Arturo Pietri - La visita en el tiempo

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La visita en el tiempo: краткое содержание, описание и аннотация

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En La visita en el tiempo, Arturo Uslar Pietri recrea la vida de Don Juan de Austria, general y hombre de Estado español, hijo natural del emperador Carlos V y Bárbara de Blomberg. Nacido en 1545, fue criado secretamente por Luis de Quijada, mayordomo del emperador. Famoso por su gallardía, Felipe II lo reconoció como hermano, lo instaló en la corte y le concedió los honores propios del hijo del emperador.
Habían proyectado dedicarle a la iglesia, pero lo impidió su carácter belicoso.
Demostró sus condiciones de general y ambicionó reinar más que nada en el mundo; su corta existencia transcurriría en un constante conflicto entre el sueño y la realidad.

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Por muchas vías le llegaban versiones diferentes. Algunos decían que a Escobedo lo habían matado por sus amores con una dama conocida, esposa del castellano de Marlán. Habían encontrado en su casa cartas apasionadas y una llave para entrar en la noche a la casa de la amiga.

Otros implicaban al duque de Alba y a otros magnates. Era no conocer al duque.

Pero lo que más se repetía y sostenía era la responsabilidad de Antonio Pérez, el rumor popular lo señalaba. Estaba en Alcalá de Henares la noche del crimen, pasando unos días de descanso. Gente que lo vio en esa víspera señalaba su excesivo nerviosismo.

su visible angustia, su impaciencia para interrogar a los que llegaban de la Corte.

Tenía que escribir al rey. Lo hizo como si hablara consigo mismo.»Señor: con mayor lástima que la sabría encarecer he entendido la infeliz muerte del secretario Escobedo.

de la que no me puedo consolar, ni me consolaré nunca Le brotaba la resaca de su amargura. «Ha perdido V. M. en él un criado como yo me sé y yo el que V. M. sabe."

«En esto de sentir tanto como yo lo hago, siento sobre todo que al cabo de tantos años y servicios haya acabado de muerte tan indigna a él causada por servir a su rey con tanta verdad y amor, sin otro ningún respeto ni invención de las que usan ahora.›' Le llegaba a la boca el nombre que no debía escribir: "No quiero incurrir en este pecado en este caso que yo no señalo parte», para añadir con segura entonación de las palabras: «Mas tengo por sin duda lo que digo y como hombre a quien tanta ocasión se ha dado y que conoce la libertad con que Escobedo trataba el servicio de V. M., témome de dónde le puede haber venido". Insistió más: "Yo no lo sé de cierto, ni no sabiendo lo diré, sino que por amor a Nuestro Señor suplico a V. M. con cuánto encarecimiento puedo, que no permita que le sea hecha tal ofensa en su Corte, ni que la reciba yo tan grande como la que también se me hace a mí, sin que se hagan todas las posibles diligencias para saber de dónde viene y para castigarlo con el rigor que merece. Y aunque creo que y. M. lo habrá ya hecho muy cumplidamente y que habrá cumplido con el ser de príncipe tan cristiano y justiciero, quiero asimismo suplicarle que como caballero vuelva y consienta volver por la honra de quien tan de veras lo merecía como Escobedo y así pues le quede yo tan obligado que con justa razón pueda imaginarme haber sido causa de su muerte por las que V. M. mejor que otro sabe". Rey, príncipe cristiano, justiciero, caballero, criminal.

En la larga carta reiteraba la súplica como si hablara con quien no quería oír. Recomendaba a la mujer y a los hijos del muerto. Volvía a insistir: "Todo lo que le suplico y le suplicaré continuamente hasta alcanzar la justicia y la gracia que le estarán pidiendo siempre la sangre y los servicios del muerto".

Era la sombra de Antonio Pérez la que no se iba de su pensamiento. Metido en una nube de aromas y de intriga, frío tahúr del juego del poder y de la muerte. A su Jado, en su confidencia de crimen, el ojo solitario y fijo de la princesa de Eboli. Ya se le señalaba abiertamente, la familia de la víctima se atrevía a nombrarlo.

Un astrólogo de la Corte había hecho el horóscopo de la víctima. Le había revelado a la viuda que "el asesino era el mejor amigo de su marido".

Allí desembocaba su desesperación. ¿Se habría atrevido Antonio Pérez a tan inaudito crimen sin contar con alguna forma de aprobación del rey?

La peste se propagaba entre las tropas. Tumbados en sus mantas, hacinados en hospitales de fortuna, pestilentes de heces y vómitos, muertos y moribundos eran cargados en carretas rumbo a la fosa común. Con el copón de las hostias en las manos, los frailes iban repartiendo absoluciones. Las noticias de los rebeldes eran alarmantes. Se reagrupaban sus fuerzas, recibían ayuda abundante de ingleses, alemanes y franceses. Quince provincias estaban en rebeldía abierta.

