Jorge Edwards - Gente De La Ciudad Doc

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Gente de la ciudad fue publicada por la editorial Universitaria en 1961. Tras su lanzamiento, recibió el Premio Municipal de Santiago. En esta compilación Edwards reunió los siguientes relatos: “El cielo de los domingos”, “El fin del verano”, “A la deriva”, “El funcionario”, “Rosaura”, “Apunte”, “Fatiga” y “El último día”.

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– No es mi ánimo desmoralizarlo. Muy por el contrario.

Se explaya sobre la responsabilidad y la dedicación en el desempeño del cargo. Para terminar, declara que no ha tenido otro propósito que darle un consejo útil. No se habría tomado esa molestia si considerase que Francisco carece de "condiciones funcionarias".

– Muchas gracias -dice Francisco.

– Bien, mi amigo -dice el Director.

Suena el teléfono y Francisco queda sin saber si debe retirarse o no.

– ¡Sí, don Nepomuceno!

La obsequiosidad inunda los rasgos del Director.

– Tengo el expediente a la vista, don Nepomuceno… Sí… Por supuesto… ¡Pierda cuidado!… Sí, don Nepomuceno… ¡Encantado!… ¡Mucho gusto de saludarlo!…

Cuelga el fono y anota en la agenda el nombre completo de don Nepomuceno. La sonrisa desaparece. Con inusitadas energías, toca el timbre. Entra un tipo lívido, encorvado, de anteojos como saleros.

– ¡Hay que darle un corte definitivo a este asunto! -Exclama el Director, cogiendo el expediente.

En ese momento, repara en la presencia de Francisco.

– Puede retirarse.

Encuentra en un corredor a Matilde, que lo saluda con la sonrisa de siempre, un poco solapada y burlona. Ella es baja, ligeramente corpulenta y tiene pantorrillas redondas y fuertes. Francisco se acuerda de haber anotado su número de teléfono en un rincón de la libreta. Ahí quedó sepultado. Entre nombres que, durante un tiempo, perturbaron la imaginación, y que fueron reemplazados por otras imágenes, otras ideas fijas. Actuaba el deseo, pero la voluntad permanecía enclaustrada. No había manera de romper el círculo…

¿Para dónde va? El automatismo de la reflexión lo ha hecho seguir de largo. Regresa a la oficina y contempla el cielo gris a través de los barrotes. Los papeles de su escritorio le producen sueño y desánimo. Su corazón palpita con rapidez. Un corazón prematuramente cansado, que podría detenerse en cualquier instante. La fila de archivadores, inmóvil. Tardíamente, lo enardece el resabio de la conversación con el Director. Cierra el puño y golpea iracundo la cubierta del escritorio.

– ¿Qué te pasa? -pregunta Varela, mirándolo por un lado del diario que le oculta la cara.

Francisco alza los hombros. Por el rostro de Varela pasa una sombra de perplejidad, pero vuelve a enfrascarse en la lectura. Al rato, Varela abandona el diario y se le acerca.

¿No irías a tomarte un vinito?

– …

– ¡Vamos! -exclama Varela, súbitamente entusiasmado, y corre a colocarse el abrigo.

Varela y Francisco salen a tranco largo, hablando con animación. Se dirigen a los bares de la parte baja de la ciudad…

A la mañana siguiente, Varela, con una voz destemplada, que a Francisco le da en los nervios, relata la tomatina de la noche anterior. Francisco recuerda el griterío del bar, las puertas abiertas, por las que se colaba el aire frío, el tumulto de los parroquianos reflejado en el espejo. El mozo corría entre los asientos, bandeja en alto, sudando la gota gorda. Recuerda que Varela, con los ojos brillantes, se desgañitaba llamando al mozo, y que él hablaba en forma incoherente. Una tristeza cada vez más pesada movía sus palabras.

La risa estruendosa de Varela y del jefe de la oficina interrumpen la evocación.

Alguien asoma la cabeza por la puerta:

– Una persona quiere hablar con usted.

– ¿Quién será? -pregunta el jefe, malhumorado.

– Un viejo zarrapastroso.

– ¡Ah, ya! ¡Que se espere!

El jefe, dulcificado, se dirige a Varela:

– ¿Y?…

Francisco se había puesto de pie y había caminado entre las mesas, vacilando, hasta el teléfono. El número de Matilde, en un rincón de la libreta. Lo había marcado lentamente, con miedo de equivocarse, con la sensación de que esa caja mecánica no podía ponerlo en contacto con la voz de ella. Imposible. Y su intuición se había confirmado a medida que el llamado se prolongaba, sin contestación. Vuelta al asiento, lúcido a pesar de las tres botellas de vino.

