– Cuenta tu país, no lo combatas -dijo un día ilusionado con la posible salvación de su vástago.
Conocía la habilidad de su hijo para escribir en inglés y español, recordaba el castellano elocuente de sus cartas y el éxito de sus envíos al periódico de San Antonio en el que había publicado muchas veces, le sugirió que se volviera periodista de tiempo completo, que caminara el mundo, que buscara la corresponsalía de varios diarios norteamericanos y que recuperara en cuadernos y cuartillas todo lo que pudiera guardar del México que se desvanecía y del que poco a poco iría naciendo.
Semejante sugerencia dejó a Daniel pensativo un rato largo. No estaba muy seguro de que seria posible ganarse la vida haciendo algo tan placentero, pero le pareció que sería un buen modo de seguir practicando su ambición de imposibles. Al día siguiente fue a las oficinas del periódico al que durante un año le había enviado notas desde Chihuahua y Sonora. Lo recibió Howard Gardner, un hombre joven de actitud despistada, cuya conversación nerviosa resultaba una mezcla feliz de juicios contundentes y sentencias escépticas. Era el jefe de redacción y en la práctica el director del diario, porque el director nominal era el dueño y ése pasaba por ahí cada vez con menos frecuencia y más apremio, daba diez instrucciones, se acataban cuatro y la vida volvía a correr transparente y sosegada como el río que podía verse desde las ventanas del edificio. Howard resultó ser un apasionado de los artículos escritos por Daniel, le contó entre risas el modo en que había llegado a necesitar la llegada de una de sus historias cuando el tedio quería comerse las tardes, le preguntó más de siete veces cómo estaban las cosas down there , lamentó la guerra, abrazó a su corresponsal como si lo hubiera estado extrañando y le hizo traer de la administración la paga que ahí le tenían.
– Yo siempre supe que no te habías muerto -dijo el editor con una tibieza en los ojos que ruborizó a Daniel.
No esperaba encontrarse con alguien así, había previsto dar con un gringo de ánimo indiferente y otra vez tuvo que reconocer verdad en un dicho de Milagros: la vida está hecha para desconcertarnos .
Aceptó sin reticencia una amistad que le aparecía cuando más la necesitaba y salió del periódico conversando con Howard Gardner como si lo conociera de años. Tras cuatro horas y varias cervezas, cada cual sabía la vida y vicisitudes de cada uno. Al salir del bar oscuro y ruidoso que había albergado sus confesiones, caminaron diciéndose un último secreto, con el brazo de uno sobre los hombros del otro, y la certeza de que habían dado con un cómplice, notándose en la cadencia embriagada y cavilante de sus pasos. Un millón de estrellas agujereaban el cielo de la noche.
– Como para besar a una mujer -dijo Howard señalándolas al despedirse.
Daniel entró silbando a casa de su padre, y se acomodó junto al sillón en que reposaba, a contarle la gloria y los presagios que había descubierto. El doctor Cuenca lo escuchó recordándose, con ese gusto que les brota a los padres cuando descubren en sus hijos la luz que los iluminó alguna vez.
– Parece que diste con tu particular Diego Sauri -dijo invocando la amistad que lo unía con el boticario. Y como si tal alusión le hubiera destrabado una duda que se le atoraba en el pecho desde que vio entrar a su hijo, se atrevió por fin a preguntarle por Emilia.
– Emilia es un lujo -contestó Daniel cargando cada palabra. Luego se hundió en un mar de lágrimas ebrias y delirantes, en un desconsuelo sin vuelta que no se había permitido jamás.
Al decidir refugiarse en San Antonio, le había escrito a Emilia dándole cuenta exacta de su situación por dentro y por fuera. En el sobre puso, además de la carta, un mechón de su pelo y una fotografía en cuyo borde escribió un mensaje llamándola única razón de mi vida. Después no había sido capaz de volver a escribirle. Lo avergonzaba su alejamiento y no quería confesarle que a pesar de no tenerla cerca, estaba en paz y no era desgraciado. Todo eso lo lloró poniendo su cabeza infantil y borracha contra el regazo del padre benévolo que jamás encontró en Cuenca mientras fue niño. Los viejos se permiten audacias de las que no eran capaces cuando el mundo los tenía como ejemplo de intrepidez y reciedumbre.
