
mostraban aquel sencil o gesto a los clientes, indicando con el o que estaban disponibles
para el servicio...
No me di cuenta de que aquella tarea me había cautivado.
En general, no me gusta escribir cartas y me puse como norma responder sólo
aquellas que plantearan alguna pregunta. Pero la carta de Ryu Takami no se limitaba a
plantear simples preguntas, sino preguntas importantes, relativas a temas en los que yo
mismo estaba interesado. Por eso me levanté del escritorio sólo cuando terminé la
respuesta, la mecanografié (sacando de la máquina de escribir una página a medias de
un guión), la metí en un sobre y escribí la dirección.
Ahora tenía al menos dos motivos para salir de casa.
Me vestí, subí la cremallera de las botas con cierto esfuerzo, metí cincuenta rublos en
el bolsil o de mi chaqueta, y en ese momento sonó el teléfono.
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