Arturo Pietri - La visita en el tiempo

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La visita en el tiempo: краткое содержание, описание и аннотация

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En La visita en el tiempo, Arturo Uslar Pietri recrea la vida de Don Juan de Austria, general y hombre de Estado español, hijo natural del emperador Carlos V y Bárbara de Blomberg. Nacido en 1545, fue criado secretamente por Luis de Quijada, mayordomo del emperador. Famoso por su gallardía, Felipe II lo reconoció como hermano, lo instaló en la corte y le concedió los honores propios del hijo del emperador.
Habían proyectado dedicarle a la iglesia, pero lo impidió su carácter belicoso.
Demostró sus condiciones de general y ambicionó reinar más que nada en el mundo; su corta existencia transcurriría en un constante conflicto entre el sueño y la realidad.

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Tenían mucho que recordar juntos. Las campañas del mar, la guerra de Granada, los tiempos de Italia. Hablaron de los vivos y los muertos, de Margarita de Parma. “Mucho la quiero y mucho le debo.” En Flandes había comprendido lo acertado de los juicios de la princesa. «Todo lo que me dijo resultó cierto. Era ella quien tenía razón.› Pasó la sombra de Don Carlos en la remembranza. Ruy Gómez y su comprensiva discreción.

La princesa Juana, la reina Isabel y sus alegres tiempos. A ratos reían como niños.

Del rey: «Mucho lo respeto y lo quiero, pero no lo puedo entender›'. «Lo que finalmente resuelve, llega siempre como una tardía confirmación de sospechas.»Conoce muy bien el arte de negar sin decir no.» Pintaron a varios Antonio Pérez. "Debo tenerlo por amigo mío», opinaba Don Juan. «Sí, pero a su manera›', observaba Farnesio. Recordaron las repetidas contradicciones entre lo que prometía y lo que lograba. «Nunca se sabe con quién está finalmente.» Don Juan reconocía que siempre había aprobado sus planes y colaborado en ellos. La empresa de Inglaterra la había tomado como suya.

«Es posible, pero lo cierto es que se las arregla para no quedar mal ni comprometerse ante Su Majestad." Le confió a Farnesio: «Ya he dejado de pensar en todo eso. Ahora no me queda sino ganar la guerra y terminar bien«.

La actividad de los rebeldes se multiplicaba. En rápida sucesión desconocieron el Edicto Perpetuo, depusieron a Don Juan como Gobernador, designaron al Taciturno como jefe de los ejércitos. Habían proclamado al joven archiduque Matías como Gobernador. Daban vueltas a los hilos de la intriga, visibles e invisibles.

Mientras, en el campamento se preparaban la tropas; había ocurrido la entrada triunfal en Bruselas del Archiduque y de Guillermo de Orange. Los estados, los magistrados y el pueblo se lanzaron a las calles a ovacionar al Taciturno y a su nuevo príncipe.

Don Juan recordaba la atmósfera de tensión y recelo del día que lo recibieron. «Nos odian.» Los días finales de enero fueron de continuo quehacer. Las tropas del Tacituno avanzaban hacia Namur. Con Farnesio y Gonzaga y con los jefes de los tercios entró en un febril anticipo de combate. Los rebeldes se habían detenido a una legua de distancia, en Gemblours, y estaban dispuestos en orden de batalla. Los informes los describían como un improvisado y desordenado amasijo de hombres armados de todas las- procedencias: valones, alemanes, gente del Norte, y hasta franceses, escoceses e ingleses.

Había que ir por ellos. Salieron en el alba. Don Juan y Farnesio en el centro, a un lado la caballería mandada por Gonzaga. Apenas entraron en contacto, se desprendió la caballería española en una atropellada violenta y penetró en las filas rebeldes revolviéndolas. Cuando la infantería entró en acción no encontró mucha resistencia. Se desprendían y deshacían las agrupaciones. Huían soldados rebeldes por todas partes.

Don Juan, bajo su estandarte, observaba con asombro la inesperada y rápida derrota. El desorden se había generalizado en las fuerzas rebeldes y a campo traviesa huían en deshechos grupos perseguidos por la caballería.

La derrota del enemigo era completa. El Taciturno se replegaba hacia Bruselas, seguido por la tropa en desorden. El campo estaba cubierto de muertos. Cuando pudo recorrerlo se dio cuenta de la magnitud de la victoria. «No fuimos nosotros, fue Dios», le dijo Alejandro Farnesio cuando se encontraron.

Al regresar a Namur escribió al rey dándole cuenta. No era para creerlo. Frente a los centenares de muertos de los rebeldes, los de sus tropas no llegaban a una decena.

