– Si se han de morir, que no les duela -le gritó desde lejos.
Fue volviéndose un punto en el horizonte polvoso. Emilia se bebió las dos gotas de sal que le corrieron por la cara desde los ojos oscuros y trémulos con que veía a su amiga perderse en el paisaje. Buscó a Daniel que ya se había trepado al techo del vagón y desde ahí la llamaba con la misma voz con que ella recordaba siempre sus llamados a lo imprevisto. Había recuperado la luz con que miraba cuando la vida era un albur, y le extendía una mano que ella no intentó, ni hubiera podido alcanzar. Lo dejó instalarse entre los miembros de una tropa cuya filiación era más bien imprecisa y buscó un lugar para sentarse en el piso que se disputaban los niños, animales y braceros de una banda de mujeres que cantaban como si algo tuvieran que celebrar.
Lo supo desde la primera jornada: jamás olvidaría ese viaje. La experiencia del horror vuelto costumbre no se olvida jamás. Y tanto horror vieron sus ojos esos días que mucho tiempo después temía cerrarlos y encontrarse de nuevo con la guerra y sus designios. Sólo Daniel podría haberla metido en semejante pena y sólo siguiéndolo pudo ella tragarse la podredumbre y el dolor como algo inapelable. Cruzaba el tren frente a una hilera de colgados con las lenguas de fuera, y ella se abrazaba a Daniel para exorcizar el desfiguro de esas caras, la efigie de un niño tratando de alcanzar las botas en el aire de su padre, el cuerpo doblado sobre sí mismo de una mujer pegando de gritos, los árboles inmutables uno tras otro, cada cual con su muerto como la única fruta en el paisaje. Se abrazaban incapaces de cerrar los ojos, con el asombro de la primera visión negándoles el derecho a perderse las siguientes. Varias horas y pocos kilómetros después, encontraban una procesión de harapientos huyendo de otra, un tiroteo de hombres a caballo contra los viejos inservibles, los niños viejos y las mujeres sorprendidas tras casas incendiándose de las que salía un olor que entraba hasta los huesos y poblaba la imaginación de infamias. A veces, el tren se detenía una jornada completa con la instrucción de esperar a que pasara un general a dejarle su carga de soldados purulentos y llevarse del suyo una nueva redada de inocentes ansiosos de jugar con las balas. Entonces Emilia temblaba pensando en que alguno pudiera llevarse a Daniel, como se llevaban a los hombres de soldaderas abandonadas en el vagón dentro del cual se escuchaban sus voces apagarse, interrumpir el canto para llorar su desconcierto y empezarlo después, como una murmuración: nada me importa perder la vida, si es cosa de hombres morir, morir.
Quién sabe qué era peor, si los días plagados de imágenes o las noches en movimiento oscuro, las noches de presagio, amontonados como bultos rodando entre bultos, al paso que marcaba el cansancio del tren desvencijado y polvoriento en que viajaban. No había en los vagones de ese tren ninguna rudeza destinada a ordenar la convivencia, cada quien hacía con el espacio que le tocaba, con su cuerpo y sus necesidades lo que le venía en gana. Había quienes prendían lumbre para echar tortillas dentro del vagón, utilizando los restos del terciopelo roto que aún quedaba en alguno de los escasos asientos, quienes orinaban en las esquinas o desde las ventanas, quienes dormían medio encuerados, maldecían a sus parejas o se les iban encima sin interesarse en lo más mínimo por la opinión de los otros viajeros. Al principio, Emilia se había empeñado en mantener en alto las dotes civilizatorias que con tanto cuidado habían puesto en ella sus padres, pero con el tiempo aprendió a guiarse como los otros pasajeros, según sus necesidades se lo pedían. Incluso se hizo al ánimo de esperar a la oscuridad de la media noche para levantar su falda y cobijar a Daniel bajo ella, en un juego que sobre la certeza de la muerte, revaluaba la vida en la trabazón de sus cuerpos.
