Arkadi Strugatsky - DESTINOS TRUNCADOS

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debate, que se vaya al diablo. —Se acarició suavemente el chichón y añadió—: Además,

seguramente digo todo esto debido a mi incultura. Todos los científicos son partidarios del

progreso, y yo no soy científico. Simplemente, soy un cupletista famoso.

—¿Por qué se toca constantemente la nuca? —preguntó Pavor.

—Un miserable me ha golpeado —dijo Víktor—. Con un puño americano... ¿Es

correcto lo que digo, Gólem? ¿Con un puño americano?

—Creo que sí. O podría ser con un ladrillo.

—¿De qué están hablando? —se asombró Pavor—. ¿Un puño americano? ¿En este

rincón provinciano?

—Véalo usted mismo —dijo Víktor, en tono aleccionador—. ¡El progreso! Bebamos otra

vez por el conservadurismo.

Llamaron al camarero y volvieron a beber por el conservadurismo. El reloj dio las

nueve, y una pareja conocida entró en el salón. Era un joven, de gruesas gafas, y su

acompañante, un tipo larguirucho. Ocuparon una mesa, encendieron la lamparita y se

dedicaron a estudiar la carta. El joven l evaba de nuevo un portafolios, que dejó a su lado

en un butacón libre. Siempre trataba muy bien a su portafolios. Tras dictarle el pedido al

camarero, ambos se estiraron en sus asientos y se dedicaron a mirar un punto en el

espacio, sin hablar.

«Qué pareja más extraña —pensó Víktor—. Una total falta de correspondencia. Es

como verlos a través de binoculares estropeados: uno se difumina y el otro está enfocado,

y al revés. Incompatibilidad absoluta. Con el joven de las gafas se podía hablar del

progreso, mientras que con el larguirucho, no. Pero ahora los voy a hacer coincidir.

¿Cómo lograrlo? Por ejemplo, de esta manera... Un banco estatal, los sótanos... cemento,

hormigón, alarmas... el larguirucho marca una combinación, la puerta de acero gira,

queda abierta la entrada al tesoro, ambos entran, el larguirucho marca otra combinación,

las puertas de la caja fuerte se abren y el joven mete los brazos hasta los codos en

brillantes.»

El doctor R. Kvadriga comenzó repentinamente a llorar y tomó la mano de Víktor.

—Pernocta en mi casa, ¿sí? —dijo. Víktor le sirvió ginebra de inmediato. R. Kvadriga

bebió y se secó la nariz—. En mi casa. Una villa. Hay una fuente. ¿Sí?

—Una fuente, es una excelente idea —comentó Víktor, tratando de eludir la invitación

—. ¿Qué más hay?

—Un sótano —dijo R. Kvadriga con tristeza—. Huellas. Tengo miedo. Es horrible.

¿Quieres que te la venda?

—Mejor regálamela —propuso Víktor.

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A

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e s t i n o s t r u n c a d o s

—Una lástima —dijo R. Kvadriga después de pestañear.

—Avaro —le reprochó Víktor—. Eres así desde la infancia. ¡Qué mezquino, quiere su

villa! Cómetela, ojalá te atragantes.

—Tú no me quieres —constató amargamente el doctor R. Kvadriga—. Nadie me

quiere.

—¿Y el señor Presidente? —preguntó Víktor, agresivo.

El Presidente es el padre del pueblo —dijo R. Kvadriga, animándose—. Un boceto en

tonos dorados... El Presidente en las trincheras. Un fragmento del cuadro El Presidente

bajo el fuego en primera línea.

—¿Y qué más? —se interesó Víktor.

El Presidente con impermeable —dijo R. Kvadriga con presteza—. Un mural,

panorámico.

Víktor, aburrido, cortó un trocito de anguila y se puso a escuchar a Gólem.

—Mire, Pavor, déjeme en paz. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Ya le he presentado los

informes —se quejaba Gólem—. Estoy listo para firmar sus conclusiones. ¿Quiere

quejarse de los militares? ¡Quéjese! O si lo desea, quéjese de mí.

—No quiero quejarme de usted —respondió Pavor, l evándose la mano al pecho.