Tenía que ser la obra de un favor sobrenatural.

La situación había cambiado. De nuevo todo era posible y comenzaba otro tiempo.

Lo que en aquellas primeras horas de embriagado estupor sintió fue como un renacer.

«Si tuviéramos la gente y el dinero necesario dominaríamos todo el país y hasta prenderíamos al Taciturno.» Había ocupado Lovaina y otras ciudades. Vaciló en atacar Bruselas. Esperaba el eco que vendría de la Corte. El rey le escribió una larga y elogiosa carta de aplauso.

Le ofrecía refuerzos y más dinero. Escobedo, por su parte, le hacia saber que aquel gran suceso había cambiado todo. Las reticencias, los mezquinos retardos, la lenta resistencia había cesado. Antonio Pérez lo elogiaba con citas de historiadores romanos.

En febrero y marzo todo pareció favorable. Pero había el riesgo de que pasara el tiempo y no se tomaran las acciones necesarias para completar el triunfo. Si se le daba tiempo, el Taciturno comenzaría a tender de nuevo 19s hilos de aralia de su intriga habitual.

Fue un día como los otros en aquella primavera de nuevas esperanzas. La rutina ordinaria de despachar con los secretarios, de salir de paseo, de atender las audiencias.

Fue Gonzaga quien se lo dijo. Lo presintió en el gesto y la voz que vacilaba para hablarle. Poco a poco, casi rechazando el significado de las palabras, lo alcanzó la plenitud del horror. Escobedo había sido asesinado en Madrid. Se le borró la noción del tiempo y del lugar, para no quedar en su conciencia sino aquel hecho brutal.

Fue armando los detalles. La noche del 31 de marzo, Lunes Santo, venia Escobedo, a caballo con algunos acompañantes, hacia su casa. En la vecindad del palacio, junto a un santuario, cerca de las casas de Antonio Pérez y la princesa de Éboli, de entre los transeúntes nocturnos, una brusca pandilla de matones lo había atacado. Una espada lo había atravesado de abajo arriba. Se dobló sobre el caballo y rodó a tierra. La alarma cundió. Sus hombres y algunos paseantes trataron de detener a los criminales.

Les vieron las caras, les arrebataron capas y pistolas, pero lograron huir y perderse en la noche. La gente corría gritando. Lo llevaron a una casa cercana. No tenía ya ni habla ni conocimiento, y poco después murió.

Se oscureció por dentro, súbitamente. Sentía que algo muy profundo había sido destruido dentro de él. Qué incontenible odio se había desatado. «Ha muerto por mi.

Lo han matado para matarme.» Se hacía repetir la escena en busca de posibles indicios. Veía la noche de Madrid y el vecindario con aquellas casas tan conocidas por él. El golpe tenía que haber partido de muy arriba. Elucubraba calladamente hasta que caía en suposiciones que le daban horror.

Sabia por las cartas y por las conversaciones de visitantes las dificultades y malos ratos que Escobedo había pasado en la Corte. Su desesperada insistencia, sus repetidos y hasta atrevidos reclamos ante Antonio Pérez y el rey. Era suelto de lengua y se cuidaba poco. Se había mostrado siempre como su amigo, su defensor y el partidario más resuelto de sus planes de Flandes e Inglaterra. Muchas cosas debían haber ocurrido que él no sabia. No acertaba a identificar todos los personajes del turbio drama. No debían ser muchos, no habían sido nunca muchos. Mientras más volvía sobre el crimen se le hacia más forzoso recaer en la figura de Antonio Pérez. No hubiera podido hacerse aquello sin que él participara en alguna forma. Le venían en tropel los recuerdos de frases, de actitudes, de inexplicables conductas del secretario.

Algo en el fondo de él rechazaba semejante posibilidad. Significaría que era y había sido siempre su peor enemigo, que por años y años lo había logrado engañar. Peor todavía era tener que asomarse a la aterradora cuestión de que Pérez se hubiera atrevido a tamaña ofensa sin contar, en alguna forma, con la tolerancia del rey. Era una sensación de vértigo en la que le faltaba el suelo y el aire y perdía la noción de su propio ser Con Escobedo en Madrid, se había quedado sin confidente, solo en sus dudas. Había hecho venir a Juan de Soto para acompañarlo y dialogar. Más que nunca sentía la necesidad de aquel seguro eco de su pensamiento. Hablaba con sus amigos para desesperarse aún más y para llegar siempre al borde infranqueable de preguntas finales que nadie se atrevía a responder. Todos se mostraban sorprendidos y asustados. Farnesio y Soto le aconsejaban serenidad. No había que enloquecer haciendo suposiciones.

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