Mientras Daniel iba soltando pesares, el doctor Cuenca lo peinaba con los dedos de su mano artrítica y titubeante, sin decir una palabra, hasta que el sueño se robó la cabeza de su hijo con todo y sus desventuras. Era diciembre y estaban a dos noches de la Navidad. Eso fue todo lo que Daniel pudo pensar cuando abrió los ojos en la madrugada, sobre el aterido regazo de su padre. No podía decirse cuánto tiempo había pasado así, no recordaba ningún sueño, su padre aún apoyaba una mano en su cabeza.
El doctor Cuenca murió el 23 de diciembre de 1912. Un aviso de Daniel llegó a la Casa de la Estrella once días después. La sensación de miedo que había padecido cuando lo mandaron al colegio y que sólo superó a los trece años tras pasar una noche en el panteón, volvió a tomarlo por completo. Estaba solo y perdido como nunca desde entonces. Josefa fue al hospital con la noticia y Emilia quedó encargada de contársela a Diego. Hacía rato que su mujer se resistía a enfrentarlo con nuevas catástrofes, no sabía de dónde había salido ella con esa debilidad, pero sabía muy bien que ni de política ni de pérdidas podía hablar con su marido sin sentirse culpable. Como si de ella dependieran la paz y la condición eterna de la vida humana, como si ella fuera la que se las negaba al ajetreado corazón con que su marido contendía con la fatalidad.
Emilia se quitó la bata blanca, buscó a Zavalza y se lo dijo igual que si leyera un veredicto. Él apretó los labios y le puso una mano en la mejilla, ella cerró los ojos y dio la vuelta.
Casi cuatro semanas después, sin haber logrado consolar ni a sus padres ni a Milagros, Emilia llegó a San Antonio. Cargaba una valija de gobelino, un maletín lleno de frascos, una bolsa con dineros de toda la familia, el chelo que un día le regaló el doctor Cuenca y la certeza de que el médico había muerto para obligarla a encontrarse con su hijo.
Saltó del vagón al andén invadido por un olor a galletas con mantequilla. Recién salida del caos que había tomado su país, y apenas hecho el recorrido por estaciones que cuando no olían a pólvora apestaban a muerto, Emilia se dejó consentir por aquel aroma y extendió el ansia de sus ojos en busca de Daniel. Lo descubrió en la distancia y esperó, sin llamarlo, a que él se acercara. Quiso grabarse su figura buscándola entre la gente. Quiso sentir que aún podía volver. Quiso darse un último respiro antes de aceptar que otra vez abandonaba el territorio de la cordura. Luego alzó una mano y la movió de un lado a otro mientras llamaba a Daniel diciendo su nombre. En cuanto lo tuvo cerca, se aferró al cuerpo de animal sitiado que le extendía los brazos.
Lloraron juntos toda una tarde y parte de la noche. Por ellos y por todos, por el sueño que acuñó el viejo Cuenca, por su mundo perdido y su mundo sin límites, por los asesinados y los asesinos, por la guerra que los separaba y la paz que no sabían buscarse. Después, la índole de sus cuerpos los hizo revivir. Amanecieron dormidos uno sobre el otro y estuvieron repitiendo esa ecuación hasta entrado el mediodía.
– No tengo remedio -dijo Emilia recorriendo con sus dedos el camino de huesos que abría en dos el pecho de Daniel.
El cielo de los siguientes días los miró caminar en las mañanas a lo largo del río hasta donde la ciudad terminaba y empezaban los campos bien sembrados y el sabor de la yerba creciendo sobre la tierra. Emilia conoció a Howard Gardner y lo volvió su cómplice y el testigo más fiel de sus dichas y ambiciones. Aprendió dónde comprar la mejor mantequilla y las verduras más tiernas, perdió el miedo a perderse y se acostó todas las noches bajo la oscuridad agujereada por luceros que cubría el desierto.
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