—Entonces, no se queje.

—¡Déme algún consejo! ¿Es que no puede aconsejarme nada?

—Señores, qué aburrimiento —intervino Víktor—. Me voy.

No le prestaron atención. Apartó la silla, se incorporó y, sintiéndose muy borracho, se

encaminó hacia el mostrador. Teddy el calvo limpiaba las botellas y lo miraba sin

curiosidad.

—¿Como siempre? —preguntó.

—Espera... ¿Qué era lo que quería preguntarte?... ¡Sí! ¿Cómo andas, Teddy?

—Llueve —se limitó a decir el barman y le sirvió una copa de licor.

—Es horrible el tiempo que hace siempre en la ciudad —dijo Víktor y se recostó en el

mostrador—. ¿Qué dice tu barómetro?

Teddy metió la mano bajo el mostrador y sacó el «pronosticador». Las tres espinas

estaban muy pegadas al eje brillante, que parecía lacado.

—No va a aclarar —dijo Teddy, mirando atentamente el «pronosticador»—. Un invento

diabólico. —Meditó un poco y añadió—: Y vaya uno a saber, es posible que se haya roto

hace tiempo, ¿cómo comprobarlo? Lleva años lloviendo.

—Se puede viajar al Sahara.

—Qué tontería —dijo Teddy con un sonido burlón—. Ese amigo vuestro, Pavor, me

propone doscientas coronas por este cacharro.

—Seguramente porque está borracho. No sé para qué lo necesita...

—Eso mismo fue lo que le dije. —Teddy le dio vueltas entre las manos al

«pronosticador» y se lo acercó al ojo derecho—. No se lo daré —dijo, con decisión—. Que

se busque uno. —Metió el «pronosticador» bajo el mostrador, miró a Víktor, que hacía

girar la copa entre las manos y le informó—: Tu Diana ha venido.

—Hace rato —dijo Víktor, sin prestar mucha atención.

—Como a las cinco. Le di una caja de coñac. Roscheper sigue divirtiéndose, no para.

Manda a la gente en busca de coñac, el muy jeta. Vaya diputado. ¿No temes por ella?

Víktor se encogió de hombros. De repente, vio a Diana a su lado. Había aparecido

junto al mostrador, vistiendo una capa empapada, con el capuchón a la espalda, ella no

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r k a d i y B o r i s S t r u g a t s k y D

e s t i n o s t r u n c a d o s

miraba hacia él, que veía solamente su perfil y pensaba que de todas las mujeres que

había conocido antes, ella era la más bella y que con toda seguridad, nunca tendría otra

así. Diana estaba de pie, recostada en el mostrador, y su rostro era muy pálido e

indiferente, y era la más bella de todas: en ella, todo era bel o. Siempre. Cuando l oraba y

cuando se reía, cuando se enfurecía o cuando algo no le importaba, e incluso cuando se

moría de frío, y sobre todo cuando se sentía inspirada.

«Ay, qué borracho estoy —pensó Víktor—, y seguramente apesto a alcohol como R.

Kvadriga.» Estiró el labio inferior y se echó el aliento a la nariz. No pudo poner nada en

claro.

—Los caminos están mojados, resbaladizos —decía Teddy—. Hay niebla... Y también

te diré que ese tal Roscheper seguramente es un mujeriego, un viejo cabrón.

—Roscheper es impotente —objetó Víktor, que bebía maquinalmente.

—¿Eso te lo dijo ella?

—Basta, Teddy. Es suficiente.

Teddy lo miró atentamente, después suspiró, se agachó con dificultad, buscó algo bajo

el mostrador, se levantó y puso ante Víktor un frasco con amoníaco y un paquete de té

abierto. Víktor echó un vistazo al reloj y se puso a mirar cómo Teddy, sin prisa, tomaba

una copa limpia, vertía soda en ella, echaba algunas gotitas del frasco y con la misma

lentitud lo revolvía todo con una varilla de vidrio. Después, empujó la copa hacia Víktor,

que la tomó y se la bebió frunciendo el ceño y conteniendo la respiración. Fresca y

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