Pareció olvidarse de todo para entregarse a los preparativos de torneos, banquetes, paseos, festines, danzas y música. Recibía con impaciencia los partes de su aproximación. Traía un gran séquito de damas y caballeros. El único objeto de su viaje era conocerlo en persona para compararlo con la leyenda.
A retazos, la vida y la figura de la reina surgió de las conversaciones. A los diecisiete años la habían casado con su lejano primo Enrique de Bearn, príncipe de Navarra, había conocido en la niñez en la Corte de Francia. El partido católico miraba al príncipe como peligroso protestante. Cinco días antes de la San Bartolomé se había hecho saber con certera coquetería que no deseaba grandes fiestas porque celebró su boda en Paris. Fue una boda manchada de sangre. El príncipe estuvo ameno. Poco tiempo después la muerte de la reina de Navarra lo hizo rey. En el hervor de murmuraciones y odios de la Corte corrían historias de su aventuras galantes. No se hablaba menos de Margarita. Se le atribuían amores clandestinos. Por ella el señor de La Motte había sido asesinado. No por venganza de amor, sino agravio de orgullo.
Subió al trono Enrique III y Enrique de Navarra se mantenía en sus tierras en abierta simpatía con los hugonotes. La reina madre, Catalina de Médicis, tuvo que llevarla hasta la Corte de su marido para lograr una reconciliación poco duradera. No había tenido hijos Margarita, mientras Enrique de Navarra cambiaba de amantes y sumaba bastardos.
Estaba separada de hecho y venia de la Corte de su hermano, el rey de Francia.
Podía venir en alguna misión política para meter a los franceses en el conflicto de Flandes. Tenía sobre ella un aura de belleza y fatalidad.
Con una brillante comitiva de caballeros y damas salió Don Juan a encontrarla en el camino. Era una mañana de julio, luminosa y plena.
A poco de cabalgar toparon con el cortejo de la reina. Tres literas, tres carrozas, numerosos caballeros y un destacamento de tropa.
Echó pie a tierra ante la litera. Ella asomó la cara por la cortina abierta y le ofreció la mejilla. Se detuvo a contemplarla. Era bella. Alguien había dicho que era de «una belleza diabólica». Eran los rasgos de la reina Isabel de Valois. Reaparecía aquella imagen nunca olvidada de la primera vez que la vio cuando salió a recibirla en el camino de Guadalajara con Don Carlos. La misma piel transparente, los pómulos altos, la frente amplia, los ojos vivaces y grises, la boca carnosa, sonriente. Le tomó las manos y besó la mejilla fresca. Aspiró un perfume seco y penetrante. «No es posible verla sin amarla, señora.» Sonriente le había replicado: «Debéis saber que es peligroso».
Se incorporó de la litera y vinieron a rodearía sus damas y los caballeros del séquito. Mientras se hacían las presentaciones la pudo observar con gula. Era posesiva y burlona.
Había sido aquella hermana menor de la que tanto hablaba la reina Isabel. Era también aquella otra que, en los días de Alcalá, había figurado entre las posibles esposas para Don Carlos. Era, sobre todo, la princesa que la reina madre de Francia había propuesto a Felipe II para reemplazar a Isabel muerta. «El destino de las princesas lo hacen los otros.» Del destino hablaron en el trayecto hacia Namur. «He sabido mi destino y el de toda mi familia. El doctor Nostradamus lo predijo deL modo más perfecto.» Hablaron del temido profeta ya muerto. Contó muchas profecías cumplidas. «Se concentraba y por los astros podía profetizar el destino de cualquier persona.» Recitó el oscuro cuarteto que parecía anunciar la muerte de su padre, el rey Enrique II, en un torneo: «En jaula de oro le romperán los ojos«. La reina Catalina le pidió los horóscopos de sus siete hijos. «Dijo que todos serian reyes.» Ya no faltaba sino uno, «mi hermano el duque de Alezón«. Se inmutaron los españoles. Era precisamente el joven príncipe francés que el Taciturno tenía como un posible candidato al Gobierno de Flandes. Cambió de tema con gracia.
Parecían estar solos. «Por mi han pasado muchos destinos, ahora sé que el único que me queda no es bueno.«No hay que decir eso, Vuestra Alteza lo tiene todo.» Sonrió al halago.
