Arkadi Strugatsky - DESTINOS TRUNCADOS

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se pelea... ¿De qué armarios estáis hablando?

Estaba seco, elegante y fresco, y olía a agua de colonia.

—Hablamos del futuro —dijo Gólem.

—¿Qué sentido tiene hablar del futuro? —objetó Pavor—. No se habla del futuro, se

construye. He aquí una copa de coñac. Está llena. Yo la dejo vacía. De esta manera. Un

hombre inteligente dijo que el futuro no se podía prever, pero se podía inventar.

—Otro hombre inteligente dijo —apuntó Víktor— que el futuro no existe, solamente

existe el presente.

—No me gusta la filosofía clásica —dijo Pavor—. Esos no eran capaces de nada y no

deseaban nada. Simplemente les gustaba meditar, igual que a Gólem le gusta beber. El

futuro es un presente cuidadosamente neutralizado.

—Cuando en presencia mía —dijo Gólem—, un civil empieza a razonar como un

militar, comienzo a sentir algo extraño.

—Los militares nunca razonan —objetó Pavor—. Sólo tienen reflejos y sienten algunas

emociones.

—Es igual en la mayoría de los civiles —dijo Víktor, mientras se palpaba la nuca.

—Ahora nadie tiene tiempo de razonar —explicó Pavor—. Ni los civiles, ni los militares.

Ahora hay que moverse deprisa. Si te interesa el futuro, invéntalo a la mayor brevedad, al

paso, según los reflejos y las emociones.

—Los inventores, al infierno —respondió Víktor.

Se sentía ebrio y alegre. Todo estaba en su lugar. No quería ir a ninguna parte, quería

permanecer al í, en aquel salón vacío, oscuro, todavía no muy antiguo, pero que ya

mostraba manchones húmedos en las paredes, tenía el parqué combado y olía a cocina,

sobre todo al recordar que afuera, en todo el mundo, l ovía, que la lluvia caía sobre los

adoquines de las calles, sobre los techos a dos aguas, la l uvia que bañaba montañas e

inundaba l anuras, y en algún momento las barrería, cosa que no ocurriría pronto...

aunque si lo pensaba, ahora era imposible mencionar algo que no ocurriría pronto. Sí,

amigos míos, hace tiempo que pasó aquel momento en que el futuro era la repetición del

presente y todos los cambios asomaban más allá del horizonte. Gólem tiene razón, en el

mundo no existe futuro alguno, se ha fundido con el presente y ahora es imposible saber

qué cosa es qué.

—¡Violado por un mohoso! —dijo Pavor, malévolo.

26

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

En las puertas del restaurante apareció el doctor R. Kvadriga. Estuvo parado allí varios

segundos, examinando con mucha atención las filas de mesitas vacías; a continuación se

le aclaró el rostro y, balanceándose hacia delante, se dirigió a su lugar.

—¿Por qué los l ama mohosos? —preguntó Víktor—. ¿Están mohosos a causa de la

lluvia?

—¿Y por qué no? —replicó Pavor—. En su opinión, ¿cómo debemos l amarlos?

El doctor R. Kvadriga se aproximaba. Por delante estaba totalmente mojado, al parecer

lo habían lavado en el lavabo. Tenía cara de agotamiento y desencanto.

—Vaya uno a saber —dijo, todavía desde lejos, con gesto de asco—. Nunca me había

ocurrido semejante cosa: ¡no había entrada! Por doquier, solamente ventanas. Me parece

que les he hecho esperar, señores. —Se dejó caer en su butacón y entonces descubrió a

Pavor—. Está de nuevo aquí —le dijo a Gólem en un susurro confidencial—. Espero que

no les moleste. A mí, si quieren saberlo, me ha ocurrido una historia asombrosa. Me han

bañado totalmente. —Gólem le sirvió coñac—. Muchas gracias, pero creo que mejor dejo

pasar un par de rondas. Hay que secarse.

