Al amanecer llegó un paquete entregado a su nombre por un mendigo. Contenía un medallón, la joya por la que había cometido su primer asesinato, y una nota. En ella, Jawahal explicaba que tras varias semanas de espiarlos en secreto y de comprobar que ahora era un hombre de éxito y que tenía una esposa radiante, quería desearles lo mejor y, tal vez, realizar alguna visita próxima para, como él decía, volver a compartir como her-manos lo que les pertenecía a ambos.
Los días siguientes estuvieron sembrados de pánico. Uno de los centinelas que Peake había puesto a custodiar la casa por la noche apareció muerto. El perro de tu padre fue hallado en el fondo del pozo del patio. Y cada noche, ante la impotencia de Peake y sus hombres, los muros de la casa amanecían con nuevas amenazas pintadas en sangre.
Aquéllos fueron días difíciles para tu padre. Se acababa de construir su máxima obra, la estación de Jheeter’s Gate en la orilla Este del Hooghly. Era una estructura de acero im-presionante y revolucionaria y constituía la culminación del proyecto largamente ansiado de tu padre de establecer una red de ferrocarril en todo el país que permitiese desarrollar el comercio propio y modernizar las provincias hasta llegar a superar el dominio británi-co. Aquélla siempre fue una de sus obsesiones, sobre la que podía hablar con vehemencia durante horas, como si se tratase de una misión divina que le hubiese sido encomendada.
La inauguración oficial de Jheeter's Gate tuvo lugar al final de aquella semana y, para celebrar la ocasión, se decidió fletar simbólicamente un tren que iba a transportar a 360 niños huérfanos a su nuevo hogar en el Este del país. Eran hijos de los estratos más castigados por la pobreza, y el proyecto de tu padre significaba para ellos una nueva vida. Era un empeño en el que tu padre había estado comprometido desde el primer día y, que constituía la ilusión de su vida. Tu madre insistió hasta la desesperación en acudir duran-te unas horas al acto y le aseguró que la protección del teniente Peake y sus hombres bas-taba para mantenerla segura.
Cuando tu padre subió al tren y puso en marcha la máquina que debía conducir a los niños a su nuevo hogar, sucedió algo imprevisto y para lo cual nadie estaba preparado. El fuego. Un terrible incendio se propagó por varios niveles de la estación y a lo largo de los vagones del tren que se internaba en el túnel convertido en un verdadero infierno rodante, una tumba de hierro candente para los niños que viajaban en su interior. Tu padre murió aquella noche intentando salvar inútilmente a los niños mientras sus sueños se desvane-cían entre las llamas para siempre.
Cuando tu madre recibió la noticia, estuvo a punto de perderte. Pero la fortuna, cansada de enviar desgracias a la familia, quiso salvarte. Tres días más tarde, cuando apenas le faltaban unos días para dar a luz, Jawahal y sus hombres irrumpieron en la casa y se llevaron a tu madre, no sin antes proclamar que la tragedia de Jheeter"s Gate había sido obra suya.
El teniente Peake logró sobrevivir y seguirlos hasta las entrañas de la estación de Jheeter's Gate, que ahora se había convertido en un lugar abandonado y maldito donde nadie había vuelto a entrar desde la noche de la tragedia. Jawahal dejó una nota en la casa jurando matar a tu madre y al niño que iba a dar a luz. Pero había algo que ni él mismo había previsto. No era un niño. Eran dos. Dos gemelos. Un niño y una niña. Vosotros dos…»
Aryami Bosé siguió relatando el resto de la historia: cómo Peake había conseguido salvarlos y llevarlos hasta su casa, cómo ella había decidido separarlos y ocultarlos del asesino de sus padres… Ni Sheere ni Ben la escuchaban ya. Ian observó en silencio el rostro blanco de su mejor amigo y el de Sheere. Apenas parpadeaban; las revelaciones que habían oído de labios de la anciana parecían haberlos transformado en estatuas. Ian suspiró profundamente y deseó no haber sido él el elegido para asistir a aquella extraña sesión familiar. Se sentía profundamente incómodo al encarnar el papel de intruso en el drama de sus amigos.
