Arkadi Strugatsky - DESTINOS TRUNCADOS

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absurda, sólo podrá surgir de ella misma, sin intervención de fuerzas sobrenaturales o

deidades todopoderosas, la afirmación de que sólo el conocimiento (no el dogma del

signo que sea) es la semilla capaz de engendrar esa salvación, lo que situó a los

Strugatsky en el punto de mira del fundamentalismo religioso ruso finisecular. Pero éste,

al igual que décadas antes los guardianes de la pureza ideológica en nombre del partido

único, se vio obligado a callar. Porque es verdad que un libro nunca es más fuerte que un

acto de represión. Pero éstos se olvidan y la belleza del relato, del poema, permanece. Y

en eso reside la grandeza de la buena literatura.

Justo E. Vasco

4

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

¡Cómo danza la l amita!

Entre las hojas cerradas de la ventana

El otoño irrumpe en casa.

Raydzan

5

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

UNO

Félix Sorokin. Tormenta de nieve.

A mediados de enero, aproximadamente a las dos de la tarde, me encontraba sentado

junto a la ventana y, en lugar de dedicarme a escribir el guión, bebía vino y meditaba

sobre varias cosas a la vez. Tras la ventana soplaba el viento, los coches reptaban con

miedo por la carretera, los montones de nieve cubrían los arcenes y, tras la cortina de la

nieve que caía, se distinguía apenas la silueta oscura de los macizos de árboles

desnudos, los matorrales erizados y las franjas de arbustos en la tierra baldía.

La tormenta barría Moscú.

La tormenta barría Moscú como si se tratara de una estación de tren olvidada de Dios

en la tundra siberiana. Media hora antes, un taxi había dado un violento patinazo en el

centro de la carretera tras intentar irreflexivamente hacer un giro cerrado, y pensé cuántos

vehículos (taxis, autobuses, camiones, hasta rutilantes limusinas negras con neumáticos

especiales) derrapaban en aquel mismo momento por toda la inmensa ciudad.

Mis pensamientos, vagos e indefinidos, fluían en varios niveles, obstaculizándose unos

a otros. Pensaba, por ejemplo, en los conserjes que limpiaban los patios. En que antes de

la guerra no había quitanieves, no existían esas máquinas de brillantes colores,

semejantes a monstruos, esos vehículos que limpian la nieve, la amontonan y la lanzan

hacia las cunetas. En aquella época sólo estaban los conserjes, con sus delantales, sus

escobillones, sus palas cuadradas de madera... Siempre con botas de fieltro. Y recordaba

que, por aquel entonces, no había menos nieve en las calles. Pero quizá, también es

cierto, los fenómenos atmosféricos no eran tan monumentales...

Y también pensaba que, en los últimos tiempos, a menudo me ocurrían hechos tristes,

absurdos, sospechosos incluso, como si quien manejaba mi destino se hubiera vuelto

idiota a causa del aburrimiento y estuviera haciendo trucos de magia; pero era tonto y sus

trucos resultaban tontos, de tal manera que ni siquiera a él mismo le causaban algo que

no fuera incomodidad y una vergüenza que hacía encoger los dedos de los pies dentro de

los zapatos.

Y tras todo eso, no dejaba de pensar que ahí estaba, arrinconada a la derecha, mi

máquina de escribir marca Tippa, con el relieve de la letra zeta gastado desde el principio

y con una página sin terminar, en la que podía leerse:

... Las torretas de los tanques habían girado a la izquierda y disparaban sus

cañones contra las posiciones de los guerrilleros, disparaban metódicamente,

por turno, para dar tiempo a que cada uno pudiera apuntar. Tras la torreta del

tanque de vanguardia estaba en cuclillas Rudolf, teniente de las SS, al mando

de los blindados. Era el cerebro, el director de aquel a orquesta de muerte,

daba órdenes con ademanes a los soldados de infantería de las SS que

marchaban detrás con sus fusiles automáticos. De vez en cuando, las balas de

los guerrilleros golpeaban el blindaje, levantaban salpicaduras en torno a las

orugas o hacían brotar surtidores de agua en los charcos oscuros.

El secreto de los guerrilleros en la primera línea es una trinchera mínima

junto a la oril a de la ciénaga. Dos guerrilleros, uno joven y uno viejo, miran,

confusos, a los tanques que se aproximan. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!, disparan los

cañones de los tanques.

6

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

Tengo cincuenta y seis años, pero no he estado nunca con los guerrilleros y tampoco

sé qué es resistir un ataque de tanques. Y si hablamos con rigor, debí haber muerto en la

batal a del arco de Kursk. Allí cayó toda nuestra escuela; solamente se salvaron Rafka

Rezánov, que perdió ambas piernas; Vasia Kuznetsov, del batallón de ametralladoras, y

yo, del de morteros.

Una semana antes de la graduación, a Kuznetsov y a mí nos mandaron a Kuíbishev, al

Instituto de Traductores Militares. Se ve que aquel que manejaba mi destino rebosaba aún

de entusiasmo hacia mi persona y quería ver qué saldría de mí. Y así pasé toda mi

juventud en el ejército y siempre he considerado mi obligación escribir sobre el ejército,

sobre los oficiales, sobre el ataque de los tanques... aunque con el paso de los años me

venía con frecuencia a la cabeza una misma idea: precisamente por el hecho de que

estaba vivo de pura casualidad, no debería ser yo quien escribiera sobre esos temas.

En eso estaba pensando en aquel momento, mientras contemplaba por la ventana la

Tercera Roma1, barrida por la tormenta. Agarré el vaso y bebí un largo trago. Otros dos

coches se habían atascado junto al taxi del derrape, y unas figuras tristes, con palas,

vagaban por allí, encorvadas bajo el viento.

Me dediqué a mirar las estanterías llenas de libros.

«Dios mío —pensé de repente, sintiendo frío en el corazón—, por supuesto, ¡ésta es mi

última biblioteca! Ya no tendré otra. Es tarde. Se trata de mi quinta biblioteca, y ahora es

ya la última.» De la primera sólo me queda un libro, que se ha convertido en una rareza

bibliográfica: El ayudante del general May-Maievski, de P. V. Makárov. No hace mucho

rodaron una serie de televisión basada en ese libro, titulada El ayudante de Su

Excelencia; era bastante buena, pero no respetaba mucho el texto, donde todo era más

serio, más fundamentado, aunque había muchas menos aventuras heroicas. Se ve que el

tal Pavel Vasilievich Makárov era un hombre importante y me agrada leer en el reverso de

la página titular la dedicatoria, escrita con lápiz tinta:

Al querido camarada A. Sorokin. Que este libro le haga recordar la figura del

ayudante del general May-Maievski, sustituto del comandante del Ejército

Rebelde de Crimea. Con sinceros saludos guerrilleros, P. V. Makárov.

6/IX/1927. Leningrado.

Me imagino cuánto valoraba ese libro mi padre, Alexandr Alexándrovich Sorokin. A

propósito, no me acuerdo de nada de todo eso. Y tampoco de cómo se salvó el libro

cuando una bomba cayó sobre nuestro edificio en Leningrado y la primera biblioteca

desapareció por completo.

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