Después, anduvieron una hora larga, entre brumas, por calles estrechas, en busca de un prostíbulo que preocupaba a Varela. "Era más allá, estoy seguro. Al fondo" decía Varela, empujando a Francisco.

"Pero si no tenemos plata."

"¡No importa!… Al fondo… Ya nos arreglaremos."

Los ojos de Varela tenían un fulgor de locura.

Llegaron a una plaza. Francisco recuerda, o cree recordar, el canto de un gallo detrás de unas tapias. En la cordillera, se insinuaba el amanecer. Repentinamente, la furia de Varela se había transformado en melancolía. Francisco anhelaba el reposo de los arbustos, apenas agitados por la brisa, del pasto, sumido todavía en la oscuridad. Con toques lentos, serenos, el campanario de una iglesia anunciaba las seis de la mañana.

De nuevo asoma una cabeza por la puerta de la oficina:

– El viejo lo sigue esperando.

– Hágalo pasar -dice el jefe.

Varela y Francisco se retiran, mientras un viejo de pequeña estatura, mal vestido, se desliza junto a ellos.

– El vino me da dolor de cabeza -dice Francisco.

Frente a su escritorio, se derrumba en la silla. Intenta decirle a Varela que le duelen los huesos. Levanta la cara, pero no pronuncia palabra y queda con la mirada fija en la pared. En su mente se ha hecho el vacío.

Diez minutos después, la puerta se abre muy despacio. Aparece el viejo que había entrado al despacho del jefe. El viejo mira a Varela, detrás de unos anteojos que brillan. Pero Varela se ha puesto a examinar un almanaque concienzudamente y no le hace caso.

– ¿Señor?

Arrastrando los pies, con el sombrero en la mano, el viejo se aproxima al escritorio de Francisco. Ha presentado hace días una solicitud y viene a preguntar por ella.

– ¿Cómo se llama usted?

– Joaquin Helvetius -dice el viejo.

– ¡Ah, si! Ahora me acuerdo -dice Francisco, rascándose la cabeza y mirando, descorazonado, un alto de papeles-. Su solicitud está para informe de la Fiscalía.

– ¿Puedo venir mañana, entonces?

Los ojillos azules del viejo se clavan en Francisco, aparentemente humildes, pero con implacable obstinación.

– Tiene que esperarse una semana, por lo menos -dice Francisco.

– ¡Ah!

El viejo mueve la cabeza y no se decide a partir. Francisco lo conduce a la puerta…

– ¿Una semana?…

– Si, señor -dice Francisco.

El viejo le da la mano, inclinando la cabeza varias veces, y se aleja por el corredor. Camina un poco encorvado. Su marcha es como un trote suave, en el que las rodillas se disparan hacia afuera.

Francisco lo sigue con la mirada hasta verlo desaparecer. Piensa en el destino, que une por un instante las vidas más dispares. Después sacude la cabeza. Está pensando idioteces. Una voz femenina lo saca del ensimismamiento.

– Se ha olvidado de traer el libro que me prometió…

– No, Matilde, no se me ha olvidado -dice Francisco, atolondradamente-. Lo que pasa es que me lo tiene otra persona. Pero en la tarde se lo puedo ir a dejar, si quiere. ¿No vive por aquí cerca, usted?

– Si -dice ella, sonriendo-. A cinco cuadras. Le doy la dirección… ¡Siempre que no sea una molestia!

– ¡Ninguna molestia! Por el contrario…

Francisco apunta en su libreta y vuelve a la oficina, exaltado, con una sonrisa que no puede aplacar por más esfuerzos que hace. Abre un cajón y observa el libro que yace al fondo, a la espera de la ocasión más propicia. Varela se acerca, leyendo el almanaque, con cara preocupada.

– ¿Sabes cuánto aumenta cada año la población del mundo?

Francisco hace un gesto de indiferencia. Varela da una cifra y queda meditabundo, seriamente alarmado.

Ha esperado que se vayan los demás, que avance la noche. Lástima que en la mañana no se puso el traje nuevo. Y la corbata es una hilacha. ¡No haber sabido! El libro, fuera de su escondite, aguarda sobre la carpeta, exactamente en el centro de la carpeta… Podría ir caminando despacio, mirar un poco las vitrinas. Coge el libro, se contempla por última vez en los vidrios de la ventana, echa una mirada a la oficina, como para cerciorarse de que no lo ha sorprendido nadie, apaga y cierra la puerta.

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