Ángeles Mastretta - Mal De Amores

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Mal de amores es la historia de una pasión entretejida a la historia de un país, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su género y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un médico cuya audacia primera está en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradición de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa nítida y rápida consigue arrobarnos con su maestría, mientras nos regala los delirios de una invocación amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.

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– ¿Sabe usted acupuntura? -le preguntó a la mujer que parecía regresar de otro mundo.

– Yo me llamo Teodora, esto no sé cómo se llame -contestó la vieja volviendo a cruzarse el rebozo sobre el pecho.

– ¿Me enseña? -imploró Emilia.

– Lo que puedas aprender -respondió la anciana.

Al poco tiempo habían hecho pareja. Emilia iba tras la vieja por el destartalado tren, con la misma fiebre que había puesto al seguir a cualquiera de sus otros maestros, y no había detalle que se le fuera, ni pregunta que se callara, ni duda que Teodora no supiera acallarle.

– Es cosa de irle sintiendo -decía cuando Emilia sacaba a relucir nombres que la vieja ignoraba o dudas para las que según su saber no había más respuesta que la voluntad imponiéndose a la nada. A veces Emilia desesperaba, porque Teodora iba demasiado rápido y daba por sabidas demasiadas cosas. En una de ésas la mujer le preguntó cortante:

– ¿Te pregunto cómo le haces para coser agujeros? Se mira y se aprende, no hay más.

Luego se dispuso a suturar la herida de un enfermo, cosa que hasta ese momento había sido responsabilidad en todos los casos de la suave señorita del vagón amarillo.

Entretenían los días aprendiendo una de la otra cuanta cosa podían enseñarse. Emilia diría siempre que en ese intercambio ella consiguió la mejor parte. Sin embargo, Teodora la trataba con la deferencia que se debe a quienes saben muchas cosas de algo que siempre se ha querido saber.

Adivinar cuánto creería de todo eso que le oyó contar sobre los últimos descubrimientos científicos, la posibilidad de que los seres humanos guardaran sus principales emociones en el cerebro y no en el corazón, la importancia de los antisépticos y el agua limpia, las maravillas de la anestesia y otras modernidades, pero el caso es que tampoco ella se consideraba injustamente favorecida por el intercambio. Sentía por la muchacha un respeto equiparable al que Emilia sintió por ella tras verla trabajar la primera vez, y por eso le iba enseñando sus tesoros, sin menosprecio de los de ella, pero segura de que le harían falta para completar los delirios de su encendida vocación curadora. Poco a poco logró adiestrarla en su arte capaz de conjurar algunos males del cuerpo con la pura sabiduría de los dedos, y le fue regalando un montón de pequeños y grandes conocimientos de esos que Maimónides hubiera registrado ferviente de haberlos escuchado.

Al hablarlo con Daniel, Emilia llamaba curso de medicina itinerante a su venturoso encuentro con Teodora, y le agradecía cuatro veces por noche que la hubiera hecho seguirlo en un viaje tan fructífero. Daniel la veía cada tarde más flaca y más desarrapada, pero más intrépida que la anterior, cruzando frente a las desgracias que los primeros días la horrorizaban, con un respeto silencioso y una congoja austera que había aprendido a no externar, la veía hacer a diario el intento de peinarse los cabellos mugrosos, de limpiarse la cara o sonreír a ratos como si el mundo no estuviera desbaratándose, y entendió que la iba queriendo para siempre, como no querría nunca a nadie más.

XXIII

La máquina de vapor y sus vagones haciendo tras ella un escándalo de gitanos, llegaron a las cercanías de la ciudad de México como a las tres de la madrugada de un miércoles, a principios de junio. El aire aún oscuro latía generoso y tibio en la cara que Emilia sacó por la ventanilla del vagón para sentir el amanecer contra sus párpados, la brisa despeinándola, el rocío como una premonición del altiplano. Al fondo, dibujados en la oscuridad, estaban los volcanes, vigilando el desastre que corría por esa tierra. Emilia siguió el contorno de sus figuras. Por grande que fuera un desastre, si ahí estaban ellos para contemplarlo, habría un remedio.

