Fueron a su casa y la ayudó a hacer la maleta. Mientras doblaba su ropa y la iba guardando, por las mejillas de Josefina corrían las lágrimas. Luego se desvistió para ponerse algo más sufrido que lo que llevaba puesto. Por un momento se quedó dubitativa, y finalmente optó por desnudarse del todo, sin dejar de mirarle. A él le emocionó verla así, ofreciéndosele en aquel instante que podía muy bien ser el último. Le gustaban mucho sus caderas concisas, sus pechos pequeños, su piel suave y salpicada de lunares. Siempre que se le daba así una mujer sentía Faura por encima de lo demás, una gratitud que le desarmaba. Ella, que pese a todo algo le conocía, tomó entonces, las riendas:
– Vamos, házmelo.
Y se lo hizo, con una sensación contradictoria. Cómo podía ser triste o mala la vida, aunque sobre él planearan las más negras amenazas, si aún le ponía a temblar las manos a una muchacha como aquélla. Sintió que tenía suerte, aunque a la vez estuviera sentenciado.
Pudo encontrar un coche para llevarla a la frontera, y pasarla, con ayuda de sus contactos en el lado portugués. Se despidió de ella deprisa, sin darle mucho tiempo a enterarse. Luego, fue a casa y se tumbó a dormir. Le convendría haber descansado algo, al día siguiente.
Como ya venía siendo habitual, le despertó el ruido del bombardeo: el zumbido insidioso de los motores de los aeroplanos y el estruendo intermitente de las explosiones. Donde vivía no solían caer las bombas, pero por otras razones no podía quedarse allí. Calculó que habría dormido cuatro horas, como mucho. Con eso tendría que arreglarse.
Se aseó someramente y se enfundó el mono de miliciano. Luego se ciñó el cinto, con la pistola y las cartucheras que colgaban de él y le hacían pesar más de lo que acabaría aguantando la hebilla, quizá. Se miró un momento en el espejo. Había vestido de muchas maneras a lo largo de su vida. Había llevado buenas ropas, trajes elegantes, Otros uniformes más nuevos y también alguno más ajado. Pero en aquel instante decisivo le tocaba ir así. De azul Mustio, salpicado de rojo. Lo único que se permitió opinar fue que no era un buen camuflaje.
Antes de salir de su casa, se detuvo a echarle una última ojeada. Era espaciosa, relativamente nueva, un lugar acorde con su posición. Le pertenecía en propiedad, y dentro estaba todo lo que había juntado en la vida, salvo algunos pequeños objetos de valor que le había dado a Josefina para que los empeñara si le hacía falta. No había sido demasiado feliz allí, pero tampoco había estado del todo mal. Incluso, durante algunos trechos, había disfrutado de algo que se asemejaba a la paz más que ninguna otra época que recordara de su existencia. Ahora que tenía que irse, se preguntó quién iría a vivir allí; quién se sentaría en aquellas sillas, comería sobre aquella mesa, dormiría en aquella cama. Sabía que las cosas perduraban más allá de las personas y que en realidad no eran de nadie, porque siempre acababan siendo de otro. Era una idea en cierto modo desalentadora, que, sin embargo, en aquel momento le hizo bien. Todo aquello iba a tener quien lo usara y lo cuidara, mejor o peor, si en la batalla no resultaba destruido. No tenía que preocuparse por ello, podía cerrar la puerta y olvidarlo. La sensación de desasimiento le reconfortó, porque lo que anhelaba en aquel trance era, precisamente, poder aligerar la carga. Después de haber puesto a Josefina a salvo, y de trasponer aquel umbral, ya no era ni tenía más que lo que llevaba sobre el cuerpo. Y prefería que fuera así.
Salió a la calle. Se cruzó con alguna gente que corría hacia abajo, hacia el río. Posiblemente era aquélla, sí, la zona menos expuesta a las bombas. Pero él echó a andar hacia la plaza. Por el camino se fijó en la ciudad como si fuera la primera vez que la veía. Las calles tortuosas y estrechas, nunca en cuadrícula, calcando el urbanismo moruno, aunque aquella parte había sido ya erigida extramuros de la vieja medina y bajo el dominio de los cristianos. Los edificios bajos, de dos o tres pisos como mucho, con los balcones ocupando casi toda la fachada. Era una ciudad hecha con casas de pueblo, un híbrido anómalo que a primera vista le había parecido feo y que, sin embargo, ahora no le desagradaba. Ya se había convertido en una parte de su paisaje personal.
