Ángeles Mastretta - Mal De Amores

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Mal De Amores: краткое содержание, описание и аннотация

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Mal de amores es la historia de una pasión entretejida a la historia de un país, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su género y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un médico cuya audacia primera está en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradición de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa nítida y rápida consigue arrobarnos con su maestría, mientras nos regala los delirios de una invocación amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.

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Entraron al café seguros de que el cochero mentía y de que un dólar no estaba cambiándose por tantísimos pesos convencionistas. Emilia todavía guardaba algún dinero del que había ahorrado en los Estados Unidos, donde el doctor Hogan le pagaba honorarios de médico no sólo por lo mucho que la quería, sino como parte de las ganancias que ingresaban mensualmente a la botica por la venta de los medicamentos inventados entre ellos y las cartas de Diego Sauri. A Daniel le quedaban dólares de los que Gardner le había mandado como pago de sus colaboraciones atrasadas, pero entre los dos no creían tener un capital que les permitiera gastar sin medida por demasiado tiempo. Los sorprendió que la cuenta por dos huevos fritos y tres panes dulces acompañados por un café con leche y una taza de chocolate, fuera escandalosamente mayor que tres años antes.

– Casi como un banquete de bodas -dijo Emilia preguntándose cuántos dólares le pedirían a cambio.

En tanto, Daniel se había distraído hablando con una mujer que cargaba un niño en el rebozo. Desmedrada y susurradora abrió un puño para mostrarle el brillante más original que él había visto en su vida. Lo ofreció en sólo seis veces lo que costaría pagar la cuenta del desayuno. Antes de que Emilia, perdida en el escándalo de que un plato de frijoles costara dos pesos, se diera cuenta de lo que sucedía, Daniel puso el dinero en la mano de la mujer y se guardó el anillo.

Mientras se preguntaban si alguien abriría la puerta de la casa de la colonia Roma, se detuvieron a contemplar su aspecto. Estaban sucios como un par de guerrilleros y parecían lo que eran: dos sobrevivientes urgidos del paraíso de camas blandas y tinas gemelas de las que Emilia había hecho uso cuatro años antes, sin pensar que alguna vez estarían entre sus anhelos más elementales. Después de media hora de tocar la campana, una voz atemorizada y chillona preguntó quién llamaba. Emilia reconoció el tono de Consuelo, la solterona que se encargaba de la casa cuando ella la visitó, y vio abierta la gloria que guardaba esa puerta.

Entró ofreciendo disculpas por su facha de náufragos terrestres, pero al cabo de unas frases cayó en la cuenta de que Consuelo había perdido la capacidad de sorprenderse. La casa conservaba su carácter elegante y solemne, pero algo había en el tapiz de los muebles y el blando palpitar de las alfombras que la hacía más acogedora, más como a su reformada cuidadora.

– Si supiera de dónde estamos saliendo, no gastaría sus fuerzas en disculparse por su aspecto -dijo Consuelo-. Al fin de cuentas usted, se vista como se vista, es una persona fina y merece cada una de las paredes con que nos complace albergarla.

Contó después que los meses anteriores, la casa había estado tomada en préstamo por un general villista, cuyo estado mayor se hospedaba en la residencia vecina. El hombre, más malhablado que ruin, consideró necesaria cierta privacía, y se instaló ahí todas las noches desde noviembre hasta hacía un mes, fecha en que el general Villa había hecho el favor de irse con su guerra a otra parte. Consuelo había atendido al hombre y a las tantas mujeres con las que dio en dormir, en todos sus caprichos, con tal de que no agarraran la casa por su cuenta. Se habían comido toda la despensa y hasta los vinos de la cava, pero ni un libro de la biblioteca, ni un plato ni una copa se había perdido.

Cuando terminó de contar su historia, segura de que nada peor podría haber traído esa revolución, se persignó y rogó por el alma de su sobrino Elías, un muchacho de catorce años que se había ido tras el general.

– ¿Le avisaron que murió? -preguntó Emilia.

– Para mí está muerto desde el día en que abandonó la casa -aclaró Consuelo.

– Sus razones tendría el muchacho -dijo Daniel con la voz como un balde de agua fría.

– Su necia idea de que todos somos iguales -respondió Consuelo-. ¿Les caliento el baño?

