Ángeles Mastretta - Mal De Amores

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Mal de amores es la historia de una pasión entretejida a la historia de un país, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su género y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un médico cuya audacia primera está en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradición de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa nítida y rápida consigue arrobarnos con su maestría, mientras nos regala los delirios de una invocación amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.

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Lloró con la cabeza metida entre las piernas, bajo un sol de desierto que nadie desafiaba a esas horas, hasta que el olvido la tomó entre sus brazos y el instinto la empujó a buscar una sombra. En la tarde se levantó de nuevo a caminar el pueblo chaparro y medio vacío. Pero ni una calle, ni una voz, ni un pedazo del pantalón café con que lo había visto irse, ni de su cartera, su sombrero de paja o su cantimplora, encontró por ahí tirados a un azar que no fuera su memoria. Oscureció. Tanto y tan negro que Emilia tuvo un miedo de los que había perdido vagando por el mundo con su altiva soledad a cuestas. Sintió hambre, un hambre que se comería pelón a un buey de esos que en Puebla se guisaban escondidos bajo salsas de colores y que ella aún no se acostumbraba a mirar asados, con todos sus pellejos y su sangre chispeando como estrellas, cuando se parten en pedazos. Se detuvo frente a un lugar que olía justo a eso, a buey quemándose sobre las brasas, y empujó la puerta de un túnel que debía ser una fonda abierta al público, aunque no tuviera letreros ni buscara más clientela que aquella que adentro hablaba dando unas voces exageradas. Buscó una mesa en torno a la cual depositar sus bultos y su persona, sus ojos hundidos, su cansancio, y sin más se acomodó indagando con la mirada si alguien podría acercarse a preguntarle qué deseaba.

El lugar estaba lleno de hombres bebiendo, pero ella no se intimidó con eso que le parecía un paisaje poco inquietante. Los hombres juntos tienen que beber porque si no tendrían que hablar a secas, y a secas los hombres no pueden hablar más que de negocios. Del fondo del túnel, acudió una mujer alta y gorda, con las facciones más perfectas que Emilia hubiera visto jamás señoreando un rostro. Tenía la voz ronca y las manos fuertes. Le preguntó qué deseaba, como se lo hubiera preguntado a una vieja amiga. Después le llevó lo que había, acomodándose cerca para verla cucharear mientras le preguntaba en hilera todo lo que quiso saber de ella. Desde a dónde iba y de dónde venía, hasta si no había encontrado muy dura la carne de caballo y los motivos por los cuales tenía los ojos hinchados como sólo se hinchan los ojos de llorar por las necedades de un hombre.

Emilia le contó todo lo que le cabía entre la blusa y la espalda, desde su pasión por la medicina hasta su endemoniada necesidad del hombre cuya foto llevaba apretujada en un relicario junto a la de sus padres y Milagros.

– ¿Y éste vale que lo llores tanto? No se le ve lo milagroso por ninguna parte -dijo la mujer tras revisar minuciosa el gesto del muchacho cuyo rostro sepia Emilia acariciaba con la punta de su índice. Siguió, sin detenerse a esperar respuesta, diciendo que ni para qué se lo preguntaba, que cada mujer tiene su necedad entre los pechos y que si ésa era la suya por algo debía ser, donde hasta había dejado la paz y los pasteles gringos para correr en busca de su cadáver. Emilia se deleitó escuchando su voz ingeniosa y ronca, hasta que la palabra cadáver la devolvió a la desazón que la regía desde que recibió el mensaje de Milagros. Viéndola estremecerse, la hermosa gorda se levantó del banco sobre el que plegaba su cuerpo igual que un elefante, y la cobijó entre sus brazos acariciándola como a un bebé. Le ofreció su casa para pasar la noche y volvió a la cocina diciendo que antes de hacerla entrar iba a traerle un agua con canela.

La cocina empezaba tras el último punto iluminado en el fondo del túnel. Desde donde estaba Emilia, no se veían sino una luz y un muro tras el que podría burbujear una cocina como la de su madre: con cada olla en un hueco para su tamaño, cada cazuela con un lazo de color, prendida a la pared en la que completaba un rompecabezas perfecto, y en el centro de todo, una ventana abierta al patio por la que se asomaban los jazmines como presagios. Soñaba la cocina de Josefa con la mirada puesta en la pared blanca que le impedía mirar la del hostal, cuando un hombre con la cabeza cubierta por un trapo salió a la luz llevando un tazón en la mano. Lo guiaba, a punta de cucharazos, la gorda hostelera, usaba un delantal cubriéndole las piernas, cojeaba un poco y era delgado como un pez. Emilia tenía los ojos tan cansados y el corazón tan confuso, que lo mismo podría estar viendo sólo un fantasma, pero vio frente a ella, completo y sin remiendos, a Daniel Cuenca.

