Jorge Edwards - Gente De La Ciudad Doc

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Gente de la ciudad fue publicada por la editorial Universitaria en 1961. Tras su lanzamiento, recibió el Premio Municipal de Santiago. En esta compilación Edwards reunió los siguientes relatos: “El cielo de los domingos”, “El fin del verano”, “A la deriva”, “El funcionario”, “Rosaura”, “Apunte”, “Fatiga” y “El último día”.

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Un cuarto angosto, con estantes que cubrían los muros y llegaban al techo, cargados de Papeles. Para Francisco, las funciones de esa oficina eran un misterio. Dos empleados, hundidos detrás de escritorios enormes, lo miraron con indiferencia.

– ¿No han visto a Varela por aquí?

– No -respondieron, a un tiempo.

– ¿Y al jefe?

– Tampoco.

– … ¿Podrían prestarme el teléfono?

– Úselo, no más.

Marcó el número de la oficina y estaba ocupado. Colgó. Su vista recorría los papeles sucios, pasto probable de ratones. Volvió a marcar y seguía ocupado.

– Gracias -dijo, abandonando el teléfono

Le respondieron con un gesto abúlico.

Abrió la puerta y alcanzó a ver la espalda de Matilde, que se alejaba con lentitud. El salió disparado, rumbo a su oficina.

Días más tarde, supo que Matilde se retiraba del puesto. Ella se lo había dicho. A su marido no le gustaba que trabajara. Francisco fue a despedirse. Como no la encontró, le dejó un mensaje. Ella no se dio por aludida. El fue a despedirse por segunda vez y le dijeron que ya se había retirado del empleo. Durante un tiempo, estuvo tentado de llamarla por teléfono, pero llegado el momento no se decidía.

Han transcurrido los meses de invierno. Avanza el crepúsculo de un día de sol, uno de los que inician la primavera. Francisco, que acaba de recibir del Director una vaga promesa de aumento de sueldo, camina rápido por el pasillo y entra a su oficina como un bólido. Varela está sacando las palabras cruzadas del diario de la tarde.

– ¿Que hay?

– Nada -dice Francisco, y se pone a pasear entre los cuatro rincones de la pieza.

– Sabes -dice, al cabo de un minuto-. Me tomaría una botellita de vino. ¡Qué te parece!

– ¡Vamos! -dice Várela, aplaudiendo y sobándose las manos.

Varela y Francisco salen casi al trote, refocilándose con la idea de la botella que se van a echar al cuerpo. Con una inclinación de cabeza, se despiden del Director, que sale también, pausada y dignamente.

Dos cuadras más allá divisan a Matilde, del brazo del marido,

– ¿Te acuerdas de Matilde? -pregunta Francisco.

Várela hace una mueca desdeñosa. Su miedo a las mujeres se ha transformado en resentimiento incurable, que fácilmente podría desembocar en odio. Sólo se siente seguro frente a las prostitutas, y en esas ocasiones abusa de su poder.

Meditando en esto, Francisco sonríe con pesadumbre.

EL CIELO DE LOS DOMINGOS

"vayase a almorzar uno de estos días" le dijo su yerno, la vez que lo encontró en la calle. Iba muy apurado y a doña Celinda le pareció que no había querido precisar la fecha. En todo caso, iría ese domingo. También era la casa de su hija, al fin y al cabo.

Hecha la resolución, doña Celinda se sintió fortalecida. El sábado, compró un paquetón de dulces para la nieta. El domingo se levantó temprano, fue a misa y rezó por la hija, por la nieta, por el yerno -él sostenía ese hogar- y por ella misma, por que sus negocios de ropa usada prosperaran y por la salvación del alma.

– Hoy almuerzo fuera, señora Lucha. En casa de Raquelita.

– Que le vaya bien, doña Celinda.

Sale tranqueando por el patio, cartera y paquetón en mano. No consigue acercarse sin temor a casa de su yerno, sobre todo a falta de invitación formal. Temor a ser humillada, al contacto de una atmósfera que no logra asimilar completamente. A veces, frente al humor expansivo de doña Celinda, el yerno reacciona con una mirada de soslayo y un silencio impenetrable: "él es de buena familia" dice doña Celinda.