El periplo del tren fue tan accidentado que sus tripulantes hubieran merecido una bienvenida como romería. Pero sólo los esperaba en la estación su propio ruido y el cielo aclarándose poco a poco. Daniel, que a veces conseguía dormir como quien se muere, no perdió la modorra sino hasta que el tren dejó de arrullarlo con su estrépito. Abrió los ojos y vio a Emilia cerca de la ventana, con los brazos apoyados sobre los hombros de la pequeña Teodora, hablando en secreto como si fuera posible que aún les quedara algo por decirse.

Tras cuchichear un rato se abrazaron. Emilia besó a Teodora en las mejillas y se soltó llorando con una naturalidad que siempre provocaba en Daniel la misma mezcla de impaciencia y sonrojo. Ella daba poco con el llanto, pero cuando se lo permitía lloraba como quien se ríe, sin inmutarse ni por la opinión ajena, ni por el tiempo que pudiera llevarle salir de su congoja. Así la habían enseñado a llorar en su familia y si no hubiera sido por las quejas que Daniel soltaba cuando la veía hacerlo, jamás se le hubiera ocurrido pensar que su conducta era censurable.

Al verla iniciar aquel homenaje de adiós, Daniel abandonó el piso que le servía de cama, se pasó las manos por la cabeza despeinada, se abotonó la chamarra y carraspeó para ver si ella lograba tomarlo en cuenta de una buena vez. El tren se había quedado vacío y alrededor empezaban a amontonarse sus nuevos pasajeros. Era asunto de bajar al andén y echarse a las calles de la ciudad sitiada, peligrosa y fandanguera en que se había convertido la capital.

En la puerta de la estación tomaron un coche tirado por dos caballos flacos y le pidieron al calesero que los llevara hasta el zócalo. El hombre quiso saber si el lugar en donde pensaban hospedarse quedaba cerca del Palacio Nacional o era sólo por gusto que deseaban acudir a contemplarlo. De ser esta última la circunstancia, él recomendaba no acercarse por ese rumbo. En lo que iba del año, el palacio había cambiado varias veces de moradores, había estado en manos de un bando y otro, con el mismo ritmo que entraban y salían de la ciudad quienes se la peleaban. Esa misma mañana, el rumor era que los villistas y zapatistas, peleados entre sí, habían decidido cambiar al presidente. El zócalo sería una feria de confusiones. La ciudad toda no era el mejor sitio que una pareja pudiera visitar por gusto.

Emilia quiso ir directo a la casa de la colonia Roma. Sabía por Milagros que sus recámaras seguían

abiertas para ellos. Daniel la llamó aparte y le pidió que no escuchara los delirios del rumor público recogidos por un cochero. Terminaron dándole la vuelta a un zócalo desierto. Una puerta de la catedral se abrió a medias para dejar cruzar dos beatas. Un pregonero hizo sonar el silbato del carro en que asaba camotes. Una niñera atravesó cerca de ellos en busca de algún muerto con el que entretener al hijo de sus patrones.

Todos los días aparecían cadáveres regados, sin más dueño que el aire, muertos en mitad de la noche por quítame de allá estas pajas. Al anochecer no les recomendaba que salieran, porque según él a esas horas los revolucionarios andaban aún más sueltos que en el día y más borrachos que en la mañana.

Irritado por el palabrerío del cochero, Daniel le pidió que los dejara a las puertas de un café cercano. Emilia alegó que su estado de mugre no estaba para andar rodando por los cafés. Les urgía un baño.

– Primero está la paz interior y después la limpieza. Lo que nos urge es comer -dijo Daniel argumentando que nadie los vería mal, el mundo ya era de los pobres y de los mugrosos, gobernaban el país los soldados campesinos que habían viajado con ellos en el tren.

Bajaron del coche tras pagarle a su dueño una suma que les pareció estratosférica cuando la oyeron en pesos y ridícula cuando la trasladaron a dólares.

– Por diez dólares uno encuentra quien mate -dijo el conductor de la calesa-. Tengan cuidado de no enseñar que los tienen -recomendó lanzando una última queja contra los oídos de Daniel.

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