Arkadi Strugatsky - DESTINOS TRUNCADOS

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Hacía su entrada Pavor, que venía directamente de la calle, con la capa empapada.

—Buenas noches —dijo el recién llegado—. Estoy mojado hasta los huesos, me

apetece beber.

—De nuevo apesta a limo —pronunció indignado el doctor R. Kvadriga, que despertaba

de un trance alcohólico—. Siempre apesta a limo. Como un estanque. O una planta

acuática.

—¿Qué estáis bebiendo? —preguntó Pavor.

—¿Quién? ¿Nosotros? —respondió Gólem—. Yo, como siempre, bebo coñac. Víktor

bebe ginebra. Y el doctor, de todo, por turno.

—¡Qué vergüenza! —exclamó el doctor R. Kvadriga con indignación—. ¡Escamas! ¡Y

cabezas!

—¡Un coñac doble! —le gritó Pavor al camarero.

Tenía el rostro mojado por la l uvia, el cabello pegado a la cabeza, y por sus mejil as

afeitadas corrían bril antes hilillos de agua. Otro rostro viril, seguramente muchos se lo

envidiaban. ¿De dónde saca semejante rostro un inspector sanitario? Un rostro viril

significa: l ueve, los proyectores lo iluminan todo, las sombras pasan volando por los

vagones oscuros, se distorsionan... Todo es negro y reluciente, solamente negro y

solamente reluciente, y no hay conversaciones, no hay habladurías, únicamente órdenes

y todos obedecen... Y no tiene que ser en vagones, puede ser en aviones, un aeródromo,

y después nadie sabe dónde estuvo, de dónde vino... Las chicas se desmayan, y los

hombres sienten deseos de hacer algo viril, por ejemplo, enderezar los hombros y meter

la panza. A Gólem no le vendría mal meter la panza, pero no tiene dónde meterla, todo el

sitio está ocupado. El doctor R. Kvadriga sí podría hacerlo, pero no podría enderezar los

hombros, lleva encorvado demasiados días, para siempre. Por las noches está encorvado

sobre la mesa, por las mañanas sobre el lavabo, y por el día se encoge a causa de su

hígado enfermo. Y eso significa que aquí soy el único capaz de meter la panza y

enderezar los hombros, pero es mejor que virilmente me beba un vaso de ginebra.

—Ninfómano —dijo el doctor R. Kvadriga con tristeza, mirando a Pavor—.

Ondinómano. Con algas.

—Cierre esa boca, doctor —dijo Pavor, que se secaba el rostro con servilletas de

papel, las arrugaba y las tiraba al suelo. Después, se puso a secarse las manos.

—¿Con quién ha peleado? —preguntó Víktor.

—Violado por un mohoso —pronunció el doctor R. Kvadriga, que a duras penas trataba

de separar los ojos que se le habían cruzado sobre el puente de la nariz.

—Por ahora, con nadie —respondió Pavor y miró atentamente al doctor, pero R.

Kvadriga no se dio cuenta de el o.

24

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

El camarero trajo la copa. Pavor se la bebió lentamente y se levantó.

—Voy a lavarme —dijo, con voz calmada—. Fuera de la ciudad sólo hay fango, todo

está hundido en la mierda. —Y se fue, tropezando con una sil a por el camino.

—A mi inspector le ocurre algo —dijo Gólem, que con un movimiento de los dedos tiró

una servilleta al suelo—. Algo de escala mundial. ¿No sabréis por casualidad de qué se

trata?

—A usted le resultaría más fácil saberlo —replicó Víktor—, él lo inspecciona a usted, y

no a mí. Y además, usted lo sabe todo. A propósito, Gólem, ¿de dónde lo sabe usted

todo?

—Nadie sabe nada —objetó Gólem—. Algunos adivinan. Muy pocos, sólo los que

quieren hacerlo. Pero no es posible preguntar de dónde lo adivinan, sería violar el idioma.

