Arkadi Strugatsky - DESTINOS TRUNCADOS

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Siempre me decía a mí mismo: no descuelgues el teléfono cuando te dispones a salir

de casa y ya te has vestido. Pero podía ser que Rita hubiera vuelto de su viaje de trabajo,

¿cómo no responder al teléfono? Lo hice, y en ese momento me arrepentí, pues no se

trataba de Rita, sino de Lionia Bárinov, apodado Jerbo.

Tengo varios amigos que se especializan en l amadas telefónicas inoportunas. Por

ejemplo, Slava Krutoiarski me llama únicamente en el momento en que estoy tomando la

sopa. Puede tratarse de un borsch o de una solianka. Lo fundamental es que me haya

tomado la mitad, para que la otra mitad se enfríe en el plato durante la conversación

telefónica. Garik Aganián escoge el momento en que estoy sentado en el water y, para

más inri, espero una llamada importante. Pero Lionia Bárinov tiene otra especialidad:

llama cuando me dispongo a salir y ya me he puesto el abrigo; o cuando tengo la

intención de darme una ducha y estoy totalmente desnudo; o muy temprano en la

mañana, a eso de las siete, llama y con una temblorosa voz de bajo pregunta: «¿Cómo

estás?».

—¿Cómo estás? —me preguntó con su voz de ultratumba Lionia Bárinov, apodado

Jerbo.

—Salgo en este momento —dije con sequedad, pero fue una jugada errónea.

—¿Adónde vas? —preguntó al instante.

—Lionia —ahora, mi tono era implorante—, ¿no sería mejor que te l amara más tarde?

¿O se trata de algo importante?

Por supuesto, Lionia llamaba por un asunto importante. Se trataba de que hasta él

había llegado el rumor (hasta él siempre l egaba algún rumor) de que, a todos los

escritores que no habían publicado nada en los dos últimos años, los iban a echar del

gremio. ¿Había oído yo algo en este sentido? ¿De verdad que no me habían comentado

nada? ¿Y no sería que no le había prestado atención? Porque yo nunca presto atención,

y por eso los acontecimientos me sorprenden... ¿O quizá no expulsen a nadie, sino se

limiten a retirar los pases de acceso al club? ¿Qué pensaba yo de eso?

Le dije qué pensaba.

—No seas grosero —repuso Lionia, conciliador—. Está bien. ¿Y adonde vas?

Le dije que iba a echar un certificado al correo, y después iría a la calle Bánnaia. A

Lionia no le interesó nada de aquel o.

—¿Y de ahí, adonde irás? —preguntó.

Le dije que, con toda seguridad, después iría al club.

—¿Y para qué vas hoy al club?

A punto de estallar, le respondí que tenía cosas que hacer al í: cortar leña y limpiar los

conductos de la calefacción.

18

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

—Otra grosería —pronunció Lionia con tristeza—. ¿Por qué sois todos tan groseros?

Todos sois unos groseros. Bueno, si no quieres hablar por teléfono, está bien. Me lo

cuentas en el club. Pero ten en cuenta que no tengo dinero...

Finalmente colgué y me quedé mirando por la ventana. Se había hecho de noche, ya

era hora de encender la luz. Estaba sentado junto al escritorio, con abrigo y gorro de piel,

con mis botas cálidas y pesadas. Y ahora no tenía el menor deseo de ir a ninguna parte.

A fin de cuentas, la carta para Japón no tenía por qué certificarla, no se perdería, bastaba

con ponerle más sellos y echarla al buzón. Y la calle Bánnaia estaría ahí mañana, no iba

a desaparecer... Se había desencadenado una tormenta de nieve, apenas se veía nada.

El edificio de enfrente se había convertido en unas difusas luces amaril as. Pero

quedarme aquí sentado, sin comer, con doscientos rublos en el bolsillo, era también una

tontería y un despilfarro. Bajaría un momento; de todos modos ya tenía puesto el abrigo.

Y bajé a nuestra dulcería. A nuestra extraña dulcería, donde a la izquierda del

mostrador florecen las tartas de crema, y a la derecha brillan las filas de botellas de licor.

Allí, a la izquierda se amontonan las ancianas, las damas y los niños, y a la derecha, en

ordenada cola, están los señores distinguidos, con portafolios o maletines, junto a otros

hermanos de raciocinio, que hablan con excitación, presintiendo inminentes placeres

gustativos. De la izquierda no necesitaba nada, pero compré en la derecha una botella de

coñac y una botella de gaseosa Salyut.

Y mientras subía en el ascensor al piso dieciséis con la botella de licor entre el brazo y

el costado, me secaba de la frente la nieve derretida, sabiendo ya cómo pasaría la velada.

Quizá la causa de todo fuera la tormenta de la que acababa de salir, aquella nevada

cegadora que había devorado lo que quedaba de la jornada; o pudiera ser que yo, como

todos mis hermanos de raciocinio, no fuera ajeno a los presentimientos agradables, pero

tenía una cosa totalmente clara: si tenía que concluir aquel día en casa y mi Rita no había

regresado aún, no telefonearía ni a Goga Chachua, ni a Slava Krutoiarski, sino que

concluiría la velada de un modo especial, a solas, lejos de aquellos con quienes me

reunía en las comisiones, en los seminarios, en las redacciones y en el restaurante del

club, estaría solo con aquel a quien no conocían en ninguna parte.

Ahora, él y yo recogeríamos la mesa de la cocina, dispondríamos sobre manteles

bordados las botellas y las fuentecillas de aluminio con mantequilla y carne en gelatina,

traída del Hotel Progress, encenderíamos las luces de todo el piso, ¡hágase la luz!, y

traeríamos la lámpara de pie del despacho, él y yo abriríamos el único cajón de la mesa

que se cierra con llave, sacaríamos la Carpeta Azul y, cuando l egara el momento,

desataríamos las cintas verdes.

Mientras me sacudía la nieve de encima, mientras me quitaba el abrigo y me ponía un

atuendo más casero, mientras llevaba a cabo mi sencillo programa preliminar, pensaba

constantemente qué hacer con el teléfono. De pronto, recordé que esta misma noche me

podían l amar, peor aún, debían llamar muchos, incluso gente a quien necesitaba. Pero

por otra parte, cuando media hora antes me disponía a pasar la velada en el club, no me

había acordado de aquel o, y si lo hubiera hecho, no hubiera considerado necesarias

aquellas l amadas. Inmerso en semejante combate interior, mi mano se movió y

desconectó el teléfono.

De repente, todo en casa se volvió cómodo, acogedor y tranquilo, aunque al otro lado

de la pared seguía sonando un piano aporreado por manos torpes, y del respiradero junto

al techo l egaban los gemidos y borboteos de un bardo de grabadora.

Finalmente, llegó el momento, pero no me apresuré, permanecí unos instantes más

mirando la tormenta desencadenada que desde las tinieblas golpeaba los cristales de la

ventana con un susurro seco. Y lamenté que allí, en lo mío, no hubiera tormentas de

19

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

nieve. A pesar de que allí ocurren muchas cosas. Sobre todo, de las que no suceden

aquí.

Desaté lentamente las cintas de la carpeta y levanté la tapa. Por un instante pensé con

sentimiento y alegría que no me permitía aquello con frecuencia, y ese día no me lo

hubiera permitido a no ser... ¿por qué? ¿La tormenta? ¿Lionia Jerbo?

En la hoja titular no había encabezamiento. Había una cita:

Estoy en el tercer círculo, donde cae la lluvia...

aunque los condenados que aquí viven

nunca la perfección alcanzarán,

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