Iba mirando hacia arriba, por si veía a alguno de los moscardones. Uno de ellos cruzó apenas durante una fracción de segundo por el escaso campo de visión que le dejaba la traza de las calles, acompañado por el tableteo de una ametralladora. Supuso que era la que estaba emplazada en la torre de la catedral, que probaba con más fe que posibilidades a acertarle al escurridizo y lejano blanco. Callejeó con soltura, sorteando a la gente que huía y a los milicianos que presuntamente se incorporaban a sus puestos, aunque algunos no iban en la dirección que habría resultado congruente con tal intención, Atravesó la plaza a buen paso, porque no era de extrañar que alguno de los aviones enfilara hacía allí para ametrallar la torre desde la que los hostigaban, y no le apetecía exponerse a que se lo cobraran de forma tonta y antes de tiempo. Una vez salvado el peligro, se dirigió hacía la comandancia de Carabineros, donde esperaba poder encontrarse con Ramírez.
El teniente, en efecto, estaba allí. Le avisaron de que preguntaba por él y se presentó enseguida. No parecía haber dormido más que Faura. Pero se mostró animoso, sacando fuerzas de donde no había.
– Buenos días, compañero -le saludó Ramírez-. Por decir algo.
– Pues sí, porque mira que madrugan, los hijoputas.
– ¿Todo en orden?
– Sí -respondió Faura, bajando la voz-. La saqué, anoche mismo.
– Bien. Me alegro. ¿Has desayunado? ¿Un café?
¿Tenéis?
– Tenemos de todo. Menos moral de victoria, lo que quieras. Y como cada vez somos menos, tocamos a más. Vente, anda.
Ramírez llamó a uno de sus hombres y le pidió que trajera un par de cafés. Invitó a Faura a pasar a su oficina. Era una habitación modesta y funcional, como correspondía a la sobriedad del cuerpo. Ramírez tomó asiento y le indicó a Faura que hiciera otro tanto. En un perchero colgaba su guerrera. Sobre la mesa reposaban el correaje y el arma.
– Esto se deteriora por momentos -informó Ramírez-. Menacho y la Bomba están llenos de traidores. Ya se han ido unos pocos, y de los que quedan no esperes que muchos presenten batalla. Hay quien dice que hasta se han organizado para indicarles a los fascistas por dónde entrar. No creo que podamos contar, de verdad, con más de uno de cada diez oficiales del ejército. Sargentos, alguno más. Pero ya ves tú.
– ¿Y Puigdengolas?
– En su sitio, como nuestro teniente coronel y el comandante de la Guardia Civil. He oído que van a montar el cuartel general en Correos, y que están recorriendo los baluartes del sur para tratar de organizar la resistencia allí. Por lo menos no siguen al gobernador. Por ahora.
– ¿Y se sabe dónde anda el enemigo?
– Muy cerca. Puede que hoy mismo estén ya en condiciones de emplazar la artillería. Si es que no llegan incluso a los barrios exteriores.
– Pues estamos listos. Vienen por abajo, ¿no?
– Eso parece. Por donde está la gente de los cuarteles para abrirles paso, por donde falta parte de muralla, por donde no les obstaculiza el río. Es de libro, no pueden venir por otro lado. Aunque si mandan a alguna unidad que rodee por arriba y no acertamos a pararla, nos joden. No tenemos gente para defender bien todo el perímetro.
Les trajeron el café. Los dos lo bebieron en silencio, deteniéndose a saborearlo. Era su exiguo lujo poder hacerlo. Y no iban a rehuirlo.
– Pues me cuentas lo que ya me temía -dijo Faura, tras apurar la taza-, pero no quería dejar de pasar a confirmarlo contigo antes de ir con los míos. Otra cosa. ¿Por dónde piensas desplegarte?
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