– Perdona, pero estarás de acuerdo en que no deja de resultar un camino raro -observó Ramírez, cauteloso-. Del Tercio hasta aquí. Para acabar, justamente, teniendo que enfrentarte a tus ex compañeros.
Faura sonrió, comprensivo.
– Bueno, no soy el único, y los ha habido bien ilustres. Fermín Galán, sin ir más lejos. Antes de proclamar la República en jaca en el treinta, había sido oficial legionario. Y de los mejores. Ganó la Laureada por sus méritos en combate, algo que, ya ves tú, Franco quiso y no tuvo.
– Bueno, Fermín Galán, héroe y todo, debía de estar un poco tronado.
– Pero no por hacerse republicano viniendo de la Legión -discrepó Faura-. Yo creo que su reacción, la mía, es la lógica. Después de haber visto y haber vivido aquella salvajada, nadie con entrañas podía dejar de aborrecer el estado de cosas que la había permitido, a quienes mandaban el país y la impulsaban. Galán escribió un libro recogiendo su experiencia en el Tercio, que se publicó después de su muerte. La barbarie organizada, se llama. Y lo que cuenta de la sensación que tiene el que vuelve después de haber peleado en África es justo lo que yo sentí. De ninguna manera podría dejar de estar donde estoy ahora. Aunque tenga que disparar contra los pobres que llevan el uniforme que yo llevé, lo que no me alegra, porque bien sé de dónde vienen muchos.
Se arrepintió un poco de la confidencia apenas la hubo hecho. Pensó estúpidamente que si Ramírez leía ese libro, podía acceder de manera indirecta, a través de las palabras de Galán, a la intimidad de unos sentimientos que él nunca había dejado advertir a nadie, Pero enseguida razonó que era una tontería. Qué más daba aquello ya.
Llegaron al Gobierno Civil. En el vestíbulo había un revuelo inusual. Subieron a la primera planta y se encontraron a Josefina en el pasillo. La chica se abrazó a Faura ansiosamente y le dio un beso largo.
– Mi vida -le dijo-. Ya estaba asustada de que no vinieras.
– ¿Qué pasa aquí? -preguntó Faura.
– El gobernador. Se ha escapado a Portugal.
Faura y Ramírez quedaron en silencio durante unos segundos después de la revelación de la muchacha. Los dos sabían lo que aquello quería decir. El gobernador era un republicano convencido, y a él se debía en buena medida que la provincia hubiera permanecido leal al gobierno. Si se largaba a Portugal, estaba claro que la cosa iba verdaderamente a peor, que en Madrid los daban por perdidos, como se temían desde hacía días, y que el enemigo estaba ya muy cerca.
– Recoge tus cosas -le dijo Faura a Josefina.
– ¿Cómo? -preguntó la chica, descolocada.
– Tus cosas personales, si tienes alguna aquí. No vas a volver.
– Pero…
– Hazme caso. Vamos. Josefina, como solía, se plegó a su voluntad y se dejó dirigir dócilmente. Faura no quiso explicarle allí, delante de los otros funcionarios, lo que le movía a requerirla de aquel modo. El Gobierno Civil estaba más allá de la línea de las murallas, por lo que quedaría irremisiblemente fuera del perímetro defensivo tan pronto como las tropas rebeldes se acercaran a la ciudad. Tal vez fuera sólo cuestión de horas, vista la premura con que el gobernador había puesto tierra de por medio, que por aquellos mismos pasillos se desplegaran los legionarios y desde aquellas ventanas hicieran fuego los regulares. Si es que la aviación no había echado antes abajo el edificio, que también podía ser.
Ramírez le buscaba la mirada, pero no abrió la boca. Nada había que decir. Cuando regresó Josefina, sin más pertenencias que su bolso, Faura la tomó del brazo y la llevó casi en volandas hasta la salida.
– ¿Qué va a pasar, Juan? -preguntó ella, cuando se vieron en la calle.
– Nada -respondió él-. Vamos a tener la cabeza fría y a pensar lo que tenemos que hacer. De momento, vámonos de aquí. Y por esto, tranquila. Jefe que huye, subordinados que quedan relevados de sus deberes. Se acabó el trabajo. Ahora te toca preocuparte sólo de ti.
Se dirigieron hacia la parte alta, deshaciendo al principio el itinerario que habían recorrido antes Faura y Ramírez, para enseguida torcer hacia la izquierda y seguir la línea de las murallas hacia el río. En ese punto, el oficial se detuvo súbitamente y tomó del brazo a Faura.