Desfilaron por la ciudad en fiesta hasta el palacio. Los vecinos se asomaban como si despertaran de la pesadilla de la guerra.
De la recepción en el palacio pasaron al banquete. Había música de violas y canciones de amor triste. Se sentían solos y segregados de los demás. «Todo ha cambiado con vuestra presencia.«Se había borrado la angustia y el cerco de amenazas. Ella dijo: «Somos como dos niños escapados de la casa, escapados de un presente que no nos agrada«. Hacía comentarios burlones sobre las damas y señores que le presentaban.
Recordaba con desparpajo personajes y cuentos de la Corte de Francia. Engaños del amor, historias de alcoba, picardías.
En el banquete, sentados juntos en la cabecera, comenzaron a tutearse. A través de ella percibía otros rostros. Isabel de Valois, aquel sueño de mujer inaccesible de sus años mozos, Catalina de Médicis, en el centro de la red de su intriga, y algo de las mujeres que había amado. Era distinta a todas. Lo fascinaba y le llegaba hondo. Tuvo la sensación de estar atrapado. «Puedes ser un peligro para lo que estoy haciendo aquí.
Pueden aprovecharse mis enemigos, pero no logro verte de esa manera. Olvidemos todo eso. Quiero vivir plenamente esta hora que nos regala el destino.» Pasaban en su parlería las cosas divertidas de la Corte de Francia. Lances de amor y engaño, imitaba gestos, soltaba palabras crudas. No había oído hablar así a ninguna gran dama. Tal vez a la princesa de Éboli, pero era otra cosa. Lo hacia reír como cuando le contó una escena representada por los comediantes italianos en presencia de la reina Catalina. El joven que pasa la noche oculto en la alcoba de la bella dama y al día siguiente se lo cuenta a un amigo. «¿Ch'avete fatto?» «Niente», respondió ante el asombro del otro que lo increpa: «¿Niente? ¡Ah poltronazzo!, senza cuore, non avete fatto niente, che maldita sía la tua poltronería».
Rió Don Juan y advirtió lo que había detrás de las palabras. Más adelante le dijo: «Me recuerda un romance de España que aprendí de niño. Trata precisamente de la hija del rey de Francia». Narraba y recitaba: «De Francia partió la niña de Francia la bien guarnida…». El caballero la halla extraviada en el camino y la recoge para llevarla a Paris. Era bella y la requiere de amores. Ella se defiende: «Tate, tate, caballero no hagáis tal villanía, hija soy de un malato y de una malatía el hombre que a mí llegase malato se tornaría». Ya entrados en la ciudad la infanta se burló. «¿De qué vos reís, señora?» «Ríome del caballero y de su gran cobardía tener la niña en el campo y le catar cortesía.» No se separaron en todo el día. A ratos llegó a retenerle la mano de finos dedos cargados de luminosas sortijas. En medio de los cortesanos y los criados se sentía al lado de ella más libre y más joven. En la noche hubo baile y fuegos de artificio. La llevó de la mano a formar parte del cuadro de los danzarines. No la veía sino a ella.
Estallaron los fuegos de artificio. Desde la plaza volaban por el cielo nocturno chorros de luces en medio de las explosiones de los cohetes. Se separaron de los espectadores agrupados en los balcones. Solos llegaron hasta la cámara reservada para ella. Se vieron a los ojos antes de entrar y luego penetraron sin decir palabra. Cerró la pesada puerta. A la luz de los candelabros se alzaba el gran lecho dorado cubierto de cortinas, como la escena de un teatro. En los tapices de la paredes estaba la batalla de Lepanto.
En la tela azulosa flotaban las galeras bajo la figura de la Virgen entre las nubes, y en primer plano Don Juan, de armadura, casco y bastón de mando, con la mano extendida dirigiendo el combate. «No hay como huir de ti.» La tomó en sus brazos y comenzó a besarla ávidamente Cesó la sonrisa, hubo algunas palabras que él ni oyó. La llevó hasta el borde del lecho. Había cerrado los ojos y respiraba ansiosa. Antes de volcarse dijo apenas: «Doucement».
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