Con todo, Ian se tragó su propia consternación por cuanto había averiguado y sus pensamientos se concentraron en Ben. Trataba de imaginar la tormenta interna que la historia de Aryami debía de haber desatado en él y maldecía la brusquedad con que el miedo y el cansancio habían llevado a la anciana a desvelar acontecimientos cuya trascen-dencia iba probablemente mucho más allá de lo aparente. Trató de apartar de su mente por el momento el suceso que Ben había explicado aquella misma mañana sobre su visión de un tren en llamas. Las piezas de aquel rompecabezas se multiplicaban con una veloci-dad escalofriante.
No podía olvidar las decenas de veces en que Ben había afirmado que ellos, los miembros de la Chowbar Society, eran personas sin pasado. Ian temía que el encuentro de Ben con su pasado en las penumbras de aquel caserón hubiera desgarrado su interior sin remedio. Se conocían desde niños e Ian sabía de las largas e impenetrables melancolías de Ben, de cómo era mejor apoyarle sin formular preguntas o tratar de leer sus pensamientos. Por lo que sabía de su amigo, la fachada altanera y arrolladora con que Ben solía escudar-se habitualmente había encajado aquel golpe como una puñalada fatal, una herida de la que el propio Ben no querría hablar jamás.
Ian posó su mano suavemente sobre el hombro de Ben, pero su amigo no pareció advertirlo.
Ben y Sheere, que apenas unas horas antes se habían sentido unidos por un nexo de simpatía y afecto crecientes, parecían ahora incapaces de mirarse el uno al otro, como si las nuevas cartas que se habían repartido en el juego les hubiesen hecho conscientes de un extraño pudor, o de un temor elemental a intercambiar un simple gesto.
Aryami miró a Ian, inquieta. El silencio reinaba en la sala. Los ojos de la anciana parecían suplicar una disculpa, el perdón del mensajero portador de malas noticias. Ian ladeó la cabeza ligeramente, indicando a Aryanmi que abandonasen la sala. La anciana dudó unos instantes, e Ian se incorporó y le ofreció su mano. La anciana aceptó su ayuda y le siguió hasta la estancia contigua, dejando a Ben y a Sheere a solas. Ian se detuvo en el umbral y se volvió a mirar a su amigo.
– Estaremos fuera -murmuró. Ben, sin alzar la mirada, asintió.
Los miembros de la Chowbar Society languidecían bajo el calor aplastante en el patio cuando comprobaron que Ian asomaba al portón de la casa acompañado de la anciana. Ambos intercambiaron unas palabras. Aryami asintió débilmente y buscó el resguardo de la sombra que facilitaba una vieja marquesina de piedra labrada. Ian, con el semblante pétreo y adusto, que sus compañeros interpretaron como presagio de malas noticias, se aproximó al grupo de muchachos y aceptó el espacio de sombra que los demás abrieron para él. Las miradas se precipitaron sobre él como las moscas a la miel. Aryami les obser-vaba a pocos metros abatida.
– ¿Y bien? -preguntó Isobel, dando voz al pensamiento generalizado de la asam-blea.
– No sé por dónde empezar -respondió Ian.
– Empieza por lo peor- sugirió Seth.
Lo peor es todo -repuso Ian. Los demás le observaron en silencio. Ian contempló a sus compañeros y sonrió débilmente.
– Diez orejas te escuchan -dijo Isobel.
Ian repitió fielmente cuanto Aryami acababa de revelarles en el interior de la casa, sin omitir detalle y dejando para el final de su relato un epílogo especialmente dedicado a Ben y Sheere, que seguían solos en la sala, y a la terrible espada que acababan de descu-brir pendiendo sobre sus cabezas.
Cuando hubo finalizado, el pleno de la Chowbar Society ya había olvidado el calor sofocante que caía del cielo como un castigo infernal.
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