Pese a la excitación, tiene que acortar el paso. El sol pica, y son diez cuadras de camino. Llega sin aliento, deja la cartera en el suelo y toca el timbre. Mirándose en los vidrios de la puerta, se arregla el pelo entrecano. En seguida, los ojillos de pájaro se clavan en los vidrios, sin expresión. Detrás de los vidrios viene a dibujarse una sombra.

Nota cierto desgano en la voz de Raquel y entra sin saludar, pisando fuerte y haciendo alaraca por el calor de afuera. La conducen a una salita muy arreglada, con cuadros y muebles de estilo.

– Voy a llamar a la niña.

"Me pasan a esta pieza, como si no fuera de la familia". Doña Celinda suspira y se deja caer en un sillón. Saca un pañuelo y se limpia la frente. Sobre la mesa, el paquetón de dulces. ¡No vayan a encontrarlo pobre! Pero ya no hay nada que hacer.

– ¡Te volviste loca! -exclama su hija-. ¡Que paquete más enorme!

La nieta, enclenque y paliducha, cruza y descruza las piernas, mirando a doña Celinda con cara de susto.

– ¿Y Roberto?

Raquel dice que está bien. De pasada, añade que espera para el almuerzo una gente con quien tiene que hablar de negocios.

– ¡Cómo se te ocurre! -exclama, ante el ademán de partir de doña Celinda-. Te quedas a almorzar con nosotros.

Doña Celinda insiste ardorosamente, sin disuadir a Raquel. Como la discusión no se resuelve, cambia de tema -negocios de compra venta de ropa- y come un dulce. Raquel insinúa que hay mucho trabajo en la cocina -no se puede confiar en la empleada. Sus escrúpulos ceden, ante el interés que demuestra doña Celinda por quedarse en compañía de la nieta, y se

retira de la sala.

La niña, reclinada en la mesa, rumia un caramelo y se mira la punta de los zapatos. Sus piernas son como palillos.

"Debieran llevársela al campo ’’ piensa doña Celinda. "¿Para qué tienen plata, entonces? En fin, mejor no me meto…"

– ¿Por que no vas a jugar al jardín?

Un destello de vivacidad atraviesa los ojos de la muchacha.

– Anda al jardín, te digo.

La muchacha deja el paquete sobre la mesa y sale corriendo.

"Chiquilla tonta" piensa doña Celinda. Saca de su cartera un pequeño espejo y se empolva la nariz gruesa, la sombra del bigote. Sonriendo con desdén, recuerda su infancia en el campo. Es una evocación confusa de trabajos y violencias, juegos y terrores primitivos. ¡Qué diferente! Guarda el espejo y se pone de pie. ¿Para qué se va a despedir? En el corredor sombrío no hay nadie. Abre la puerta, silenciosamente, y sale a la calle inundada por el sol.

Se va con paso firme, respirando fuerte. La gente conversa en las esquinas. Gritos, automóviles y el zumbido del calor. Trata de penetrar los rostros, como si eso sirviera para detener el torbellino de las ideas. Sin saber por qué, la altura del cielo le produce alegría y tristeza. Allá lejos, unos árboles se yerguen sobre unos muros grises. Pasa una carretela, cimbreándose y crujiendo que se desarma.

Don Cayetano en el interior del almacén, detrás del mostrador. En la semioscuridad, su chaqueta blanca, impecable. Doña Celinda no se atreve a entrar. Imagina la caja de don Cayetano, repleta de billetes. Hoy día, las muchachas jóvenes andan detrás de la plata; ella lo ha visto con sus propios ojos. ¡Llegan con un descaro! Don Cayetano, con la hermosa cabellera encanecida, que sobresale a los lados de la cabeza y enmarca una calva reluciente, está inclinado sacando una cuenta. Doña Celinda sigue su camino.

– ¡Quién se va a casar con una vieja sin chapa!

Lanza una carcajada sonora. Empujando con energía una puerta batiente, entra al Club Nortino, situado a continuación del almacén. Un bistec con harto jugo, y una ensaladita…

En el mesón, el ojo duro de un pescado, entre torrejas de limón y hojas de perejil, la seduce.

– ¿Señora?

– ¿Está fresco el pescado?

– ¡Fresquito!

Las manos del mesonero actúan con expedición asombrosa. Pronto el trozo blanco, tierno, levemente dorado, cae al papel de mantequilla; es colocado en la balanza, envuelto y entregado a través del mesón.

– Y una ensaladita, si me hace el favor.

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