¿Adonde va la l uvia? ¿Con qué sale el sol? Si Shakespeare hubiera escrito algo por el

estilo, ¿se lo perdonaría? Seguramente a Shakespeare se lo perdonaría. A Shakespeare

le perdonamos muchas cosas, pero a Bánev... Oiga, señor literato, tengo una idea. Yo me

bebo el coñac y usted termine con esa ginebra. ¿O ya no bebe más?

—Gólem —dijo Víktor—, ¿sabe que soy un hombre de hierro?

—Lo adivino.

—¿Y qué conclusión saca de el o?

—Que teme oxidarse.

—Supongamos —dijo Víktor—. Pero no hablo de eso. Quiero decir que puedo beber

mucho y largo rato, sin perder el equilibrio moral.

—Ah, se trataba de eso —dijo de repente el doctor R. Kvadriga, con voz clara—. ¿Me

he presentado ya, señores? Tengo el honor: Rem Kvadriga, pintor, doctor honoris causa,

miembro de honor... A ti te conozco —le dijo a Víktor—. Tú y yo estudiamos juntos y

también... Pero usted, perdóneme...

—Me l amo Yul Gólem.

—Es un placer. ¿Escultor?

—No. Médico.

—¿Cirujano?

—Soy el médico principal de la leprosería —explicó Gólem con paciencia.

—¡Ah, claro! —respondió el doctor R. Kvadriga, sacudiendo la cabeza como un caballo

—. Por supuesto. Perdóneme, Yul... Pero ¿por qué lo oculta? Usted no es médico allí.

Usted cría mohosos... Me hago una idea. Necesitamos personas así... Perdone —dijo

repentinamente—. Ahora vengo.

Se levantó del butacón y se dirigió a la salida, moviéndose entre las mesas vacías. El

camarero se le acercó presuroso, y el doctor R. Kvadriga le echó el brazo al cuello.

—Todo es debido a la lluvia —dijo Gólem—. Estamos respirando agua. Pero no somos

peces: o nos morimos, o bien nos iremos de aquí. —Miró a Víktor con aire serio y triste—.

Y la lluvia caerá sobre una ciudad vacía, lavará el pavimento, goteará a través de los

techos, de los techos podridos... después lo barrerá todo, disolverá la ciudad en la tierra

primigenia, pero no se detendrá, seguirá y seguirá cayendo.

—El apocalipsis —masculló Víktor, por decir algo.

—Sí, el apocalipsis... Lloverá y lloverá, la tierra rebosará agua y crecerá una nueva

cosecha, diferente a las de antes, y entre las espigas de trigo no habrá malas hierbas.

Pero tampoco estaremos nosotros para gozar del nuevo universo...

Si no tuviera esas bolsas grisáceas bajo los ojos, si no fuera por esa panza colgante y

gelatinosa, si esa portentosa nariz semita no se pareciera tanto a una carta topográfica...

25

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

Aunque si se piensa en ello, todos los profetas fueron unos borrachos, pues aquello era

demasiado angustioso: uno lo sabe todo, pero nadie lo cree. Si en la plantilla de los

departamentos introdujeran el cargo de profeta, tendrían que ponerlo a un nivel no inferior

al de consejero secreto, para reforzar su autoridad. Pero, con toda seguridad, eso

tampoco ayudaría...

—Por pesimismo sistemático que conduce a subvertir la disciplina del servicio y la fe en

un futuro razonable, ordeno: lapidar al consejero secreto Gólem en la plaza del cadalso.

—Solamente soy consejero colegiado —dijo Gólem con un sonido de asombro—.

Además, ¿qué profetas hay en nuestro tiempo? No conozco a ninguno. Muchos falsos

profetas, pero ninguno verdadero. En nuestro tiempo no se puede prever el futuro, es una

violación del idioma. ¿Qué diría si leyera que Shakespeare ha escrito «prever el

presente»? ¿Acaso es posible prever un armario en el dormitorio propio? Ahí viene mi

inspector. ¿Cómo se siente, inspector?

—Maravillosamente —dijo Pavor, tomando asiento—. Camarero, un coñac doble. Allí,

en el vestíbulo, hay cuatro tipos aguantando a nuestro pintor. Le están explicando dónde

se encuentra la entrada al restaurante. Decidí no inmiscuirme, pues él no cree en nadie y

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