Antonio Molina - El Invierno En Lisboa

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Esta historia es un homenaje al cine «negro» americano y a los tugurios en donde los grandes músicos inventaron el jazz, una evocación de las pasiones amorosas que discurren en el torbellino del mundo y el resultado de la fascinación por la intriga que enmascara los motivos del crimen.
Entre Lisboa, Madrid y San Sebastián, la inspiración musical del jazz envuelve una historia de amor. El pianista Santiago Biralbo se enamora de Lucrecia y son perseguidos por su marido, Bruce Malcolm.
Mientras, un cuadro de Cézanne también desaparece y Toussaints Morton, procedente de Angola y patrocinador de una organización ultraderechista, traficante de cuadros y libros antiguos, participa en la persecución. La intriga criminal se enreda siguiendo un ritmo meticuloso e infalible.
El Invierno en Lisboa confirmó plenamente las cualidades de un autor que se cuenta ya por derecho propio entre los valores más firmes de la actual novela española. El invierno en Lisboa fue galardonada con el premio de la Crítica y el premio Nacional de Literatura en 1988 y fue llevada al cine, con la participación del trompetista Dizzy Gillespie.

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La casa no era tan grande como le había parecido al llegar: la dilataban el espacio vacío y el horizonte del mar desde los ventanales. Inútilmente buscaba en ella indicios de la vida de Lucrecia: el silencio, las paredes blancas, los libros, eran la única respuesta a su interrogación. Al fondo de un pasillo encontró la cocina, tan limpia y anacrónica como si hiciera muchos años que nadie la usara. Al otro lado de la ventana, sobre los árboles, vio la torre cónica del faro. Que estuviera tan cerca lo sorprendió como descubrir la desmentida amplitud de un lugar de la infancia. Hizo café: agradeció su olor como una lealtad recobrada. Cuando volvió al salón para buscar un cigarrillo Lucrecia estaba mirándolo. Sin duda había escuchado sus pasos en el corredor y se había detenido esperando a que él apareciera en el umbral. Al verlo desconectó la radio: lo miraba como si al despertarse hubiera temido no encontrarlo. A la luz del día no era tan imperiosa su figura, sí más hospitalaria o más frágil, grave de pronto, dócil a la sospecha del peligro, erguida contra ella.

– Han encontrado el cuerpo de Malcolm -dijo-. Te buscan. Acabo de oírlo en la radio.

– ¿Han dicho mi nombre?

– Tu nombre y tus apellidos y el hotel donde estabas. Un revisor ha declarado que os vio peleando en la plataforma del tren.

– Habrán encontrado mi abrigo -dijo Biralbo-. Iba a ponérmelo cuando Malcolm apareció.

– ¿Dejaste en él tu pasaporte?

Biralbo se buscó en los bolsillos: el pasaporte estaba en su chaqueta. Entonces recordó.

– El resguardo del hotel -dijo-. Lo llevaba en el abrigo, por eso saben mi nombre.

– Al menos no tienen tu fotografía.

– ¿Han dicho que yo lo maté?

– Sólo que te están buscando. El revisor se acordaba muy bien de Malcolm y de ti. Parece que no iba nadie más en el tren.

– ¿A él también lo han identificado?

– Han dicho hasta el oficio que ponía en su pasaporte. 'Restaurador de cuadros.

– Hay que irse de aquí hoy mismo, Lucrecia. Toussaints Morton ya sabe dónde buscarte.

– Nadie podrá encontrarnos si no salimos de esta casa.

– Sabe el nombre de la estación. Hará preguntas. No tardará ni dos días en llegar aquí.

– Pero darán tu nombre a la policía del aeropuerto. No puedes volver a tu hotel ni salir de Portugal.

– Me iré en tren.

– También hay policía en los trenes.

– Me esconderé unos días en el hotel de Billy Swann.

– Espera. Conozco a alguien que puede ayudarnos. Un español que tiene un club cerca del Burma. Él te buscará un pasaporte falso. Me ayudó a falsificar la documentación del cuadro.

– Dime dónde vive y me iré a verlo.

– Él vendrá aquí. Lo llamaré por teléfono.

– No hay tiempo, Lucrecia. Tienes que irte de aquí.

– Nos iremos juntos.

– Llama a ese tipo y dile que voy a ir a verlo. Yo solo.

– No conoces a nadie en Lisboa. No tienes dinero. En unos pocos días nos podremos marchar sin ningún peligro.

Pero él casi no tenía sensación de amenaza: todo, hasta la sospecha de que los automóviles de la policía estuvieran rondando las calles umbrosas de las quintas, le parecía lejano, no vinculado a él, tan indiferente a su vida como el paisaje del mar y el jardín abandonado que circundaban la casa, como la casa misma y el distante fervor de la noche pasada, limpio de toda ceniza, como un fuego de diamantes. Ya no quería, como otras veces, apresar el tiempo para que no le fuera arrebatada la cercanía de Lucrecia, apurar hasta el último minuto no sólo la delicia, sino también el dolor, igual que cuando estaba tocando y eludía las notas finales por miedo a que el silencio aboliera para siempre en su imaginación y en sus manos la potestad de la música. Tal vez lo que le había sido dado bajo la luz inmóvil del amanecer no admitía duración ni conmemoración ni regreso: sería suyo siempre si se negaba a volver los ojos.

