– Precisamente por eso. Ahora es cuando no podría escribirla.
Estaba sentado en una esquina del sofá, frente al fuego, en medio de la habitación vacía. Sólo un estante con discos y libros, una mesa baja sobre la que había una lámpara y una máquina de escribir, un equipo de música, al fondo, con pequeñas luces rojas y verdes tras cristales oscuros. No importan las cosas que posean o guarden, pensó, los verdaderos solitarios establecen el vacío en los lugares que habitan y en las calles que cruzan. Al otro extremo del sofá Lucrecia fumaba escuchando la música con los ojos entornados, abriéndolos a veces del todo para mirar a Biralbo con inmóvil ternura.
– Tengo una historia que contarte -le dijo.
– No quiero saberla. He oído muchas esta noche.
– Es preciso que la sepas. Esta vez te diré toda la verdad.
– Ya la supongo.
– Te hablaron del cuadro, ¿no? Del plano que les quité.
– No entiendes, Lucrecia. No he venido para que me cuentes nada. No quiero saber por qué te buscan ni por qué me mandaste aquel plano de Lisboa. He venido a avisarte de que debes huir. Me marcharé cuando termine esta copa.
– No quiero que te vayas.
– Mañana tengo ensayo con Billy Swann. Tocamos el día doce.
Lucrecia se acercó más a él. El hábito del coraje y de la soledad le había agrandado los ojos. El pelo tan corto devolvía a sus rasgos la nitidez y la verdad que tal vez sólo tuvieron en la adolescencia. Iba a decir algo, pero apretó los labios con aquel gesto suyo de inutilidad o renuncia y se puso de pie. Biralbo la vio alejarse hacia el estante de los libros. Volvió con uno en las manos y lo abrió ante él. Era un volumen de grandes hojas satinadas con reproducciones de cuadros. Lucrecia le señaló una de ellas, apoyando el libro abierto sobre el teclado de la máquina de escribir. Biralbo me dijo que mirar aquel cuadro era como oír una música muy cercana al silencio, como ser muy lentamente poseído por la melancolía y la felicidad. Comprendió en un instante que era así como él debería tocar el piano, igual que había pintado aquel hombre: con gratitud y pudor, con sabiduría e inocencia, como sabiéndolo todo e ignorándolo todo, con la delicadeza y el miedo con que uno se atreve por primera vez a una caricia, a una necesaria palabra. Los colores, diluidos en el agua o en la lejanía, dibujaban sobre el espacio blanco una montaña violeta, una llanura de ligeras manchas verdes que parecían árboles o sombras de árboles en la umbría de una tarde de verano, un camino perdiéndose hacia las laderas, una casa baja y sola con una ventana esbozada, una avenida de árboles que casi la ocultaban, como si alguien hubiera elegido vivir allí para esconderse, para mirar sólo la cima de la montaña violeta. Paul Cézanne, leyó al pie, La mon taigne Saint Victoire, 1906, Col. B. U. Ramires.
– Yo tuve ese cuadro -dijo Lucrecia, y cerró el libro de un golpe-. Mirando la fotografía no puedes saber cómo era. Lo tuve y lo vendí. Nunca me resignaré a no verlo más.
Avivó el fuego, trajo cigarrillos, llenó las copas con la serena lentitud de quien cumple una ceremonia íntima. Afuera el viento golpeaba los cristales y se oían muy cerca los estampidos del mar contra los acantilados. Biralbo tomó el libro y lo dejó abierto sobre sus rodillas para seguir mirando el cuadro mientras Lucrecia hablaba. Bruscamente la contemplación de aquel paisaje lo había transfigurado todo: la noche, la huida, el miedo a morir, a no encontrar a Lucrecia. Como algunas veces el amor y casi siempre la música, aquella pintura le hacía entender la posibilidad moral de una extraña e inflexible justicia, de un orden casi siempre secreto que modelaba el azar y volvía habitable el mundo y no era de este mundo. Algo sagrado y hermético y a la vez cotidiano y diluido en el aire, como la música de Billy Swann cuando tocaba la trompeta en un tono tan bajo que su sonido se perdía en el silencio, como la luz ocre y rosada y gris de los atardeceres de Lisboa: la sensación no de descifrar el sentido de la música o de las manchas de color o del misterio inmóvil de la luz, sino de ser entendido y aceptado por ellos. Pero años atrás él ya había sabido y olvidado esas cosas. Las recobraba ahora como las tuvo entonces, con más sabiduría y menos fervor, vinculadas sin remedio a Lucrecia, a su tranquila voz de siempre y al modo en que sonreía sin separar los labios, a ese perfume de los antiguos días que de nuevo era como el olor del aire de una patria perdida.
