Jorge Edwards - Gente De La Ciudad Doc
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La voz se me había adelgazado. Rosaura se inclinó y sus pechos casi me rozaron la nariz. Salió con el plato vacío y regresó al minuto con uno de jalea verde, que oscilaba y lanzaba reflejos cambiantes. Cuando volvió a salir, ataqué la jalea con voracidad, como si la substancia fresca, que se deshacía en la boca, participara misteriosamente de la naturaleza de la joven.
– ¿Cómo está el postre? -preguntó ella, asomándose por detrás del biombo.
– ¡Rico! -exclamé, limpiándome los labios.
Con reposada satisfacción, contemplé las curvas de Rosaura, que había salido del biombo y miraba el jardín, frente a la claridad de la ventana. La puerta principal se abrió bruscamente, crujiendo y dando paso a mi tía Gertrudis, que venia sofocada por el calor de la calle. Yo había olvidado por completo la hora. Me levanté y besé a mi tía en una mejilla. Rosaura se retiraba en la punta de los pies, con el plato de postre vacío.
– ¿Has comido bien, hijito? -preguntó mi tía, mientras se dejaba caer, suspirando, en la silla de la cabecera.
– Muy bien, tía.
Ella miró la puerta, extenuada. Otras voces resonaban en el vestíbulo. Se puso de pie, con determinación, cambió de sitio dos platos chinos del aparador, movió un milímetro, por razones de simetría, un cenicero de plata, limpió con los dedos una mancha invisible de polvo y se volvió a sentar, fatigada pero rígida. La puerta se abrió de nuevo -una señora pequeña, con cara de urraca, vaciló un segundo antes de divisar a Gertrudis.
– ¿Que haces aquí? -preguntó, sorprendida.
– Le hago compañía a este pobre niño, que se aburre solo -dijo mi tía Gertrudis, con aire de resignación.
La señora pequeña me vio, en ese momento y saludó con una sonrisa de simpatía protector; Prepare el ánimo, sabiendo que la decisión de sacrificio de mi tía Gertrudis era irrevocable.
Mi proyecto de recorrer, como un gusano, los volúmenes polvorientos alineados en el escritorio, fracasó con la llegada de Rosaura. Me paseaba ocioso por las salas del primer piso, Contemplando los efectos de luz de la claraboya o los dibujos de los muebles, donde una ronda de sátiros danzaba entre guirnaldas de flores. Postergaba para más tarde, para cuando cesara la inquietud, el momento de encerrarme a leer pero la inquietud, en vez de amainar, me roía los nervios. A veces, una carcajada de Rosaura, cristalina y vigorosa, brotaba de la lejanía del repostero. Yo caminaba de una punta a otra del salón, sintiéndome absurdamente solo. Durante el almuerzo, en presencia de Rosaura, estos sentimientos descendían a un fondo neutro, caía sobre ellos una especie de lápida.
– Parece que hay una mosca en el postre…
– A ver…
Rosaura, una mano apoyada en el respaldo de mi asiento y la otra en la mesa, se inclinó sobre el plato:
– ¿Quiere que se lo cambie?
Sonrió, muy próxima.
– No tengo ganas de comer más -dije, súbitamente ronco.
– ¿De veras?
Una expresión de sorpresa. En seguida, volvió a sonreir, a pocos milímetros de mi rostro. Se me oscureció la mente. Puse una mano sobre su antebrazo. Ella se aproximó todavía más. Hice presión sobre el antebrazo, cerré los ojos y la besé con torpeza en el cuello. Sonriendo en forma enigmática, Rosaura retiró el plato y desapareció detrás del biombo.
El corazón todavía me palpitaba con violencia cuando apareció mi tía Gertrudis. Creí advertir en su mirada una sombra de sospecha. Por su parte, al regresar desde atrás del biombo, Rosaura tenía una perfecta impavidez.
En los días que siguieron, Rosaura actuó como si no hubiera sucedido nada. Entraba con los platos, hacia alguna observación trivial sobre los guisos o sobre el calor y lo poco que faltaba para el verano, y salía. Tanto que llegué a pensar que lo del beso había sido un sueño. Sin embargo, un día cualquiera la encontré más expansiva, con un brillo especial en la mirada. Me sirvió la sopa y dijo que comiera -si no engordaba me iba a llevar el viento. Preguntó después por el colegio y no me dio tiempo para responder. Ella opinaba que estudiar demasiado hacía mal.