Sin que dijeran nada Lucrecia supo lo que estaba pensando y entendió la ilimitada ternura de su despedida en silencio. Lo besó levemente en los labios, se dio la vuelta y fue hacia el dormitorio. Biralbo oyó que marcaba un número de teléfono. Mientras ella preguntaba por alguien en portugués le trajo una taza de café y un cigarrillo. Con una especie de clarividencia futura supo que en estos gestos estaba la felicidad. Con la cara vuelta hacia un lado para sostener el teléfono sobre su hombro desnudo, Lucrecia decía palabras muy veloces que él no logró entender y anotaba algo en una libreta apoyada en sus rodillas. Sólo llevaba una camisa grande y un poco masculina que no se había terminado de abrochar. Tenía el pelo mojado y algunas gotas de agua le brillaban todavía en los muslos. Colgó el teléfono, dejó la libreta y el lápiz sobre la mesa de noche, bebió despacio el café, mirando tras el humo a Biralbo.

– Te espera esta tarde, a las cuatro -dijo, pero su mirada era del todo ajena a sus palabras-. En esa dirección.

– Llama ahora al aeropuerto. -Biralbo le puso el cigarrillo en los labios. Se había sentado junto a ella-. Reserva un billete para el primer avión que salga de Portugal.

Lucrecia dobló la almohada y se recostó en ella, expulsando el humo con los labios muy poco separados, en lentos hilos grises y azules, listados como la penumbra y la luz. Dobló las rodillas y apoyó los pies unidos y descalzos en el borde de la cama.

– ¿Estás seguro de que no quieres venir conmigo?

Biralbo le acariciaba los tobillos: pero no era tanto una caricia como un delicado reconocimiento. Le apartó un poco la camisa, sintiendo todavía en los dedos la humedad de la piel. Volvieron a mirarse: parecía que lo que hicieran sus manos o dijeran sus voces rodeaba la intensidad de sus pupilas tan vanamente como el humo de los cigarrillos.

– Piensa en Morton, Lucrecia. A él y no a la policía es a quien debemos temerle.

– ¿Ésa es la única razón? -Lucrecia le quitó el cigarrillo y lo atrajo hacia ella, tocándole con las yemas de los dedos los labios y la herida de la frente.

– Hay otra.

– Ya lo sabía. Dímela.

– Billy Swann. El día doce tengo que tocar con él.

– Pero será muy peligroso. Alguien puede reconocerte.

– No si uso otro nombre. Procuraré que las luces no me den en la cara.

– No toques en Lisboa. -Lucrecia lo había empujado muy despacio hasta tenderlo junto a ella y le tomó la cara entre sus manos para que no pudiera mirarla-. Billy Swann lo entenderá. Éste no va a ser su último concierto.

– Puede que sí -dijo Biralbo. Cerró los ojos, le besó las comisuras de los labios, los pómulos, el inicio del pelo, en una oscuridad más deseada que la música y más dulce que el olvido.

Capítulo XIX

– ¿No has vuelto a verla desde entonces? -le dije-. ¿Ni siquiera la has buscado?

– Cómo iba a buscarla. -Biralbo me miró, casi retándome a que le contestara-. Dónde.

– En Lisboa, supongo, al cabo de unos meses. La casa era suya, ¿no? Volvería a ella.

– Llamé una vez por teléfono. Nadie contestó.

– Haberle escrito. ¿Sabe que vives en Madrid?

– Le mandé una postal a los pocos días de encontrarme contigo en el Metropolitano y me la devolvieron. «Dirección insuficiente.»

– Seguro que estará buscándote.

– No a mí, sino a Santiago Biralbo. -Buscó su pasaporte en la mesa de noche y me lo tendió, abierto por la primera página-. No a Giacomo Dolphin.

El pelo crespo y muy corto, las gafas oscuras, una dispersa sombra de varios días sin afeitar en las mejillas, alargándole la cara vertical y muy pálida que ya era de otro hombre, él mismo, el que pasó varios días oculto en un lugar que no era exactamente un hotel esperando a que le creciera la barba para ser igual que el hombre de la fotografía, porque aquel español, Maraña, antes de hacérsela, le había sombreado con un lápiz de maquillar y una pequeña brocha untada de polvos grises el mentón y los pómulos, rozándole la cara con sus dedos húmedos, frente al espejo, como a un actor inhábil, y le había levantado el pelo, mojándoselo con fijador, diciéndole luego, satisfecho de su obra, atento a corregir detalles menores mientras preparaba la cámara, «ni tu madre te reconoce; ni Lucrecia».

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