Y si al menos fueran sólo las guerras. El hombre se acostumbra a todo, y entre guerra y guerra hace unos hijos y los entrega al latifundio, sin que venga lanzada o escopeta a cortar de plano las promesas, que tal vez el chico tenga suerte y llegue a capataz, o a administrador o a criado de confianza, o tal vez prefiera irse a vivir a las ciudades, que es muerte más limpia. Lo peor son las pestes y las hambres, año sí año quizá, que vienen a darle la puntilla al pueblo, quedan los campos vacíos de gente, las aldeas cerradas, leguas sin ver un alma viva, y de vez en cuando bandadas de andrajosos y miserables, por caminos que el diablo sólo frecuentaría a cuestas de los hombres. Van quedando perdidos por la ruta, es un itinerario de cadáveres, y cuando se levanta la peste y el hambre se acomoda, se cuentan los vivos hasta donde llega la aritmética, y se encuentran tan pocos.
Todo esto son males, y grandes males. Diríamos, para usar el lenguaje del padre Agamedes, que son los tres jinetes del Apocalipsis, que eran cuatro, y, empezando a contar, incluso con los dedos para quien no sepa sistema mejor, tenemos el primero que es la guerra, el segundo que es la peste, el tercero que es el hambre, y ahora llega el cuarto que es el de las fieras de la tierra. Éste es el de mayor asistencia y tiene tres rostros, primero el rostro que el latifundio tiene, luego la guardia para defender la propiedad en general y el latifundio en particular, luego el rostro tercero. Es una sierpe de tres cabezas y una sola voluntad verdadera. Quien más ordena no es quien más puede, quien más puede no es quien más parece. Pero será mejor que hablemos claramente. En todas las ciudades, en todas las villas, en todas las aldeas y lugares, este caballo está y pasea con sus ojos de plomo y sus patas que son iguales que las manos y que los pies de los hombres, pero de hombres no son. No es hombre aquel que dirá a Manuel Espada, años más tarde, servicio militar en las islas de las Azores, no sufra el relato con la anticipación, Cuando deje esto entro en la policía de vigilancia y defensa del estado, y Manuel Espada preguntó, Qué es eso, y respondió el otro, Es la policía política, ni imaginas, uno está ahí, y si hay un tipo que no te gusta, lo detienes, lo llevas al gobierno civil, y si te apetece le pegas un tiro en la cabeza y luego dices que se resistió y arreglado. Es un caballo que derriba las puertas de las casas a coces, come en la mesa del latifundio con el padre Agamedes y juega a las cartas con la guardia republicana mientras el potro Buentiempo patea la cabeza del preso. Por ciudades, villas, aldeas y todos los demás lugares los caballos se encuentran, relinchan, se frotan los hocicos entre sí, intercambian secretos y denuncias, inventan violencias persuasivas y persuasiones violentas, y por eso mismo hemos visto todos que no pertenecen a la raza caballar, tonto es el padre Agamedes que sólo porque ha leído en la Biblia caballos creyó que de caballos realmente se trataba, error primario del que fue sacado Manuel Espada en las Azores por su prometedor conmilitón. Las raíces del árbol del conocimiento no eligen terrenos ni recelan de distancias.
