Arkadi Strugatsky - DESTINOS TRUNCADOS

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Sencillamente, al susurro de las hojas, al sonido de los propios pasos, al crujido

somnoliento de las ramas se había añadido...», etcétera. En pocas palabras, bajo el

manto de la noche se aproximaron al centinela, lo agredieron y él, sin posibilidad de

rechazarlos, gritó que dispararan contra su posición.

En aquel os tiempos, mis concepciones literarias eran las de un moralista grandioso, y

no sólo de un moralista, sino del inspirado aeda del reglamento militar. Y más adelante,

camaradas soldados, lo fundamental en este caso que Ocurrió durante la guardia fue

nada menos que esto:

11

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

¿Cómo pudo ocurrir que Linkó, tan buen conocedor de los reglamentos, se

permitiera una infracción tan brutal del reglamento del servicio de guardia? ¿Y

tú, Berkutov? ¿Acaso no te comportaste como un tonto, no viste adonde había

ido Simakov? Y todos nosotros, ¿cómo no caímos en la cuenta de que

Simakov no estaba aquí cuando el destacamento de guardia fue l amado a las

armas?

¡Qué extraño resulta leer esto hoy! Es como si se lo contaran a uno con ternura, como

a un bebé de tres añitos que no ha podido aguantarse y se lo ha hecho encima, delante

de todos los invitados. Pero entonces yo no tenía tres añitos, sino veintiocho. ¡Cuánto

añoraba ver mi nombre impreso, sentirme escritor, jactarme ante todos de ser el preferido

de las musas y de Apolo! Y qué desilusión cuando en la revista El Arrojo de Suvórov, que

Dios les dé salud muchos años, me devolvieron el manuscrito bajo el pretexto cortés de

que lo narrado en Ocurrió durante la guardia no constituía un hecho típico en nuestro

ejército. Santas palabras. A lo largo de mi vida he estado de guardia unas doscientas

horas, y solamente en una ocasión se sumaron otros ruidos al susurro de las hojas, al

sonido de mis pasos y, en especial, al crujido somnoliento de las ramas. Lo que ocurrió

fue que en la más negra penumbra alguien intentaba, con terquedad y decisión, atravesar

la cerca de alambre espino, sin reaccionar a mis gritos desesperados de «¡Alto! ¡Alto!

¿Quién va?». El jefe de la guardia, que se acercó corriendo al oír los disparos, descubrió

un macho cabrío muerto, enredado en la alambrada. Airado, me prometió mandarme al

calabozo, pero después todo se arregló...

No, no les daré mi Ocurrió durante la guardia para que le hagan la autopsia. Lo dejo

aquí. Y nuevamente pensé que si a el os les daba lo mismo analizar Ocurrió durante la

guardia o un butacón con una ruina humana, todo aquel invento con la entropía del

lenguaje era una idiotez.

Aparté las «Creaciones de los años de juventud» y tomé otra carpeta, de aspecto

totalmente moderno, bien atada con cintas rojas perfectamente conservadas. Había una

etiqueta blanca en la cubierta, que decía:

FRAGMENTOS, COSAS NO PUBLICADAS, TRAMAS, PLANES.

Abrí la carpeta y al momento tropecé con un relato titulado Narciso, escrito en el año

cincuenta y siete. Recuerdo muy bien ese cuento. Los personajes son: el doctor Lobs,

Chois du Gurzel e, el conde Denker, la baronesa Lust... Se menciona también a:

Cartesais-Chanoise, «idiota total, impotente desde los dieciséis años», así como a Estella

Bois-Cossut, tía del conde Denker, sádica y lesbiana. El quid de este cuento consiste en

que el mencionado Chois du Gurzelle, aristócrata e hipnotizador de poder poco corriente,

tropieza con su imagen reflejada en el espejo en el momento en que «su mirada rebosaba

deseo implorante, con el a daba una orden tierna y orgullosa, un llamado a la sumisión y

al amor». Y como «ni siquiera el propio Chois du Gurzel e podía oponerse a la voluntad de

Chois du Gurzel e», el pobrecil o se enamora locamente de sí mismo. Como Narciso. Un

relato diabólicamente elegante y aristocrático. Estaba también el siguiente pasaje:

Por suerte para él, después de Narciso había vivido el pastor Onán. Y el

conde vive consigo mismo, asiste a las fiestas y coquetea con las damas,

probablemente dando lugar en su interior a unos agradables y emocionantes

celos de sí mismo.

12

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

¡Ay, ay, ay, ay, cuánta basura amanerada, grosera, de salón! Y pensar que eso salió de

la misma parcela de mi alma de donde salieron, quince años después, mis Cuentos

infantiles modernos, de donde ahora surge mi Carpeta Azul...

No, no les entregaré mi Narciso. En primer lugar, porque sólo existe una copia. Y en

segundo, nadie tiene necesidad de saber que Félix Alexándrovich Sorokin, autor de la

novela Camaradas oficiales y de la obra de teatro ¡Alinearse por el centro!, sin mencionar

siquiera multitud de guiones y reportajes militares, también escribe todo tipo de

fantasmagorías pornográficas.

Esto es lo que les voy a dar. Año cincuenta y ocho. Los Koriaguin.

Obra en tres actos. Personajes: Serguei Ivánovich Koriaguin, científico, de

unos 60 años: su esposa Irina Petrovna, de 45 años: Nikolai Serguéievich

Koriaguin. hijo de su primer matrimonio, oficial desmovilizado, de unos 30

años. Y otros siete personajes: estudiantes, artistas, alumnos de la academia

militar. La acción transcurre en Moscú, en nuestros días.

Ama: Escucha, ¿puedo preguntarte una cosa?

Nikolai: Inténtalo.

Ama: ¿Y no te enfadarás?

Nikolai: Depende... No. no me enfadaré. ¿Se trata de mi esposa?

Ama: Sí. ¿Por qué te divorciaste de el a?

Muy bien. Antón Pávlovich. Konstantín Serguéievich. Vladímir Ivánovich2. Lo

fundamental es que está inconclusa y nunca será terminada. Eso es lo que les daré.

Tras apartar el manuscrito y dejarlo a mi espalda, me dediqué a meter todo lo demás a

empujones en el pequeño armario, y en ese instante cayó en mis manos una libreta

corriente, de cubierta marrón, hinchada por multitud de cuartillas que asomaban entre sus

páginas. Sonreí, alegre, y dije: «¡Conque estás aquí, palomita!», porque aquella libreta era

sagrada, preciosa: se trataba de mi diario de trabajo que había perdido el año pasado,

cuando por última vez intenté poner orden en mis papeles.

La libreta se abrió por sí sola en mis manos y apareció mi amado lapicero checo, un

lapicero nada corriente, sino afortunado; debía escribir todos los guiones con este lapicero

y con ningún otro, aunque debo aceptar que era bastante incómodo, porque el plástico

estaba roto por dos lugares y si presionaba mucho, sin cuidado, la barra de grafito se

metía hacia dentro.

Resulta que me había olvidado totalmente de que la libreta comenzaba un 30 de

marzo, casi exactamente once años atrás. En aquellos tiempos yo estaba escribiendo el

relato Familia de acero, sobre los ocupantes de los carros de combate contemporáneos,

pacíficos, por así decirlo. Lo escribía con dificultad, aquel relato costaba sangre y

lágrimas. Recuerdo que visité en varias ocasiones unidades militares, en comisión de

servicio; se me congeló la oreja derecha y no saqué nada en claro de todo aquello. Me

rechazaron el relato. Al menos doy las gracias porque no tuve que devolver el anticipo.

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