Arkadi Strugatsky - DESTINOS TRUNCADOS
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De la segunda biblioteca no quedó nada. La fui reuniendo en Kansk, donde impartí
clases durante dos años, antes de que me ocurriera aquel escándalo. Mi salida de Kansk,
debido a las circunstancias, fue precipitada y ordenada desde arriba, sin posibilidad de
apelación. Klara y yo logramos empaquetar los libros, e incluso los enviamos a Irkutsk por
paquetería postal, pero sólo estuvimos dos días en aquel a ciudad, una semana después
ya estábamos en Korsakov, y a la semana siguiente navegábamos en un barco pesquero
hacia Petropávlovsk, de modo que mi segunda biblioteca nunca pudo reunirse conmigo.
Hasta hoy lo sigo lamentando muchísimo. Allí tenía cuatro tomos de Tarzán en inglés,
que compré durante unas vacaciones en una librería de viejo de la calle Liteini, en
1 Nombre dado a Moscú por la Iglesia ortodoxa rusa desde la época de Ivan el Terrible.
La Segunda Roma es Constantinopla. ( N.del T. )
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A
r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D
e s t i n o s t r u n c a d o s
Leningrado; La máquina del tiempo y una compilación de cuentos de Wel s, con
ilustraciones de Fitinghof que se regaló con la revista Explorador Universal; la colección
encuadernada de Alrededor del Mundo, correspondiente a 1927... En aquella época me
apasionaba ese tipo de lecturas... Y en mi segunda biblioteca también había algunos
libros con un destino muy especial.
En el cincuenta y dos, en las Fuerzas Armadas se dio la orden de dar de baja y destruir
toda la producción editorial de contenido ideológicamente dañino. Y en los almacenes de
nuestra escuela había una biblioteca de trofeo, que al parecer había pertenecido a un
miembro de la corte del emperador de Manchukuo, Pu Yi. Y por supuesto, nadie tenía
ganas de separar las manzanas sanas de las podridas en aquel montón enmohecido,
formado por miles de tomos escritos en japonés, chino, coreano, inglés y alemán, por lo
que se dio la orden de destruirla entera.
El verano estaba en su apogeo, el calor no cesaba y las tapas se retorcían entre llamas
del color de la sangre, mientras los cadetes, tiznados cual demonios en el infierno, se
afanaban de un lado a otro; y por encima de toda la instalación volaban ingrávidos copos
de ceniza; y cada noche, a pesar de la más estricta prohibición, nosotros, los oficiales
profesores, nos aproximábamos a los montones preparados para el día siguiente y con
ansia devoradora agarrábamos lo que nos caía a mano y nos lo l evábamos a casa.
Conseguí una excelente Historia del Japón, en inglés, una Historia de la investigación
criminal en la era Meiji... Bah, qué más da, de todos modos no tuve tiempo de leer aquello
con calma, ni lo tendría ahora.
La tercera biblioteca se la regalé a la casa de cultura de Paranaisk en el cincuenta y
cinco, cuando regresé de Kamchatka.
¿Cómo pude decidirme entonces a solicitar que me licenciaran? En aquel a época no
era nadie, no sabía hacer nada, no conocía la vida civil, llevaba sobre mis espaldas la
carga de una esposa caprichosa y a la bel a Katia de rizos dorados... No, de haber visto
que el ejército me prometía algo bueno, nunca me hubiera arriesgado. Pero en el ejército
no me esperaba nada: en aquel a época yo era joven y orgulloso, me aterrorizaba
imaginarme como un simple tenientil o, el mismo traductor de siempre, en la división de
siempre, durante todos los años que me quedaban por delante.
Es extraño que nunca escriba sobre esos años. Es un material que le interesaría a
cualquier lector. Cualquier lector lo compraría de buena gana, sobre todo si estuviera
escrito de esa manera moderna y audaz que hace tiempo no soporto, pero que, por
causas que desconozco, gusta mucho. Por ejemplo:
La cubierta del Koñey-maru estaba resbaladiza y apestaba a pescado
podrido y a nabos en salmuera. Los cristales de la cabina estaban rotos,
protegidos con tiras de papel engomado.
(Lo que más valor tiene es describir, describir, describir. Los cristales estaban rotos, los
labios estaban deformados...)
Valentín, con el fusil automático pegado al pecho, entró en la cabina.
— Sal de ahí, sentyo — dijo, severo.
El capitán compareció ante nosotros. Era viejo y jorobado, su rostro carecía
de vel o, y bajo la quijada colgaban unos ralos pelos canosos. Llevaba la
cabeza cubierta por un pañuelo con ideogramas rojos, y el lado derecho de su
chaqueta azul también lucía ideogramas, sólo que blancos. Se abrigaba los
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A
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e s t i n o s t r u n c a d o s
pies con calcetines gruesos, cálidos. El capitán se nos acercó, juntó las manos
ante el pecho e hizo una reverencia.
— Pregúntale si sabe que se ha metido en nuestras aguas — ordenó el
mayor.
Lo hice y el capitán respondió que no lo sabía.
— Pregúntale si sabe que la pesca dentro del límite de doce millas está
prohibida — ordenó el mayor.
(Esto también se valora: ordenó, ordenó, ordenó.)
Se lo pregunté. El capitán respondió que lo sabía, sus labios se abrieron,
mostrando los escasos dientes amarillentos.
— Dile que tanto el barco como la tripulación están bajo arresto — ordenó el
mayor.
Traduje. El capitán comenzó a asentir sin parar, o quizá sufriera de
convulsiones de cabeza. Volvió a juntar las manos ante el pecho y comenzó a
hablar, rápido y con claridad.
— ¿Qué dice? — preguntó el mayor.
Según lo que podía comprender, el capitán rogaba que dejaran partir al
barco. Decía que no podían retornar a casa sin pescado, que todos morirían de
hambre. Hablaba en algún dialecto, en lugar de «ki», decía «xi», en lugar de
«tzu» decía «tu», y resultaba muy difícil entenderlo...
A veces pienso que podría escribir resmas de cosas así. Pero lo más probable es que
no pueda. Sólo se pueden escribir resmas de aquel o que no te importa en absoluto.
Una semana después, cuando nos despedimos, el capitán del barco pesquero me
regaló un tomito de Kikutikan y El hombre sombra, de Edogawa. Ahí están, uno junto al
otro. A la casa de cultura de Paranaisk no le hacían ninguna falta. El hombre sombra fue
el primer libro japonés que leí de principio a fin. Me encanta Hirai Taro, por algo escogió
ese seudónimo, Edogawa Rampo, o sea, Edgar Allan Poe.
Klara se quedó con la cuarta biblioteca. Y que Dios las acompañe a las dos. Es una
tontería imperdonable registrar ahora esos rincones. Cuántas veces me juré no tocar ni
siquiera mentalmente aquello que supone para mí humil ación y ofensa. Siempre le debo
algo a alguien, o no he cumplido alguna promesa, he dejado mal a alguien, he echado a
perder los planes de alguien... ¿Y no será porque se me ha ocurrido considerarme un
gran escritor al que todo le está permitido?
Y tan pronto recordé esta inevitable maldición mía, comenzó a sonar el teléfono.
Nuestro presidente, Fiódor Mijéievich, con una voz en la que se percibía claramente la
irritación, me preguntó cuándo tenía la intención de pasar por la calle Bánnaia.
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