Cuando terminaba el postre, se plantó junto a mi:
– ¿Estaba bueno?
– Si -dije, moviendo la cabeza vigorosamente.
Se inclinó para retirar el plato y sus ojos me miraron con fijeza, entre risueños y tiernos. Tuve que hacer un esfuerzo para tragar el último bocado. Las orejas me ardían. Los ojos de Rosaura se acercaron. Bajé la vista, encontré unos labios que se ofrecían, entreabiertos y húmedos, y me adelanté a besarlos. Tomé distancia, para comprobar que era ella, y la volví a besar, con la sensación de haberme liberado de un peso infinito, de unas ataduras invisibles, que hasta entonces me habían oprimido insoportablemente, sin que me diera cuenta.
La puerta del comedor se abrió con estrépito. Mi tía Gertrudis fue a hablar, como de costumbre, y su boca permaneció abierta, en un gesto de estupefacción. Rosaura salió rápidamente. Rígida, revestido el rostro por una máscara de dignidad ultrajada, mi tía avanzó despacio y se puso a efectuar los pequeños arreglos habituales. Traté de concentrar energías, pero mi cerebro giraba, descontrolado, incapaz de encontrar un punto sólido. Felizmente, mi tía se había decidido por el reproche mudo. Ocupó su sitio en la cabecera, se colocó la servilleta en la falda y agitó brevemente la campanilla, clavando la mirada en un punto situado por encima de las flores del centro de mesa. Entró Rosaura con la vista baja, trayendo el primer plato. Creí notar en ella un dejo de hipocresía. Pero su aparente sumisión consiguió apaciguar a mi tía Gertrudis, que lanzó un imperceptible suspiro.
Según el reloj del aparador, faltaban más de veinte minutos para la hora del regreso al colegio, pero me descubrí sacando fuerzas de flaqueza y anunciando que tenía que partir. Alcancé a arrepentirme, viendo los ojos acerados de mi tía Gertrudis.
– Hasta mañana -dijo mi tía, después de un largo silencio, y puso la mejilla, con siempre, para que le diera el beso de despedida.
Al salir del comedor, el vestíbulo me recibió con una fisonomía extraña e inhóspita. La luz de la claraboya tenia una cruda lividez y los muebles, en la penumbra de las salas, se habían reagrupado en formaciones hostiles. Cuando divisé el escritorio, a través de la puerta entornada, entendí que las lecturas en el sofá de cuero, a la sombra del retrato de don Edmundo pertenecían a un pasado remoto. El golpe de la puerta de calle alejó esa atmósfera de encierro. Me sumergí en las veredas polvorientas, bulliciosas, respirando con delicia el aire de la primavera. Estaba sofocado, confuso, pero si descartaba como una pesadilla, el recuerdo de mi tía Gertrudis, me quedaba la exaltación de un mundo nuevo, lleno de promesas.
Al día siguiente, Rosaura no estaba en la casa. Sirvió el almuerzo una vieja de anteojos y de caderas gruesas, que caminaba como un ganso.
– ¿Y Rosaura?
– No sé -dijo la vieja, encogiéndose de hombros.
Mi tía Gertrudis llegó de buen humor. Contó su conversación con un maestro medio pitancero, que le barnizaba una cómoda. Me preguntó si me había gustado el almuerzo. Tuve que poner buena cara y decir que si, aunque había comido con desgano. Al poco rato, el tono seguro de mi tía me hacia sentir que lo de Rosaura había sido una locura, el producto de una fiebre.
Sin embargo, esa noche y las que siguieron anduve por calles apartadas, con la esperanza vaga de un encuentro. Creía reconocer una silueta y apuraba el paso, profundamente alterado. Siempre un rostro desconocido, que me devolvía a la aridez, al desierto de la separación.
No la encontré entonces, sino algunos años después, empleada en el departamento de un amigo mío, donde yo solía llegar en las tardes, a falta de un destino mejor.
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