Por eso le importaba tan poco la historia que ella estaba contándole: le importaba su voz, no sus palabras, su presencia y no el motivo de haberla encontrado allí, agradecía como dones cada una de las cosas que le habían ocurrido desde que llegó a Lisboa. Apartó los ojos del libro para mirar a Lucrecia y pensó que tal vez ya no la quería, que ni siquiera la deseaba. Pero esa frialdad sin recelo, que lo limpiaba del pasado y de la usura del dolor, era también el espacio en que volvía a verla igual que la vio unos días o unas horas antes de enamorarse de ella, en el Lady Bird o en el Viena, en alguna calle olvidada de San Sebastián: tan propicia y futura, tan iluminada como esas ciudades a donde estamos a punto de llegar por primera vez.
Oía de nuevo las palabras, los nombres que durante tanto tiempo lo habían perseguido y cuya oscuridad permaneció intacta aun después de aquella noche, porque seguía siendo más poderosa que la verdad o la mentira que guardaba: Lisboa, Burma, Ulhman, Morton, Cézanne, nombres que se disgregaban en la voz de Lucrecia para agruparse de nuevo en una trama desconocida que modificaba y corregía parcialmente los recuerdos y las adivinaciones de Biralbo. Otra vez oyó la palabra Berlín reconociendo en su sonido las sucesivas capas de lejanía y sordidez y dolor que le había agregado el tiempo desde la edad remota en que le escribía cartas a Lucrecia y no esperaba verla más: cuando había acatado la mediocridad y la decencia y daba clases en un colegio de monjas y se acostaba temprano mientras ella veía cómo estrangulaban a un hombre con un hilo de nilón y escapaba luego sobre la nieve sucia de las calles en busca de un buzón o de alguien a quien pudiera confiar su última carta a Biralbo, aquel plano de Lisboa, antes de que Malcolm y Toussaints Morton y Daphne la atraparan…
– Te mentí -dijo Lucrecia-. Tenías derecho a saber la verdad pero no te la dije. O no del todo. Porque si te la hubiera dicho te habría vinculado a mí y yo quería estar sola y llegar sola a Lisboa, llevaba años atada a Malcolm y también a ti, a tus recuerdos y a tus cartas, y se me había extraviado la vida y estaba segura de que únicamente iba a recobrarla si me quedaba sola, por eso te mentí y te dije que te marcharas cuando estábamos en aquel hotel, por eso tuve valor para quitarle a Malcolm el plano y el revólver y escaparme de él, me daba igual que le hubiera ayudado a Toussaints a matar a aquel borracho, eso no hacía que le tuviera más desprecio o más asco, no era más sucio estrangular a un hombre que tenderse sobre mí sin mirarme nunca a los ojos y huir luego al cuarto de baño con la cabeza baja… Quería que tuviéramos un hijo. Desde que apareció el Portugués no hacía más que hablarme de eso, iba a ganar mucho dinero, podríamos retirarnos y tener un hijo y no trabajar el resto de nuestras vidas, me daba náuseas pensarlo, una casa con un jardín y un niño de Malcolm y Toussaints y Daphne viniendo a comer con nosotros todos los domingos. Me acuerdo de la noche que trajeron al Portugués, sosteniéndolo entre los dos para que no se cayera, tan grande como un árbol, rubio, rojo, con los ojos tan turbios y hundidos en la cara como los de un cerdo, ahíto de cerveza, con aquellos tatuajes en los brazos, lo soltaron en el sofá y se quedó respirando muy fuerte y diciendo cosas con la lengua trabada. Toussaints trajo de su coche una caja de latas de cerveza y se la puso al lado, y el Portugués las destapaba y las bebía una a una, como un autómata, y luego las aplastaba con la mano como si fueran de papel y las tiraba al suelo. Yo lo oía repetir una palabra, Burma, que unas veces parecía un lugar y otras el nombre de un ejército o de una conspiración. Toussaints y Daphne no se apartaban de él, le tenían siempre preparada una lata de cerveza, y Daphne lo escuchaba y tomaba notas, con su carpeta sobre las rodillas, «dónde está Burma » , le preguntaba Toussaints al Portugués, «en qué parte de Lisboa», y una de aquellas veces el Portugués se irguió como si de pronto se hubiera quedado sobrio y dijo: «No hablaré, no romperé la promesa que le hice a dom Bernardo Ulhman Ramires cuando se iba a morir.» Abrió mucho los ojos y nos miró a todos, intentó levantarse, pero volvió a caer en el sofá y se quedó durmiendo como un buey.
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