Arkadi Strugatsky - DESTINOS TRUNCADOS

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—Qué desperdicio, Félix Alexándrovich —me decía—. Es la cuarta vez que te l amo —

decía—, y no haces el menor caso. Y nadie te está mandando a descargar patatas

podridas, tú, emborronador de cuartil as. A los científicos los mandan allí, a los doctores

en ciencias, pero a ti sólo se te pide que pases por la Bánnaia y que entregues diez

cuartillas mecanografiadas, por hacerlas no te quedarás manco. Y no es para que alguien

se divierta, no —me decía—, no se trata del tonto capricho de cualquiera, sino que tú

mismo votaste por ayudar a los científicos, a esos lingüistas, a esos matemáticos

cibernéticos... No has cumplido... nos has hecho quedar mal... has echado a perder... no

sé quién te crees que eres...

9

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

¿Qué podía hacer yo? Prometí una vez más que aquel mismo día pasaría por allí, y al

otro lado del hilo colgaron con ira, con reproche. Me apresuré a servirme los restos de

vino y bebí para calmarme, mientras pensaba con desesperada claridad que el día

anterior debía haber comprado coñac, y no aquel vino asqueroso. O, mejor todavía, vodka

de trigo.

Se trataba de que el otoño anterior, nuestro secretariado decidió satisfacer la petición

de cierto instituto lingüístico, creo que de investigaciones científicas, de que todos los

escritores moscovitas presentaran varias páginas de sus manuscritos para unas

investigaciones especiales, algo relacionado con la teoría de la información, con una cosa

llamada entropía del lenguaje... Ninguno de nosotros entendió bien de qué se trataba, con

excepción quizá de Garik Aganián quien, según dicen, lo comprendió pero no pudo

explicárselo a nadie. Sólo entendimos que ese instituto necesitaba la mayor cantidad

posible de escritores, y lo demás no tenía importancia: ni cuántas páginas, ni qué páginas,

ni qué contenido, nada, sólo había que ir a verlos a la calle Bánnaia, cualquier día

laborable, de nueve a cinco. En aquel momento nadie tuvo objeciones, todo lo contrario,

muchos se sintieron halagados de participar en el progreso científico-técnico; así que,

según se comenta, en la Bánnaia los primeros días hubo cola y hasta algún que otro

escándalo. Y después, todo se disolvió, se olvidó, y ahora el pobre de Fiódor Mijéievich

nos molesta una vez al mes, a veces antes, nos avergüenza e insulta por teléfono y

cuando nos pesca, en persona.

Por supuesto, no es bueno atravesarse en el camino del progreso científico-técnico, y

por otra parte, somos personas como las demás: voy por la cal e Bánnaia y recuerdo que

debo pasar por el Instituto, pero no llevo conmigo el manuscrito; o tengo el manuscrito en

el bolsil o, me dirijo precisamente hacia la Bánnaia y de alguna extraña manera termino en

el club. Yo explico todas estas misteriosas desviaciones debido a que, según creo, no es

posible considerar con seriedad este invento de nuestro secretariado, al igual que muchas

otras ocurrencias suyas. Pero, ¿qué entropía del lenguaje puede haber aquí, junto al río

Moscova? Y sobre todo, ¿qué tengo que ver yo con eso?

Pero no había manera de huir, y me dediqué a buscar la carpeta en la que, recuerdo,

guardé el manuscrito hacía más de dos semanas. La carpeta no estaba encima del

escritorio, y en ese momento me acordé de que me dispuse a ir a la Bánnaia cuando

estaba en la redacción de El Extranjero Inválido, adonde había ido con Kap-Kápich y Nos-

Nósich a discutir, a causa de un artículo. Pero al volver del Inválido, no fuimos a la

Bánnaia, sino al restaurante Pskov. Así que, en aquel momento, no servía de nada buscar

aquella carpeta.

Gracias a Dios, siempre tengo suficientes manuscritos. Me levanté con dificultad del

butacón, caminé hasta el rincón más lejano de la estantería y allí me senté, con un

gemido, en el suelo. Ah, hay muchos movimientos que ahora sólo puedo realizar con gran

dificultad, tanto corporales como espirituales.

(Nos levantamos con dificultad después de dormir. Cambiamos las sábanas con

dificultad. Y con dificultad seguimos el hilo de nuestros pensamientos. El avance del fuego

lo oímos con dificultad, pero siempre estamos dispuestos a dirigir las oleadas de l amas.

Con dificultad. Creo que eso lo dicen los Upanishad. O quizá no sean los Upanishad.)

Con dificultad abrí la portezuela de un pequeño armario empotrado y sobre mis rodillas

cayeron varias carpetas, libretas a rayas con cubiertas de hule de diversos colores,

cuartillas amaril entas, densamente escritas, sujetas con grapas oxidadas. Tomé la

primera carpeta que se me ocurrió, con las esquinas rotas por el tiempo, cerrada con una

cinta sucia, la cubierta llena de notas borrosas, donde sólo pude distinguir un número

antiguo de teléfono, de seis cifras, con una letra al principio, y una fila de ideogramas

escritos con tinta verde: seynen jiday-no saku: creaciones de los años mozos. No había

revisado aquella carpeta desde hacía quince años. Todo lo que había al í era muy

10

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

antiguo, de la época de Kamchatka, incluso anterior, de tiempos de Kansk, Kazan, del

Instituto de Traductores Militares: hojas a rayas, arrancadas de libretas, cuadernos

rústicos cosidos con hilos gruesos, algunas cuartillas de un papel rugoso, amarillento,

quizá de envolver o simplemente reseco hasta lo imposible, todo escrito a mano; ni una

línea, ni una letra a máquina.

El negro taciturno sacó de la oficina el butacón con aquel a ruina humana.

Cuando salió, el jefe cerró bien la puerta...

¿Qué negro era aquél? ¿Y esa ruina humana? No me acordaba de nada.

A propósito, ¿vio si había chinos entre los bolcheviques?preguntó el

jefe de repente.

¿Chinos? Hummm... Creo que sí. Chinos, o coreanos, o mongoles. En

una palabra, asiáticos...

¡Sí, sí, me acuerdo! Era un panfleto político mío... No... no me acuerdo de nada.

El castil o cayó, pero la guarnición había vencido.

Pues sí.

¡Ti vio! ¡Ti vio!gritó Huevos de Conejo, al detectar a su adversario

invisible... Y un nuevo disparo desde arriba, en la niebla...

Ah, era cuando yo estaba traduciendo a Kipling, Kim, Stalky & Co. Mil novecientos

cincuenta y tres. Kamchatka. Estoy sentado en el puesto de mando, traduciendo a Kipling,

ya que cuando no hay un enemigo visible, el traductor no tiene nada que hacer.

Huevos de Conejo: Rabbit's Eggs. Y no hay de qué reírse, chicos. Si Kipling hubiera

querido decir lo que vosotros pensáis, habría escrito «Rabbit's Bal s». Sí, recuerdo que

me costó mucho trabajo aquella traducción, pero fue una excelente escuela, la mejor

escuela para un traductor es una obra escrita con talento, que describa un mundo

totalmente desconocido, ubicado de manera concreta en el tiempo y en el espacio...

Y aquí está Ocurrió durante la guardia. También el año cincuenta y tres, también en

Kamchatka.

«Posteriormente Berkutov, el centinela que custodiaba la puerta del cuerpo de guardia,

no podía recordar qué fue lo primero que lo puso en alerta y le hizo apretar su arma con

más fuerza y prestar una tensa atención a los ruidos confusos de la cálida noche de julio.

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