– Perdona, compañero. Yo me separo aquí. Faura se paró también. Sin hablar, volvieron a decirse todo.
– Voy con mi gente -dijo al fin Ramírez-. Hay que organizarse.
– Está bien -asintió Faura-. Te busco luego. O mañana.
El teniente echó a andar en dirección a su acuartelamiento. Faura volvió a coger del brazo a Josefina y reanudó el camino que acababan de tomar. La llevaba hacia su casa, en la parte noroeste del casco antiguo, donde también vivía Josefina desde hacía quince días. Mientras avanzaban, el cerebro del hombre era un hervidero. Ella, intimidada o todavía desorientada, se limitaba a dejarse arrastrar.
Aunque no llevaban mucho tiempo juntos, Faura le había cogido cariño a aquella chica. La había conocido un año antes, en el Gobierno Civil, donde trabajaba como auxiliar administrativa en un negociado con el que por razón de su cargo él tenía que tratar con cierta frecuencia. Josefina era diligente en su trabajo y siempre se le había mostrado singularmente amable. Podía ser la suya una deferencia dictada por el donaire de sus pocos años, que la alejaban de otros especímenes resabiados y siniestros que habitaban las cuevas burocráticas, o porque no se le escapaba que aquel hombre era un funcionario de categoría; pero desde muy pronto había empezado a dejarle intuir que había algo más. A aquellas alturas, sin ninguna euforia ni la menor petulancia, Faura se había habituado a notar que tendía a atraer a las mujeres. Era viudo, ni muy mayor ni demasiado joven, no estaba contrahecho, tenía un puesto respetable y medios de vida holgados. Condiciones más que sobradas para que las señoritas provincianas entre las que ahora vivía cayeran deslumbradas ante él. Según Josefina, que se lo había reconocido con una inocencia que le había hecho sentirse casi abochornado, era además un hombre con un algo profundo y contenido, con una experiencia del mundo que se adivinaba detrás de cada uno de sus gestos y de sus palabras. Algo que debía resultar indeciblemente seductor para aquellas chicas recluidas en un círculo de estímulos rutinarios, expuestas de manera fatídica a la soltería o a acabar uncidas a un primo o un vecino que terminara de cerrarles el horizonte. Pero él nunca se había cegado con eso, y nunca se había dejado coger en la lazada que le habían tendido poniéndole en suerte a algunas de las piezas casaderas más codiciadas de la burguesía local. No quería volver a verse casado con una mujer por la que no sintiera nada, no quería volver a someter a nadie al oprobio de vivir con alguien que había perdido la capacidad de amar, porque había malgastado todo el caudal de su corazón y su alma allí donde no podía rendir provecho alguno. Cuando sufría una urgencia física, servidumbre de la que no lograba, pese a todo, quedar exento, la aliviaba de la manera que menos pudiera comprometer, tanto a él como a la otra parte. Recurría, pues, a alguna mercenaria de cierta confianza, por regla general, y sólo en contadas ocasiones, por no sentir siempre que el intercambio estaba únicamente engrasado por el sórdido lubricante pecuniario, a alguna mujer de costumbres relajadas, soltera, como requisito inexcusable para no acabar la holganza en sainete.
Lo de Josefina se había salido de la norma. Ella sólo tenía veintidós años, había entre ambos una relación de trabajo y era una chica con la vida por delante y con ilusiones que por nada del mundo él quería malograr. En resumen, que por más que le tentara, porque como mujer le parecía más que deseable, se había cuidado mucho, durante meses de dejar que se difuminara la raya que los separaba. Todo eso, como tantas otras cosas, se había venido abajo al estallar la guerra. Josefina estaba sola en Badajoz, la familia la tenía en Cáceres, que había caído del lado contrario, en su desvalimiento había acudido a él. El empeño que había tratado de mantener, limitarse a darle apoyo moral, si acaso protegerla y ayudarla a cubrir las necesidades materiales que pudieran presentársele, no había resistido mucho a la excepcionalidad de la situación. Quizá pensó que estando ella expuesta a lo que podía pasar ahora, sus escrúpulos de antaño quedaban de pronto superados. Quizá ocurrió, nada más, que también él necesitaba a alguien a quien abrazar por la noche para enfrentar los malos presentimientos, o que las hambres de la carne le acuciaran un poco más que hasta entonces, y se dejó de remilgos. Pero, antes de que ella se mudara a su casa, se preocupó de informarla de que lo último que entraba en sus planes era volver a contraer jamás matrimonio. Y ella lo había aceptado, como, comprendió después, habría aceptado cualquier cosa que él le dijese.
Читать дальше