Daniel tuvo a bien posponer la discusión en torno a la igualdad. La posibilidad de un baño le resultó en ese momento un ideal tan caro como cualquiera de las más puras aspiraciones revolucionarias.

Nada como el agua caliente, pensó Emilia hundiéndose en la transparencia de la primera tina. Daniel se hundió tras ella y se dispusieron a soltar en el agua su mugre de casi un mes. La tina tenía las dimensiones necesarias como para permitir que ahí dentro pudieran moverse a gusto dos sentimentales. Se enjabonaron uno al otro, se abrazaron bajo el agua y jugaron hasta que las puntas de los dedos se les pusieron arrugadas y a Emilia le salieron unas chapas como dos brasas iluminándole la cara. Entonces, hartos de sopearse en su mugre, decidieron cambiar sus cuerpos a la tina de junto para enjuagarse.

– Qué animal magnífico eres tú -le dijo Emilia a Daniel cuando lo vio de pie, sobre ella que aún no se decidía a salir del agua. Desde abajo, morosa, encontró alegre la parte que veía de sus testículos y le acarició las piernas, le besó una rodilla huesuda, se incorporó para jugar a meter su cabeza bajo el arco que hacían sus muslos-. Eres el techo de mi casa -le dijo.

Daniel se agachó a besarla y la jaló hacia arriba sacándola del agua.

– Qué tonteras dices -dijo atándose una toalla a la cintura y alejándose en busca de quién sabía qué.

Emilia empezó a chapotear en el agua limpia, esperando a que Daniel se metiera por fin y dejara de ir y venir por el cuarto.

– ¿Qué buscas que no encuentres aquí? -preguntó poniéndose la mano encima del mechón oscuro que tantas luces guardaba.

– No sé -dijo Daniel entrando por fin al agua tersa en que ella se adormilaba. Tenía ganas de medirle la cintura con las dos manos, de meter la lengua a su ombligo, en el centro de su vientre plano. Pero antes le buscó la boca con la boca y dentro la lengua imaginativa y memoriosa que ella tenía siempre en alianza con sus ojos.

– Hace mucho que no te regalo una piedra -dijo él después, separándose de su boca.

Emilia sintió un escalofrío de oro rozándole los dientes, metió la lengua en un círculo de aire y apretó los labios. Dos lágrimas como enigmas le corrieron por la cara limpia. Daniel le había puesto en la boca el anillo que compró en la mañana.

– No llores que me enervas -dijo-. ¿Te quieres casar conmigo?

Al otro día, planchados y perfumados, salieron a buscar por la ciudad indiferente una oficina de telégrafos, una tienda en la que comprarse ropa, un restorán para celebrar y alguien que tuviera tiempo y ganas de casarlos. Lo primero que encontraron fue la oficina de telégrafos. Emilia envió a los Sauri el telegrama más largo de que se tuviera noticia en tal oficina. Lo segundo fue un restorán lujoso que parecía no resentir los demonios de la carestía. Ahí apartaron dos lugares para las tres de la tarde y salieron a caminar en busca de la ropa y un casamentero.

Casi todas las tiendas estaban cerradas, pero en el mercado encontraron un huipil blanco, bordado por las pacientes manos de una oaxaqueña.

– Qué fortuna no tener enemigos -dijo Emilia mientras caminaban de nuevo, sin rumbo.

– ¿Por qué lo dices? -le preguntó Daniel.

– Porque sí -dijo Emilia.

Caminaban regidos sólo por las ocurrencias del ocio. De pronto, sin pretenderlo, estaban en la puerta de un cementerio.

– Aquí está enterrado Juárez -dijo Emilia reconociendo el Panteón de San Fernando. Lo había visitado cuatro años antes con Milagros, en busca de tumbas gloriosas. Se dispuso a cruzar la puerta para volver a recorrerlo.

– ¿No pretenderás meterte a un cementerio? -le dijo Daniel.

Emilia le respondió con una sonrisa que subió hasta sus ojos oscuros. Daniel recordó a Milagros Veytia diciendo que los gestos de Emilia estaban tocados por una gracia misteriosa. Tal vez su secreto principal fuera no ser perfecta, tener un huequito entre los dientes de en medio, una pequeña marca de varicela que matizaba la presunción de su nariz de diosa, un modo raro de fruncir el ceño cuando una pregunta le parecía inútil.

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