Uno de los hombres salió, fue a descansar del esfuerzo. Es Gargajillo, nacido de madre y padre, casado y con hijos, y esto es poco decir porque el otro, el que se ha quedado dentro guardando al preso, el que se llama Gargajo también nació de padre y madre, también está casado y tiene hijos, cómo vamos a distinguirlos de no ser por las facciones, y aun así, y por los nombres, uno es Gargajo y el otro Gargajillo, no son parientes aunque pertenezcan a la misma familia. Se pasea por el corredor, va tan cansado que se da un golpe contra el banco, Esto acaba con uno, esos tipos que no hablan, pero se va a joder o no me llamo Gargajillo. Se bebe toda una jarra de agua, es una fiebre ardiente, y entonces le entra un telele nervioso y vuelve a entrar en el cuarto, ya descansado y con fuerzas, es un tifón, se lanza como un perro contra Germano Santos Vidigal, es un perro y se llama Gargajillo, y es como si Gargajo le estuviera haciendo Chis, chis, sólo le falta morder, quizá incluso muerde, más tarde se verá que esto son señales de dientes, de hombre, o de perro, eso es lo que resulta dudoso, que a veces a algunos hombres les salen dientes de perro, todo el mundo lo sabe. Pobres perros, enseñados a morder a quien deberían respetar y donde no deberían, aquí, en este lugar mío en que soy hombre, no más de lo que en el brazo o en la barbilla, o en este otro lugar que es el corazón, modo diferente de ser ojos, o en el cerebro, ojos verdaderos. Pero ya de pequeño me decían que esta máquina inquieta es lo que tengo más de hombre, y aunque no lo creyera demasiado, le tengo aprecio, y no es justo que muerdan ahí los perros.
La hormiga grande va ya en su quinto viaje y el juego continúa. Esta vez salió Gargajo a descansar, fue hasta el patio a desahogarse fumando un cigarrillo, pasó por el despacho del teniente Contento para informarse de cómo iban las operaciones de campo, las grandes maniobras, y el teniente dijo que estaban haciendo una rebatiña general de huelguistas por el concejo, con todos los efectivos en acción, la cosa iría mejor si nos hubieran mandado más refuerzos, aunque contaba con reunir a otros tantos como los que había en la plaza de toros, Y ese Germano Vidigal, ha hablado ya, esto pregunta el teniente Contento, discreto, porque en fin, no es cosa suya y Gargajo no tenía ninguna obligación de responderle si no quería, pero respondió, Aún no, el tipo es duro, y el teniente, solícito y servicial, Habrá que usar los grandes medios. Este pequeño Torquemada de Montemor es un buen ayudante, da techo y protección, y a esto añade el consejo, y tras encender un pitillo, oye la respuesta de Gargajo, que la da de mala manera, Sabemos muy bien lo que hacemos, y salió dando un portazo, Vaya con el majadero éste, y es posible que por eso, por culpa de esta contrariedad, entró en el cuarto por donde andaban las hormigas y sacó del cajón un vergajo trabado de acero, arma mortal, pasó la correa por la muñeca para mayor seguridad, y cuando este hombre de padecer intentaba, aturdido, esquivar las arremetidas de Gargajillo, cayó el sibilante azote sobre los hombros, y luego espalda abajo, centímetro a centímetro, como si majase centeno verde, hasta los ríñones, ahí se demoró, ciego y con los ojos abiertos, que no hay peor ciego que éste, ritmando los golpes sobre el hombre caído ahora en el suelo, metódicamente, para no fatigarse en exceso, todo se paga menos la fatiga, pero poco a poco va perdiendo el dominio de sí mismo y todo él se transforma en una máquina de golpear presa de un delirio, en un autómata borracho, hasta el punto de que Gargajillo lo agarra del brazo, Espera, hombre, no exageres, que la va a palmar. Saben mucho de esto las hormigas, que están muy habituadas a ver a sus muertos y a hacer diagnósticos a la primera, a veces van en fila arrastrando una barba de espiga y tropiezan con una cosilla rugosa, abarquillada, casi indescifrable, pero no vacilan, mueven las antenas hacia un lado y hacia otro, embarazadas con la carga pero muy habladoras en su morse, Aquí hay una hormiga muerta, y luego se distraen mirando en otra dirección y cuando uno vuelve a aquel lugar ya el cadáver desapareció, las hormigas son así, no dejan a la vista a sus muertos caídos en el cumplimiento del deber, y por todo cuanto queda dicho la hormiga grande, que iba ya en su séptimo viaje y va ahora a pasar, levanta la cabeza y mira la gran nube que tiene ante los ojos, pero luego hace un esfuerzo, ajusta su mecanismo de visión y piensa, Qué pálido está este hombre, no parece el mismo, la cara hinchada, los labios partidos, y los ojos, pobrecillos los ojos, ni se ven entre las mataduras, tan diferentes de cuando llegó, pero lo conozco por el olor, que es el mejor sentido de las hormigas. Está en este pensamiento cuando de pronto escapa el rostro de su alcance porque los otros dos hombres tiran de éste y lo ponen de espaldas, le