De vuelta en su departamento después de la entrevista con el escribano, Donato José Massa se sentía muy cansado. La casa estaba a oscuras. La doméstica se había retirado a las tres de la tarde como de costumbre y su hijo menor no volvería hasta más tarde. Pese a insistírselo tanto, su hijo mayor no había aceptado permanecer con su esposa e hija en la casa, como durante los últimos meses de la enfermedad de Nené. Este primer año era el más difícil de sobrellevar -pensó el señor Massa-, después su hijo soltero se casaría y traería a su esposa a vivir a ese departamento demasiado grande para dos hombres solos. Prendió la luz de un viejo velador con pantalla de tul y se sentó en un sofá de la sala. El juego de sofás tapizado en raso francés no estaba protegido por las fundas de tela lisa color marrón. Para evitar el deterioro Nené quitaba las fundas solamente en ocasiones especiales. Su nuera las había quitado la noche del velorio y no había vuelto a colocarlas. El señor Massa tenía en la mano un sobre. Lo abrió, adentro había dos grupos de cartas: uno atado con cinta celeste y otro atado con cinta rosa. Notó en seguida que el de cinta rosa tenía letra de Nené… Desató el de cinta celeste y desplegó una de las cartas, pero sólo leyó unas pocas palabras. Pensó que Nené sin duda desaprobaría esa intromisión. Miró el raso de los sofás, parecía nuevo y eran casi imperceptibles las manchas de café y licores producidas la noche del velorio. La casa estaba en silencio. Pensó que Nené había dejado un vacío en la casa que nadie llenaría. Recordó los dos meses que habían estado separados a raíz de un incidente penoso, muchos años atrás. No se arrepentía de haber superado todo orgullo para ir a buscarla a Córdoba, donde ella se había refugiado con los dos hijos. Frente al incinerador del piso, instalado a un lado del ascensor, colocó las cartas en el sobre y las arrojó por el tubo negro.
Las cartas atadas con la cinta rosa cayeron al fuego y se quemaron sin desparramarse. En cambio el otro grupo de cartas, sin la cinta celeste que lo uniera, se encrespaba al quemarse y se desparramaba en el horno incineratorio. Se soltaban las hojas y la llama que había de ennegrecerlas y destruirlas antes las iluminaba fugazmente. «…ya mañana termina la semana…» «…que desconfiara de las rubias ¿qué le vas a consultar a la almohada?…» «…unas lagrimitas de cocodrilo…» «…¿al cine? ¿quién te va a comprar los chocolatines?…» «…nada de malas pasadas porque me voy a enterar…» «…te besa hasta que le digas basta, Juan Carlos» «…por ahí me voy a enfermar de veras, de mala sangre que me hago…» «…cuando se desocupa una cama es porque alguien se murió…» «…Te juro rubia que me voy a conformar con darte un beso…» «…no digas a nadie, ni en tu casa, que vuelvo sin completar la cura…» «…yo hoy hago una promesa, y es que me voy a portar bien de veras…» «…Muñeca, se me termina el papel…» «…porque ahora siento que te quiero tanto…» «…mirá, rubia, ya de charlar un poco con vos me siento mejor ¡cómo será cuando te vea…» «…te quiero como no he querido a nadie…» «…También hay un hospital en Cosquín…» «…ni bien tenga más noticias te vuelvo a escribir…» «…el agua del río es calentita…» «…vos también estás lejos…» «…pero cada vez que leo tu carta me vuelve la confianza…»