Le tomó tiempo a Don Juan decidirse a marchar en busca del enemigo. Las largas semanas que habían pasado desde la noticia de la muerte de Escobedo no le habían dado tiempo para reponerse del terrible choque. Más que en la guerra de Flandes y en los Consejos de oficiales, estaba flotando en las conjeturas y acusaciones que le llegaban.

Con Juan de Soto pasaba horas dándole vueltas al inagotable acertijo. Había dejado de escribir personalmente a Antonio Pérez. «El sabrá lo que pienso.» Soto veía con temor aquel ensimismamiento sin salida.

Con los que llegaban de España revivía la inagotable indagatoria. En una u otra forma lo que todos decían era que Escobedo había sido asesinado por culpa de la princesa de Éboli. El Verdinegro había sorprendido a Antonio y a la princesa en el lecho.

Indignado de la ofensa a la honra de Ruy Gómez, había amenazado: "Esto ya no se puede soportar y estoy obligado a dar cuenta de ello al rey". Lo repetían y sobre todo aquellas palabras de la airada mujer: "Hacedlo así si os place, que más quiero el culo de Antonio Pérez que al rey".

Era volver a vivir la vieja historia de amores clandestinos entre la princesa y el rey. De sugestión en confidencia se tejían episodios de la oscura y vieja ligazón. «Cuando dijo eso, Escobedo se condenó a muerte.» Sin quererlo, recaía en la atormentada cavilación desde la impotencia de su lejanía.

"Era a mí y no al pobre Escobedo a quien querían herir.» Desde los oscuros hombres que asestaron los golpes de muerte hasta aquellos insólitos personajes que aparecían en la sombra. Eran sus enemigos mortales, habían sido sus enemigos y él no se había dado cuenta. "Me han estado engañando todo el tiempo.» A raíz del triunfo de Gemblours había escrito al rey pidiendo refuerzos: «Por amor de Nuestro Señor… que se dé leña al fuego en tanto que dura el calor, que perdida esta ocasión no pretenda más Su Majestad ser señor de Flandes, ni mayor seguridad en los demás de sus reinos». Debió haberse hecho insoportable Escobedo insistiendo en la necesidad del pronto socorro. Ahora lo veía claro, por defenderlo Escobedo se había hecho insoportable. Pensarían que era el pobre del Verdinegro el que le metía en la cabeza aquellos planes de Inglaterra y de la Corte. El golpe iba dirigido contra él y contra más nadie. Obsesivamente volvía a la imagen de Antonio Pérez. Tenía que ser él y ningún otro el que había dispuesto aquel cobarde crimen. Con su torpe lealtad Escobedo debió levantar muchas malas voluntades. ¿Cómo pudo atreverse a tanto Antonio Pérez, tan taimado y cobardón? No se hubiera atrevido a hacerlo a espaldas del rey. «El rey, mi señor, mi hermano…» Se alimentaba poco, agotado y febril permanecía acostado días enteros. Con una resolución de desesperado, se puso en marcha hacia el Norte con lo que le quedaba de tropas sanas. Farnesio trató de disuadirlo. Los enemigos estaban fuertemente atrincherados y ellos no tenían la fuerza necesaria para desalojarlos.

Mientras avanzaba hacia el encuentro sentía como un extraño alivio. «Lo mejor seria que aquí terminara todo para mi.» Había cambiado mucho, comenzaba a sentir una inesperada forma de piedad-por aquellos flamencos que, por lo menos, combatían en campo abierto por lo que creían. Hablaba con los prisioneros con otra voz y otra actitud. Casi benevolente y compadecido.

Había sabido que tres veces habían intentado envenenar a Escobedo. Dos de ellas en las comidas en la casa de Pérez. La tercera en su propia casa. Compraron una criada morisca para que le echara solimán en el plato.

Con el confesor se atrevió a llegar más lejos. «No logro quitarme de la cabeza, padre, la espantosa idea de que, sin alguna forma de aprobación de Su Majestad, Antonio Pérez no se hubiera atrevido nunca a cometer tamaño crimen.» El primero de agosto atacaron al ejército del príncipe de Orange en el sitio de Rymenant. Combatió con desesperación. Las posiciones de los rebeldes eran muy sólidas y las tropas de Don Juan insuficientes. Hubo que iniciar el repliegue. Con continuos ataques de retaguardia se retiraron hasta un sitio fortificado a una legua de Namur.

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