Llegó temblando de fiebre; para mayor seguridad lo llevaron a una torre vieja, invadida de palomas, arreglada rápidamente con tapices y algunos muebles. Amodorrado y torpe se dejaba hacer. Resbalaba en la fiebre como en un sueño. Tenía días sin comer.
Tomaba agua de palo guayacán, y entre vómitos y diarrea venían los médicos y los barberos con sus pócimas y sus lancetas. Olía a excremento y ranciedad. «Hiede a galera.» Tenía inflamadas las almorranas. Con la lanceta se las punzaron. Era un ardor de fuego como el que debían sentir los empalados. Mugía de dolor. De lejos llegaba hasta la torre el eco de los disparos del cerco enemigo.
Había que espantar las palomas que llenaban el espacio de zureos y ruido de alas.
Recordaba los Espíritus Santos volando sobre las velas de la Pentecostés. Le pasaban por la memoria las figuras del recuerdo. Ruy Gómez, la princesa Juana, que ahora ya no parecía risueña; su hijo, el rey Sebastián acababa de desaparecer en la cruzada contra los moros en Alcazarquivir. Don Carlos, con la mirada de aquella noche de la alcoba de la prisión. El Emperador en la penumbra de la mañana en que le tendió la mano en Yuste. Eran los que ya estaban del otro lado de la tela de los retratos.
«Fuera de la vida y del mundo.» «¿Qué día es hoy?», era la pregunta que hacia cada vez que creía despertar. «Veinte de septiembre, Alteza.» Lo sorprendió la fecha. «Mañana, si es que estoy vivo, se cumplen veinte años del día en que llegué ante el Emperador.» Llamó a Soto para dictarle una carta para el rey. Entre toses y ahogos la voz delgada y vacilante parecía hablar sola, mientras cerraba los ojos. Recordaba el comienzo de la enfermedad: «Aquel mismo día en la noche me dio una calentura con un gran dolor de cuerpo y de cabeza que me tiene en la cama harto acongojado y aunque estoy tan decaído como si la hubiera tenido treinta días espero en Dios que con los remedios que se han hecho y van haciendo no pasará adelante, si bien certifico a Vuestra Majestad que el trabajo que se pasa es de tal manera que no hay salud que resista, ni vida que pueda durar". Se le agotaba el aliento. Soto, con su pluma, y el confesor estaban presentes. «No dejo, por lo que a mi toca, de tener gran sentimiento…» Se interrumpió y enmendó: «Grandísimo sentimiento de que sea yo sólo el desfavorecido y abandonado de Vuestra Majestad, debiendo no sólo por hermano, sino por el hombre del mundo que más de corazón le ha procurado servir y que con mayor fe y amor lo ha hecho, ser tenido en diferente estima y consideración».
Cada día, en alguna hora lúcida, se confesaba. Le rodeaban sus capitanes pero no podía casi hablarles. Se les quedaba mirando sin poder decirles lo que no llegaba a las palabras. En presencia de ellos le dijo a Farnesio: «El comando te pertenece.
Lo harás mejor que yo». Hubo lágrimas y maldiciones.
Le dieron la Extremaunción y siguió en el delirio del que salía a medias para preguntar si Escobedo había regresado o para pedir al rey lo enterrara cerca de la tumba del Emperador. Pasaba horas largas sumido en aquel sopor de moribundo. Los acompañantes esperaban en suspenso el regreso de la respiración en cada aliento de estertor.
Se estaba durmiendo. Se estaba despertando. Subía por la cuesta. La reconocía, tan distinta. A un lado, los árboles del huerto y el estanque de los peces. Sólo viento y ruido de hojas. Al otro, la mole inerte del convento y la iglesia cerrada y sin vida.
Subía hacia la terraza vacilando sobre las piedras desiguales. No se oía ni el ruido de sus pisadas sin peso. Cada paso era un esfuerzo de asfixia. No veía claro. Todo parecía solo, abierto, quieto, lleno de aire lento y sin eco.
Había llegado a la terraza vacía. Ni un mueble, ni un ruido en el espacio hueco.
Puertas y ventanas abiertas hacia ámbitos desnudos y lejanos. No se oía otra cosa que aquella gruesa respiración de ahogo que lo sacudía. Cada paso era más lento.
Ni vida, ni movimiento, ni forma, apenas la apagada luz que lo iba cubriendo. Exhausto, ya para caer, logró alzar una voz que era un grito de angustia: «¡Soy yo!».
La voz se iba de él y resonaba a lo lejos. «Soy yo… yo… yo…»