– ¿Esto es tu alma? -preguntó la hostelera quitándole el trapo de la cabeza.

Emilia miró a Daniel de arriba a abajo como si necesitara unir los pedazos de su cuerpo para reconocerlo.

– ¿Qué te pasó en la pierna? -preguntó empeñada en controlar el temblor de su cuerpo.

– Me tropecé -contestó Daniel-. ¿Tienes frío?

– No sé -dijo Emilia acercándose para tocar con su mano la barba de muchos días sobre las mejillas de Daniel-. ¿Estás ahí abajo?

– Idéntico -aseguró Daniel.

– ¿No te habías muerto? -preguntó Emilia.

– Varias veces -contestó.

una seña de la hostelera todos los hombres apretados en su cantina se pusieron de pie y una canción burlona corrió por el salón.

– ¿Eso es todo lo que tienen que decirse? -preguntó la gorda.

– En público sí -dijo Emilia.

No se necesitó más para que la hostelera pusiera a su disposición la cama que había cobijado el escandaloso amor de sus progenitores, una española audaz y un tarahumara sin prejuicios. Doña Baui del Perpetuo Socorro, que era el nombre con el que esa mujer ostentaba el cruce de su origen, no aceptó a cambio el dinero que Emilia puso en su delantal como una flor en cuaresma, se lo devolvió alegando que después hablarían de eso y la ayudó a desaparecer tras la puerta y Daniel. Al día siguiente, se levantó temprano a difundir que en el segundo piso de su casa dormía una doctora.

Daniel tenía ese pueblo como su último centro de operaciones, y a él regresaba tras sus viajes por la sierra, sus visitas a los centros petroleros, sus idas y vueltas en trenes que no tenían más fin que ir y venir tomados por quien mejor los tomara. La zona había sido incluso rica, pero desde que cinco años antes la cruzaban por su cuenta las sublevaciones, jamás se tenía segura la cena de cada noche. Daniel pagaba su comida y su estancia en el hostal lavando trastes y pisos, cosa que para su fortuna alguien todavía necesitaba. Porque la gente había ido deshaciéndose de sus necesidades tanto y con tan buen empeño, que nadie necesitaba ya ni de un panadero ni de una costurera, mucho menos de un abogado convertido en periodista. Tampoco se apetecían buenas cocineras, porque para preparar la comida que podía encontrarse, bastaban fuego y un poco de voluntad. Las leyes eran algo que de momento estaba guardado en un cajón, esperando a ser necesario en un futuro más bien remoto, y los abogados, si no sabían lavar trastes o disparar una treinta treinta, eran completamente inútiles. De entre todos los profesionistas, los únicos respetados y necesarios por el rumbo eran los médicos. No importaba su grado de conocimiento ni mucho menos su especialidad, cualquier dentista sin título se buscaba como un trozo de oro. Así las cosas, Emilia y Daniel, que quién sabe cuánto tiempo hubieran podido pasar encerrados, lamiéndose, pidiendo perdón, cogidos de sí mismos, fueron bajados de su nube menos de cinco horas después de haber caído uno sobre otro.

Para las siete de la mañana habían llegado al hostal más de quince enfermos. Baui los había clasificado según sus dolencias, esperando a que Emilia despertara alguna vez del sueño de amores en que perdía su tiempo. Pero como luego de un rato de espera no se oía tras su puerta una palabra, la hostelera entró sin más al antiguo cuarto de sus padres y como si los cuerpos entreverados que vio frente a ella estuvieran conversando en una mesa de su cantina, les pidió que en cuanto acabaran su danza se vistieran, porque Emilia tendría que cambiar de actividad durante la mañana. El cíclope formado por Emilia y Daniel puestos en sí mismos, ni siquiera se turbó con la irrupción de la señora Baui: a ojos cerrados, siguió ejecutando la diligencia en que se había ocupado casi toda la noche. La hostelera aceptó que no le contestaran, porque entendió que le habían entendido, y antes de abandonar el cuarto sentenció que les daba diez minutos: tres para repatriarse del mundo en que andan y siete para lavarse y bajar .

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