Pero el padre Agamedes también clama, Ciertos hombres que andan por ahí sigilosamente sacándoos de vuestro común sentido, y que la gracia de Dios Nuestro Señor y de la Virgen María quiso que en España hayan sido aplastados, vade retro satanás y abrenuncio, he de deciros que huyáis de ellos como de la peste, del hambre y de la guerra, pues son la peor desgracia que sobre nuestra santa tierra podría caer, plaga digo como la de langosta sobre Egipto, y por eso no me cansaré de deciros que debéis prestar atención y obedecer a los que saben más que vosotros de la vida y del mundo, mirad a la guardia como a vuestro ángel de la guarda, no le guardéis rencor, que hasta el padre se ve a veces obligado a golpear al hijo a quien tanto quiere y ama, y todos sabemos que más tarde el hijo dirá, Fue por mi bien, sólo se perdieron los golpes que dieron en el suelo, así, hijos míos, es la guardia, y ya ni hablo de las otras autoridades civiles y militares, el señor presidente del concejo, el señor administrador municipal, el señor comandante del regimiento, el señor gobernador civil, el señor comandante de la legión, y otros señores que tienen encargo de mandar, empezando por quien os da trabajo, sí, qué sería de vosotros si no hubiese quien os diese trabajo, cómo habríais de alimentar a vuestras familias, decidme, responded, que para eso os pregunto, bien sé que en misa no se habla, pero es a vuestra conciencia a quien debéis responder, y por todo eso os recomiendo, conjuro y emplazo, para que no deis oído a esos diablos rojos que andan por ahí buscando nuestra desgracia, que no creó Dios para eso esta tierra nuestra, sino para que ella se conservase en el regazo amantísimo de la Virgen María, y si dais fe de que alguien os quiere descarriar con palabras mansas, id al puesto de la guardia y haréis así obra de Dios, pero si no tenéis valor, por miedo a venganzas, yo os oiré en confesión y providenciaré según mi alma y conciencia, y recemos ahora todos un padrenuestro por la salvación de nuestra patria, un padrenuestro por la salvación de Rusia y un padrenuestro por la intención de nuestros gobernantes, que tanto se sacrifican y tanto bien nos quieren, padrenuestro que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre.
Tiene toda la razón el padre Agamedes. Anda gente por el latifundio, se encuentran grupos de tres o cuatro en lugares escondidos, en los yermos, a veces en casas abandonadas, vigilando, otras veces al abrigo de un valle, dos de aquí, dos de allá, y mantienen largas charlas. Hablan siempre de uno en uno y los demás oyen, quien los viera de lejos diría, Son vagabundos, son gitanos, son apóstoles, y cuando acaban se dispersan en el paisaje, a poder ser por caminos desviados, llevando papeles y decisiones. A esto llaman organización, y el padre Agamedes está rojo de cólera, es la santa ira, Malditos sean, caigan sus almas en las profundidades del infierno, dañina infección que sólo quiere vuestro mal vivir, aún ayer en conversación con el señor presidente de la junta, él me dijo, Señor cura Agamedes, mire que la fatal dolencia ha contaminado ya nuestro pueblo, hay que hacer algo contra las perniciosas doctrinas que los enemigos de nuestra fe y de nuestra civilización andan propagando entre las familias, Ingratos, os digo ahora, que ignoráis que nuestro país es la envidia de las otras naciones, esta paz, este orden, y ahora venid acá a decirme si queréis perder todo esto, que os quejáis de vicio, eso es lo que pasa.
Juan Maltiempo nunca fue hombre de misas, pero viviendo ahora en Monte Lavre va a la iglesia de vez en cuando, para complacer a su mujer y por necesidad. Oye estas palabras inflamadas del padre Agamedes, las compara en su cabeza con las que consiguió retener de la lectura de los papeles que a escondidas le han dado, hace su juicio de hombre sencillo, y si de los papeles cree algo, de las palabras del cura no cree nada. Parece que hasta el mismo padre Agamedes tiene dificultades para creerlas, de tanto como grita, desgañitándose y echando espumarajos por la boca, que ni queda bien en un ministro del Señor. Cuando la misa acaba, Juan Maltiempo sale al atrio con el resto de los asistentes, se encuentra con Faustina, que estuvo entre las mujeres, baja con ella hasta el medio de la calle y luego se reúne con los amigos para tomar un vaso, que es siempre su cuenta, por más que se rían de él, Eh, Maltiempo, que eso es beber como un chiquillo, y él sonríe, es una sonrisa que lo dice todo, hasta el punto de que los otros se callan, es como si de una de las vigas de la taberna acabase de caer el cuerpo de un ahorcado. Y le dice uno de los amigos, Ha hablado bien el cura, eh, pregunta que no tiene respuesta porque éste es uno de los dos o tres que en Monte Lavre nunca van a misa, preguntó por incordiar. Juan Maltiempo vuelve a sonreír, La prédica es siempre la misma, y no dice más porque ya va camino de los cuarenta, no bebe tanto que pierda el freno de la lengua. Pero de las manos de este que acaba de hablar le llegaron los papeles, y entonces se miran el uno al otro, y Sigismundo, ése es su nombre, le guiña el ojo y levanta el vaso de vino, Salud.
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