Estaba en el aire que cada mañana podía ser la última y que era milagroso alcanzar cada noche para quererse en las tinieblas movedizas del tren, o a mitad del campo perfumado por unas flores que crecían diminutas sobre el zacate en que ellos se echaban, cuando la máquina de vapor tenía a bien descomponerse durante horas y horas de espera, que nada, sino el amor, entretenía de buen modo. Muchas veces, mientras Daniel escribía de prisa o conversaba con los soldados, Emilia se preguntaba qué hacía ella contemplándolo, sin más utilidad en el mundo que saberse a su disposición, sin más posible tarea que revisar a un herido para el que no tenía cura en sus manos, enfrentándose un día y otro al hecho de que la medicina no vale sin la ayuda que le dan las boticas. Saber que una mujer tendría cura con alguno de los brebajes que descansaban en los estantes de Diego Sauri y no tenerlo cerca, la enervaba tanto que dejaba de hablar, de reírse, de comer y hasta de necesitar el cuerpo que Daniel le ofrecía como consuelo. Aquel tren, visto por ella, tenía más enfermos que sanos, más débiles que recios, más gente necesitada de una cama y un tónico que de una pistola y un general tras el que irse a dar con la revolución. Pasaba horas preguntándose a la falta de cuál vitamina se deberían las manchas blancas que abundaban en el rostro de los niños, con qué antiséptico podrían remediarse las enfermedades venéreas que iban de entre las piernas de los hombres hasta las soldaderas y el fondo de sus tibias vaginas.
A lo largo del tren corrió la noticia de las habilidades médicas que adornaban a la muchacha del vagón amarillo, de que en su maletín cargaba remedios y en sus manos habilidades para suturar y poner vendajes, y de lo largo del tren fueron llegando a consultarla toda clase de dolientes a los que Emilia no podía ofrecer mucho más consuelo que el de escucharlos y darles recomendaciones para el momento en que dejaran de rodar y pudieran conseguir la yerba tal, el polvo cual.
Una mujer de su vagón llevaba cuatro días tirada en el piso con la cabeza entre las piernas, cuando a ella se le habían agotado los analgésicos la primera mañana, y las palabras el tercer día de verla sufrir. Maldijo su estancia en Chicago diciéndose que no había sido la mejor manera de aprender una medicina para vivir entre pobres, y con todas sus fuerzas invocó algún conocimiento con el que pudiera sacarse cura de la nada. Pero no encontró más que lo que había agotado ya, así que se acuclilló junto a la mujer que se quejaba tan quedo como aprenden a hacerlo quienes saben de siempre que su deber es no dar molestias, para acompañarla como única solución. Ahí estaba, sintiéndose más incapaz que nunca, cuando se les acercó una vieja pequeña y medio encorvada, diciendo que ella podría hacer algo. Emilia la miró segura de que tendría motivos para decirlo y se hizo a un lado con eso que en los últimos días había dado en considerar su inútil sabiduría de gabinete, para dejarle paso a la magia de la anciana. Con toda solemnidad, le dio su nombre y preguntó si podía quedarse cerca, para mirar. La curandera asintió con la cabeza como quien se espanta una mosca y quitándose el rebozo mostró dos manos fuertes y jóvenes que no parecían tener relación con la pequeñez y la aparente debilidad de su cuerpo envejecido. Con esas manos, con la nada que parecían tener entre ellas, empezó a sobar la cabeza de la enferma, muy despacio, como si buscara lugares precisos en los que detener la suavidad de sus dedos. Luego bajó a la nuca, a los párpados, a un hueco entre el pulgar y el índice de la mano izquierda, a un punto exacto en las plantas de los pies en el que se detuvo más tiempo que en ninguna otra parte. Poco a poco la mujer dejó de quejarse y por fin consiguió el sueño que no había conocido en las últimas noches.
Acuclillada frente a la anciana con una devoción ostentosa, Emilia la miraba como si quisiera meterse dentro de ella.
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