—En general, estoy a favor de todo lo antiguo y bueno —proclamó Víktor—. Que los

gafudos sigan siendo gafudos. Y en general, que todo permanezca sin cambios. Soy un

conservador. ¡Atención! —dijo en voz alta—. Se propone un brindis por el

conservadurismo. Un minuto... —Se sirvió ginebra, se levantó y apoyó la mano sobre el

espaldar del butacón—. Soy un conservador —repitió—. Y cada año me vuelvo más

conservador, pero no porque envejezca, sino porque siento la necesidad de el o...

Pavor, que estaba sobrio y tenía lista su copa, lo miró de arriba abajo con marcada

atención. Gólem comía lentamente sus anguilas, y el doctor R. Kvadriga parecía estar

intentando entender de quién era la voz que escuchaba y de dónde venía. Todo estaba en

orden.

—A la gente le gusta criticar al gobierno por su conservadurismo —proseguía Víktor—.

Les encanta entonar loas al progreso. Es una nueva moda, tonta como todo lo nuevo. La

gente debería rogarle a Dios para que les diera el gobierno más conformista, torcido y de

miras más estrechas...

En aquel momento, hasta Gólem levantó la vista para mirarlo, y Teddy, detrás del

mostrador, dejó de limpiar las botellas y comenzó a prestar atención. Pero Víktor sintió un

agudo dolor en la nuca y tuvo que dejar la copa sobre la mesa para acariciarse el chichón.

—Señores, el aparato estatal siempre consideró que su tarea fundamental consistía en

mantener el statu quo. No sé hasta qué punto eso se justificaba antes, pero ahora es una

función estatal completamente indispensable. Yo definiría esa función de la siguiente

manera: impedir, por todos los medios, que el futuro meta sus tentáculos en nuestro

tiempo, cortar estos tentáculos y quemarlos con un hierro al rojo. Interferir en el trabajo de

los inventores, estimular a charlatanes y escolásticos... introducir en todos los gimnasios

únicamente la educación clásica. Y en los puestos superiores del estado sólo debe haber

ancianos, con grandes cargas familiares y grandes deudas, no menores de sesenta años,

para que recibieran sobornos y durmieran durante las reuniones.

—Qué cosas dice, Víktor —dijo Pavor, con tono de reproche.

—¡No, está bien! —intervino Gólem—. Es inusitadamente agradable escuchar

discursos tan serenos y leales.

—¡Aún no he concluido, señores! A los científicos con talento hay que darles puestos

de administradores, con salarios elevados. Aprobar todos los inventos, pagar poco por

el os y meterlos en el cajón de abajo. Introducir impuestos draconianos por cada novedad

comercial y productiva. —«¿Y por qué estoy de pie?», pensó Víktor y se sentó—. Bien,

¿qué le ha parecido? —le preguntó a Gólem.

27

A

r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

—Tiene usted toda la razón. Ahora, aquí todos son radicales. Hasta el director del

gimnasio. El conservadurismo es nuestra salvación.

—No habrá salvación posible —dijo Víktor con amargura, tras tomar un sorbo de

ginebra—. Porque todos los idiotas radicales no sólo creen en el progreso, sino que lo

aman y estiman que no pueden vivir sin él. Porque el progreso es, además de todo,

coches baratos, electrodomésticos y, en general, la posibilidad de trabajar menos y ganar

más. Y por eso, todo gobierno está obligado a accionar el freno con una mano... bueno,

no con la mano, a pisar el freno con un pie, y con el otro pisar el acelerador. Como un

corredor en una curva. El freno, para no perder la dirección, y el acelerador, para no

perder velocidad, o si no algún demagogo, partidario del progreso, los echará sin falta del

asiento del conductor.

—Es difícil discutir con usted —dijo Pavor, con cortesía.

—Pues no discuta —replicó Víktor—. No es necesario discutir: la verdad nace del

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