echan agua en la cara, un jarro lleno de agua que por casualidad viene fresca, sacada del hondo y negro pozo, con la bomba, no sabía esta agua para qué estaba guardada, venida de las entrañas de la tierra, viajante subterránea durante mucho tiempo, después de haber conocido otros lugares, los escalones pedregosos de una fuente, la aspereza luminosa de la arena, la blandura tibia del lodo, la calma pútrida del cenagal y el fuego del sol que lentamente la borró de la tierra, adonde fue que nadie la vio, y finalmente está en aquella nube que pasa, cuánto tiempo después, de repente cayó sobre la tierra, vino desamparada de lo alto, bella es la tierra que el agua ve, y si el agua puede elegir el lugar donde ha de caer, si pudiese, no habría tanta sed o tanta abundancia tiempo después, de repente cayó sobre la tierra, fue viajando, decantándose, agua pura, purísima, hasta encontrar la vena, el caudal secreto, el cauce perforado ahora por una bomba aspirante, pozo sereno y oscuro, y súbitamente un jarro, prendida en la trampa brillante el agua, ahora qué destino, matar una sed, o no, la derraman desde lo alto sobre un rostro, caída brusca pero amortiguada pronto en este fluir lento por los labios, por los ojos, por la nariz y la barbilla, por las mejillas chupadas, por la frente mojada de otra agua que es el sudor, y así conoce la máscara aún viva de este hombre. Pero el agua cae al suelo, lo ha salpicado todo alrededor, y las baldosas quedan rojas, sin contar las hormigas que han muerto ahogadas, se salvó la grande porque va en su octavo viaje y no se cansa.
Gargajo y Gargajillo levantan a Germano Santos Vidigal por las axilas, lo alzan a peso, no querría que se molestaran, y lo sientan en una silla. Gargajo tiene aún el látigo en la mano, pasada la correa por la muñeca, ya se le ha ido la furia de golpear así, pero da un grito, Cabrón, y escupe en la cara del hombre derrumbado en la silla como una chaqueta que alguien se quitó y está vacía. Abre los ojos Germano Santos Vidigal y, por increíble que parezca, lo que ve es la hilera de hormigas, quizá por ser más espesa en el lugar que los ojos ven al abrirse, al azar, no es extraño, la sangre humana es un manjar para las hormigas, y ellas, pensándolo bien, no viven de otra cosa, allí cayeron juntas tres gotas de sangre, padre Agamedes, y tres gotas de sangre forman un charco, un lago, un mar océano. Abrió los ojos, si esto es abrir, unas hendiduras estrechísimas por donde la luz apenas puede penetrar, y la que entra es excesiva, tan vivo el dolor en las pupilas, sentido sólo por ser dolor nuevo, cuchillo que viene a clavarse donde otros cien están clavados y en la carne se revuelven, y habiendo gemido balbuceó algunas palabras ante las que Gargajo y Gargajillo ansiosamente se inclinan, arrepentidos ya de tan gran castigo, a ver si ahora no es capaz de hablar, pero lo que Germano Santos Vidigal quiere, pobre hombre sujeto aún a las necesidades del cuerpo, es ir ahí dentro, a aliviar la vejiga que sabe Dios por qué ha dado ahora señal de urgencia, o allí mismo se derramará. No quieren Gargajo y Gargajillo ensuciar el suelo más de lo que se vio, y también con la esperanza de que al fin se haya quebrado la resistencia del obstinado y que de ello sea esta petición una primera señal, va uno a la puerta a ver si el corredor está libre, hace un gesto y vuelve adentro y entre los dos amparan a Germano Santos Vidigal en los cinco metros que lo separan de la letrina, lo sientan en los travesaños del urinario, y es el pobre quien tiene que desabrocharse con dedos torpes, buscando y extrayendo fuera de la bragueta el torturado instrumento, sin atreverse a tocar los hinchados testículos, el escroto desgarrado, y luego se concentra, llama a todos los músculos en su ayuda, les pide que primero se contraigan y luego de una sola vez se relajen para que los esfínteres se ablanden, alivien la terrible tensión, lo intenta una, dos, tres veces, y de pronto sale el chorro, de sangre, tal vez también de orina, quién va ahora a distinguirla en este único chorro rojo, como si se hubieran roto todas las venas del cuerpo y encontraran salida por este lado. Se retiene, pero el chorro no cesa. Es la vida que se le va por allí. Aún está saliendo cuando al fin se resguarda, logra contenerlo, sin fuerzas para abotonarse. Gargajo y Gargajillo lo llevan, arrastrando los pies, hacia el cuarto de las hormigas, y vuelven a sentarlo en la silla, y es Gargajillo quien pregunta, con voz llena de esperanza, Quieres hablar ahora, es una idea que tiene, si lo dejaron ir a la letrina, tiene que hablar, un gesto ha de pagarse con otro, pero Germano Santos Vidigal deja caer los brazos, la cabeza se inclina sobre el pecho, la luz se apaga dentro de su cerebro. La hormiga mayor desaparece bajo la puerta tras haber completado su décimo viaje.
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